miércoles, 6 de diciembre de 2023

La fruta

 Lo atraparon no muy lejos de la cañada, cuando empezaban a pensar que era hora de regresar a casa, sin ningún trofeo para sus vitrinas.

Era el cuarto día de cacería. Ninguno de los tres compañeros había tenido suerte. A no ser por una liebre, que había capturado Ricardo el día anterior. José había llevado dos perros, Esteban otros dos y Ricardo uno. El segundo día desapareció uno de los perros; bueno, no precisamente: encontraron su cabeza colgada en un arbusto.

El tercer día desaparecieron otros dos. Ese cuarto día, ante la ausencia de los otros dos perros, el miedo que les atenazaba los corazones les hizo desistir y se prepararon para regresar a casa. Entonces un ladrido, el típico ladrido del can que ha avistado a su presa, y sus corazones se llenaron de euforia.

Esteban fue el primero en reaccionar, principalmente porque era el único que todavía tenía la escopeta al hombro. Cuando José y Ricardo salieron de la tienda, prestas las armas, de su compañero ya no había ni rastro. Afortunadamente, el perro siguió ladrando, de manera que no fue difícil ubicarse.

Corrieron como posesos, aun así, no dieron alcance a Esteban. Después escucharon disparos, más ladridos y un grito eufórico de su amigo. Cuando llegaron al claro, cerca de la cañada, encontraron al jabalí muerto, de la escopeta de Esteban salía un humillo gris. Los últimos dos perros estaban cerca del jabalí, a uno le había entrado el colmillo en la barriga, y al otro, en el cuello.

lunes, 4 de diciembre de 2023

El naufragio

 —¡Steve —me gritó Bryan, quien tenía una pierna en la cubierta del barco y otra en el bote que debía salvarnos—, date prisa!

Bryan era mi amigo y compañero de cuarto. Si estaba ya en el bote fue porque él sintió el fuerte oleaje cinco segundos antes que yo y, en lugar de despertarme, salió corriendo a cubierta para averiguar qué sucedía; desde luego no se lo puedo reprochar, él no sabía que tan mal estaban las cosas. Cuando yo desperté a causa de los retumbos provocados por las fuertes olas, Bryan ya no estaba. Descalzo, en pantalones de tela y camisa de mangas cortas, corrí con premura a la cubierta. Lo que percibí me aterró profundamente. La lluvia caía de forma torrencial y el viento sacudía la nave como uno movería una pluma con el aliento. Pero entonces vi algo que me aterró aún más si cabe, se trataba de una ola de al menos cincuenta metros de altura, que corría a una velocidad brutal hacia nosotros.

—¡Oh Dios mío! —me oí musitar.

Bryan estaba a pocos pasos de mí y también miraba con rostro demudado la gigantesca ola, algo que ni él ni yo habíamos visto en nuestras vidas. Sorprendentemente éramos los únicos en la cubierta.

—¡Tenemos que avisar al capitán y al resto de la tripulación! —le grité. A pesar de estar a escasos pasos había que gritar a causa de lo ensordecedora que era la tormenta.

—¿Estás loco? —me replicó— No hay tiempo ¡Esa ola nos hundirá en cuestión de segundos! ¡Hay que tomar un bote y tratar de salvar la vida!

sábado, 2 de diciembre de 2023

Microcuentos 146-150

 146

En el sueño mataba a mi vecino. Irrumpía en su casa tumbando tanto la puerta frontal como la de su habitación. Cuchillo en mano me abalanzaba sobre él y empezaba a acuchillarlo mientras su esposa daba grandes gritos.

Fueron esos gritos los que me despertaron. Y entonces constaté con horror que no era un sueño, había sido real. Estaba cubierto de sangre y los gritos de la mujer no habían cesado.

A los lejos oí la sirena de una patrulla.

