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El matrimonio Robinson se mudó al pueblo hace tres
años. Todos creíamos que no tenían descendencia. Hasta que un buen día dieron
una fiesta para presentar a sus tres vástagos que volvían del extranjero. Eran
tres muchachos más bien retraídos y toscos que no causaron gran impresión. Es
más, al siguiente día, en voz baja, la mitad del pueblo murmuraba que eran
idiotas.
Al parecer, yo fui el único que noté un gran parecido
entre aquellos tres muchachos y los tres jóvenes que desaparecieron del pueblo
poco después de la llegada de los Robinson.
137
El niño se aovilló en un rincón de la habitación.
Temblaba de frío y miedo. El miedo había llegado con el frío, que llegó hacía
tres minutos. Y sabía qué significaba aquel frío. Había algo que llegaba con
él, o ese algo precedía al frío. No lo sabía.
Lo único cierto era que cuando aquel frío llegaba algo
malo ocurría. Ya había estado en casa en tres ocasiones. Primero murió papá,
luego mamá, después su hermanita.
Él era el último que quedaba. Y el miedo y el frío
iban in crescendo con cada segundo que transcurría.
Ese algo, fuese lo que fuese, estaba cerca e iba a por
él.
138
Tras tres días desaparecido, el alcalde regresó al
pueblo. Fue recibido con franca alegría y regocijo, pues era un hombre muy
querido. Recibió cálidos abrazos y sinceros apretones de mano. Él agradeció y
sonrió, fue escueto en los detalles de su desaparición, y anunció un gran
acontecimiento para esa noche, al que todo el mundo debía acudir.
Durante todo ese tiempo quise gritar, advertir al
pueblo que ese hombre no era yo, que, aunque miraban mi cuerpo, mi alma había
sido expulsada de él.
Quien gobernaba mi cuerpo y saludaba y sonreía en mi
nombre era un ser maligno que me había secuestrado hacía tres días.
139
La mujer fregaba platos cuando vio los ojos, azules, mirarla
desde el patio. Un plato escapó de sus manos por el sobresalto y se hizo
añicos.
—¿Cariño? —preguntó.
Pero los ojos ya no estaban, habían desaparecido en un
parpadeo.
—¿Mamá? —dijo la voz de un niño a sus espaldas.
La mujer se volvió y soltó un alarido. Su hijo
avanzaba a tientas, dos agujeros negros en lugar de ojos, y lágrimas de sangre
surcando sus mejillas.
—Mamá —repitió el niño—. Mis ojos. Alguien robó mis
ojos.
140
La multitud ató al violador a la pira y le prendió
fuego. Cuando la policía llegó, las llamas estaban apagándose.
—¿Está muerto? —preguntó el oficial.
—Al menos por un año más —respondió el alcalde.
—Bien. ¿Cuántas veces se repetirá?
El alcalde se encogió de hombros. Aquella era la
séptima vez que quemaban a aquel hombre, que revivía en el aniversario de su
muerte.
En el pueblo se rumoreaba que continuaría reviviendo
hasta que equiparara el número de sus víctimas, que se decía era setenta y
siete.