Pero más horror me provocó darme cuenta que quien gritaba era mi madre, y el hombre muerto debajo de mí: mi padre.

sábado, 25 de noviembre de 2023

La fruta

 Cayó del cielo a eso de las cuatro de la tarde. Yo estaba asomado a la ventana desde mi habitación en el segundo piso, mirando a mi hermanito y a su perro, Goby, corretear por todo el patio, riendo como sólo un chiquillo puede hacerlo.

De repente cayó esa cosa que parecía una fruta, no con fuerza, sino débil, como si alguien la hubiera lanzado, pero por lo que me percaté, nadie la lanzó, pues cayó directamente del cielo. Parecía una fresa, creo que era una fresa, con el cuerpo punteado y varias hojas verdes en el tronco. Sólo que era cien veces más grande que una fresa común, mil veces. Debía medir medio metro de largo y treinta centímetros de grosor máximo.

Mi hermano y el perro se sorprendieron, el uno con los ojos abiertos y el otro empezando a gruñir y mostrando los dientes. ¿Qué demonios era esa cosa? ¿Dónde se ha visto una fresa de ese tamaño? Sus hojas verdes se agitaron y juraría que algunas de las semillas pegadas a su corteza exterior giraron sobre su eje. «¡Mierda!», pensé. Esa cosa no era algo normal, puede que ni siquiera de este mundo.

lunes, 20 de noviembre de 2023

La leyenda del conde

 La leyenda del conde Jeremy Rollins es muy popular en todo el pueblo en el cual vivió y en las comarcas circunvecinas. Aunque quizá sería más acertado decir «las leyendas», ya que, con el transcurso de los lustros desde su fallecimiento, hace un siglo, la leyenda se fue transformando con el boca a boca en varias, y no solo una. Como naturalmente ocurre, por supuesto.

Sobre el conde Jeremy Rollins se habló mucho, se habla aún todavía y se seguirá hablando, probablemente, hasta el fin de los tiempos. Pero, ¿quién era el conde Jeremy Rollins? Bien, según la tradición popular, Jeremy Rollins fue el último sobreviviente de la otrora excelsa, y ahora extinta, dinastía Rollins, que regentó en nombre del Rey durante quinientos años el pueblo y las aldeas esparcidas alrededor de éste. ¿Cómo era Jeremy Rollins? Siendo honesto, he de admitir que es harto difícil dilucidar la verdad de la fantasía. De cualquier manera, referiré algunos aspectos del conde que aún hoy en día se comentan de él y dejo al lector la opción de aceptar alguno como real o tomar todo como simple fantasía.

Muchos creen que el conde fue un alma noble, pío y carismático. Se dice que despilfarró su fortuna en actos benignos y caritativos, no entiendo cómo a eso se le puede llamar despilfarrar, y que ayudaba a cualquiera, incluso a aquellos que parecían no precisar ayuda. Desde hace poco más de un siglo el pueblo cuenta con una casa hogar para niños huérfanos y un asilo para ancianos, es normal que los que piensan en el conde Jeremy Rollins como alguien bueno crean que fue el fundador de ambos centros. Estas personas creen que fue por su excepcional bondad que, tras morir, muy joven pues sólo contaba con treinta años de edad, se llenó su ataúd con una fortuna en oro, joyas y piedras preciosas. 

viernes, 10 de noviembre de 2023

Microcuentos 141-145

 141

Eran muchos los niños que habían desaparecido el último año. Así que, cuando desapareció mi hermanito, yo estaba preparado. Le había regalado una pulsera que llevaba un chip oculto. Fue fácil seguir el rastro hasta una cueva en las montañas.

Rescataría a mi hermanito y por fin sabríamos qué era de los niños desaparecidos.

Imaginen mi horror al entrar a la cueva en cuestión y descubrir a mi hermanito sentado sobre un montón de huesos, royendo los restos del último niño desaparecido.

martes, 7 de noviembre de 2023

La pelota

 La niña jugaba con una pelota de baloncesto color marrón. La botaba tres veces y luego lanzaba al cesto, a más de dos metros de altura. Encestaba una de cada tres. El niño la observó largos minutos, tratando de olvidar la horrenda muerte de su padre acaecida hacía tan sólo tres días, cuando la policía encontró el cuerpo decapitado a las orillas de un desagüe. Madre había intentado ocultar el macabro detalle, pero la gente hablaba.

La niña siguió jugando. Miraba de vez en cuando al niño a través de la malla metálica cubierta de enredaderas, a causa de estas apenas lo entreveía, pero sabía que la observaba. No le incomodaba, es más, se sentía bien. Madre no la dejaba salir nunca de casa, ni jugar con otros niños.

El niño se acercó a la malla. Pensó que jugar por primera vez desde la muerte de padre podría distraerle y aportarle algo de bienestar.

¿Puedo jugar? preguntó.

No respondió la niña, tras sopesarlo un rato.

Anda, déjame jugar. Será más divertido entre los dos insistió el niño.

viernes, 3 de noviembre de 2023

El hermanito

 Mayrita, como la llamaban sus papás, corría a través de hermosos jardines, entre tulipanes y rosas, margaritas y jazmines. A su alrededor revoloteaban aves y pájaros multicolores, cuyos cantos llenaban el aire de una melodía suave y acompasada que inundaba de paz todo el lugar. En el Valle Mágico había también venados y alces, linces y leopardos, leones y tigres… e infinidad de animales más. Y todos vivían en paz, así lo había dispuesto Mayrita. Llegó hasta un cerezo y tomó asiento junto al tronco. El cerezo era su árbol favorito, por lo bonito de sus flores, se decía constantemente.

A pesar de sus nueve añitos, Mayrita sabía que aquel mágico lugar era un sueño. Era un lugar producto de su imaginación en el que gustaba refugiarse mientras dormía. Lo había empezado a concebir hacía dos años. Al principio lo soñaba esporádicamente, porque lo había visto en una película, se decía. Sin embargo, con el transcurrir de los meses fue capaz de soñar con aquel bello lugar a voluntad. De manera que siempre tenía sueños felices. Lo que era un alivio, más después de la trágica muerte de su hermanito menor: Jonhy.

Sabía que era un sueño.

Fue por ello que se sobresaltó cuando el llanto de un niño se coló a través de su mundo mágico y se extendió a través de los bosques y las colinas, de los riachuelos y los campos de flores, del cielo y la tierra. Era un llanto lastimero, desesperado, que llegaba hasta el más profundo rincón del alma. Le hizo sentir tristeza y miedo, dolor e ira, pero sobre todo precaución. Los compañeros de su mundo de ensueño también percibieron el llanto, porque agitaron las orejas o los rabos, los bigotes o las patas, las alas o los picos. Se percibía la tensión y el nerviosismo en ellos. El llanto de un niño era algo que nunca había sucedido en el Valle Mágico. Menos un llanto como aquél.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Microcuentos 136-140

 136

El matrimonio Robinson se mudó al pueblo hace tres años. Todos creíamos que no tenían descendencia. Hasta que un buen día dieron una fiesta para presentar a sus tres vástagos que volvían del extranjero. Eran tres muchachos más bien retraídos y toscos que no causaron gran impresión. Es más, al siguiente día, en voz baja, la mitad del pueblo murmuraba que eran idiotas.

Al parecer, yo fui el único que noté un gran parecido entre aquellos tres muchachos y los tres jóvenes que desaparecieron del pueblo poco después de la llegada de los Robinson.

 

137

El niño se aovilló en un rincón de la habitación. Temblaba de frío y miedo. El miedo había llegado con el frío, que llegó hacía tres minutos. Y sabía qué significaba aquel frío. Había algo que llegaba con él, o ese algo precedía al frío. No lo sabía.

Lo único cierto era que cuando aquel frío llegaba algo malo ocurría. Ya había estado en casa en tres ocasiones. Primero murió papá, luego mamá, después su hermanita.

Él era el último que quedaba. Y el miedo y el frío iban in crescendo con cada segundo que transcurría.

Ese algo, fuese lo que fuese, estaba cerca e iba a por él.

 

138

Tras tres días desaparecido, el alcalde regresó al pueblo. Fue recibido con franca alegría y regocijo, pues era un hombre muy querido. Recibió cálidos abrazos y sinceros apretones de mano. Él agradeció y sonrió, fue escueto en los detalles de su desaparición, y anunció un gran acontecimiento para esa noche, al que todo el mundo debía acudir.

Durante todo ese tiempo quise gritar, advertir al pueblo que ese hombre no era yo, que, aunque miraban mi cuerpo, mi alma había sido expulsada de él.

Quien gobernaba mi cuerpo y saludaba y sonreía en mi nombre era un ser maligno que me había secuestrado hacía tres días.

 

139

La mujer fregaba platos cuando vio los ojos, azules, mirarla desde el patio. Un plato escapó de sus manos por el sobresalto y se hizo añicos.

—¿Cariño? —preguntó.

Pero los ojos ya no estaban, habían desaparecido en un parpadeo.

—¿Mamá? —dijo la voz de un niño a sus espaldas.

La mujer se volvió y soltó un alarido. Su hijo avanzaba a tientas, dos agujeros negros en lugar de ojos, y lágrimas de sangre surcando sus mejillas.

—Mamá —repitió el niño—. Mis ojos. Alguien robó mis ojos. 

 

140

La multitud ató al violador a la pira y le prendió fuego. Cuando la policía llegó, las llamas estaban apagándose.

—¿Está muerto? —preguntó el oficial.

—Al menos por un año más —respondió el alcalde.

—Bien. ¿Cuántas veces se repetirá?

El alcalde se encogió de hombros. Aquella era la séptima vez que quemaban a aquel hombre, que revivía en el aniversario de su muerte.

En el pueblo se rumoreaba que continuaría reviviendo hasta que equiparara el número de sus víctimas, que se decía era setenta y siete.

miércoles, 18 de octubre de 2023

Oscuridad

 El despertador sonó a la hora de costumbre: las cinco de la mañana. O al menos fue lo que Fred creyó. Alargó la mano para acallar ese ruido estridente y abrió los ojos; lo único que veía era negrura, o, mejor dicho, lo que no veía. Se frotó los ojos con energía, incapaz de entender lo que ocurría. Todavía estaba adormitado, así que aún no sintió miedo.

Tras frotarse los ojos, descubrió que nada había cambiado. Miró a la ventana para descubrir el aura amarillenta del amanecer, pero seguía sin ver nada. Miró hacia la puerta, a la cama, sus manos… Pronto se encontró totalmente despierto, y el miedo empezó a adherirse y solidificarse como una fea capa de grasa. ¡Estaba ciego!

«¡No, no! se dijo. No, no es cierto. No es cierto». Pensó en posibles explicaciones. ¿Un eclipse, alguien tapió por completo la habitación, algo pasajero, todavía soñaba? Pero nada tenía lógica. Nadie se queda ciego de la noche a la mañana, ¿verdad? ¿O sí? ¿Qué sabía el de enfermedades? Lo suyo eran las coles, las lechugas y los repollos. Era un granjero muy cotizado en la región. ¿Pero de enfermedades?, un hombre de treinta años no se preocupa por pequeñeces. En todo caso, ¿es la ceguera una enfermedad?

viernes, 13 de octubre de 2023

Historia de un leñador

Era un hombre muy trabajador. Me refiero al vecino de mi amigo. Mi amigo se llamaba Leonardo y vivía en el extremo oriental del pueblo, junto a su esposa y una pequeña hija de siete años. Tenía vecinos enfrente, atrás y a ambos lados de la casa. Sin embargo, sobre quien quiero contarles es sobre el tipo que vivía a la izquierda de su casa. No digo que era su amigo, porque este vecino andaba muy escaso de esos, y Leonardo no era uno de ellos.

Se llamaba Raúl, tenía cuarenta años, una esposa de más o menos su edad y tres hijos, un joven de diecisiete y dos niñas de trece y ocho años. Tenía una bonita casa, muy bonita si he de ser sincero, ya que tuve la oportunidad de apreciarla durante las incontables veces que fui a casa de mi amigo Leonardo. Tenían dos autos y una motocicleta, un jardín precioso y una piscina que era la envidia de todo el barrio.

Pero había algo que no encajaba con el ambiente de prosperidad que a simple vista parecía disfrutar esa familia. Bueno, la primera es que no parecían muy felices, y la segunda es que Raúl no era más que un leñador y su auge económico había dado inicio tres años atrás. Para daros un ejemplo: mi amigo Leonardo era gerente de un banco, y su casa no era la gran cosa. Entonces, ¿cómo es que un leñador de pronto se convertía en alguien económicamente pujante? Muchos se han hecho la misma pregunta, las respuestas no han sido tantas, ni muy esclarecedoras.

lunes, 9 de octubre de 2023

Microcuentos 131-135

 131

Mamá llevaba en cama medio año. El diagnóstico médico era que no tardaría en morir. En casa, la familia pasaba jornadas enteras en ayuno y noches en oración. Yo era el único que no participaba. Me sentaba en el columpio del patio y la vecina me increpaba por mi ateísmo y falta de fe, como si ella tuviera vela en aquel entierro.

Al no funcionar las oraciones me fui al bosque y llamé con fe a aquel en quien creía. Hicimos un trato. Mamá empezó a mejorar esa misma noche. Solo espero que no relacionen su mejoría con la muerte de mi molesta vecina.

 

132

Yo fui el primero que escuchó aquella risa, infantil, juguetona y burlesca. Me secundó el capitán, y al cabo de un rato, toda la tripulación la percibía con claridad. Todos nos miramos, consternados y atemorizados. 

La risa en sí no tenía nada de sobrenatural. Era la risa típica de un niño divirtiéndose a costa de alguien. Pero, en la tripulación no había ningún infante, y estábamos a mitad del mar, a trescientos metros de profundidad.

 

133

Al final, nunca supo qué era aquella criatura. Hacía noches que rondaba la casa. Se decidió a enfrentarla al notar el miedo que causaba en su esposa e hija. Al mirarla, solo vio una sombra informe agazapada en el jardín. El hombre sintió temor, así que descargó el revólver. No falló un solo tiro. Sin embargo, la criatura simplemente se esfumó. Entonces escuchó un grito provenir del interior de la casa. Al entrar, encontró a su mujer e hija muertas.

Lo condenaron a muerte seis meses después. Las balas habían salido de su pistola.

 

134

—¡Hazlo! —ordenó la voz en un susurro.

La mujer miró la navaja, que se agitaba por el temblor de su mano. Tragó saliva.

—No puedo —repuso—. ¡No puedo!

Lloraba. Las lágrimas anegaban sus ojos. Pero la voz insistió.

—¡Hazlo! Un corte limpio y todo habrá terminado. Sabes que es lo mejor.

Era cierto. La infección había consumido las piernas de su esposo y se extendía por los intestinos en aquellos instantes. Los gritos de dolor sobrecogían el alma.

Al final, se armó de valor y asintió. Su esposo agradeció su determinación con una sonrisa.

 

135

—¡Hijo mío! —susurró la mujer con emoción.

—¡Mami! Lo siento mucho. No era mi intención defraudarte.

—No has defraudado a nadie.

—Te prometí que comería mis vegetales, que obedecería a papá, que estudiaría mucho, que seguiría mi sueño…

—No sigas. No es tu culpa.

Madre e hijo se fundieron en un abrazo cargado de lágrimas y sentimiento. Que estuviera allí con ella se explicaba de una sola manera: su hijo también había muerto. 

jueves, 28 de septiembre de 2023

Estofado

 Mitch no acostumbraba estar fuera de casa mucho tiempo, y por lo general, se le podía encontrar casi siempre en el jardín. Pero esa tarde no aparecía por ningún lado. Tras volver de la escuela, jugar un rato con su gato era lo primero que Ricky hacía. Ni siquiera almorzó por ponerse a buscarlo.

Su madre no sabía nada del gato, ni tampoco la vecina de al lado ni la de enfrente. Mitch parecía haberse esfumado. «Se lo robaron», pensó con rencor el pequeño. No le cabía en la cabeza que el gato se hubiera marchado por cuenta propia, no después de todo lo que lo consentía. «¿Y si alguien lo mató?», sabía que era muy probable. Era una pregunta aterradora.

Por buscar sólo quedaba la casa de la vecina de junto, la de la izquierda, no la de la derecha. No había ido allí porque la vieja le daba miedo. Tenía como setenta años, el cabello gris y quebradizo y la boca desdentada. Vivía sola, y sola parecía que iba a morir. Pero no iba a su casa no sólo porque le daba miedo, sino porque también le debía muchas travesuras, y Mitch se había comido su pareja de canarios australianos.

En esos momentos la podía ver a través de la ventana abierta. Estaba cocinando, y el aroma que provenía de la olla hirviendo, lo hacía salivar. Tuvo la horrible idea de que lo estaba cocinado era su gato. Eso le recordó que aún no había almorzado, a pesar de los gritos de su madre para que se olvidara de su cochino gato y comiera de una vez por todas.

lunes, 18 de septiembre de 2023

Día de las madres

 Tommy, de apenas seis años de edad, sabía que el día siguiente sería el día de las madres. Había pensado largo y tendido sobre qué regalarle a su querida progenitora. Tenía que ser algo grandioso, inolvidable, algo que la hiciera estremecerse de emoción. Tenía algunas ideas en mente, pero aún no conseguía sacar nada en claro. Bueno, le plantearía ese tema a su tutor, a casa de quien se dirigía, sin duda él sabría esclarecer sus ideas y lograr que cogiera la más idónea.

El chófer lo llevó hasta la casa de Freddy, su tutor, y lo dejó a la puerta. Lo dejó tocando el timbre para volver un par de horas después, cuando las lecciones de Tommy hubiesen concluido. Su joven maestro salió a recibirlo y lo llevó al cuarto que ocupaba para impartir sus clases al chico. Freddy tenía el físico y el aspecto de un hombre joven, incluso sus papeles de identificación decían lo mismo, pero Tommy sabía que era viejo, muy viejo.

Sin pérdida de tiempo abordó el tema que le carcomía la cabeza: el día de las madres. Mientras su tutor le explicaba detalladamente una bonita sorpresa para su madre, la sonrisa de Tommy se fue ensanchando cada vez más.

jueves, 7 de septiembre de 2023

Microcuentos 126-130

 126

Fin de un año calendario. Inicio de otro. Pero el interminable ciclo de la vida continúa, y de la muerte. No fue un año tan distinto de los demás. Vidas que vienen y van, risas y llanto, lágrimas por uno u otro motivo. Y el año que empieza, tampoco lo será. Más vida, más muerte, y a ella le corresponderá presenciar esta última, como ayer, como hoy, como mañana, como siempre. Coge su hoz con gesto cansino, no es su arma, más bien un emblema. Y allá va de nuevo, hastiada de tanto dolor y muerte, pero es su trabajo, y nadie más quiere hacerlo.

 

127

El arqueólogo encontró el mural cubierto de suciedad. Empezó a limpiar, de arriba abajo, entusiasmado por los jeroglíficos que pudiera encontrar. Pero tras el polvo no había jeroglíficos, sino el grabado de un ser de rostro alargado, cuernos, párpados cerrados y enormes colmillos. Era una estampa que imponía. El arqueólogo no se amilanó y continuó limpiando. Al llegar a la parte inferior descubrió que a los pies del espantoso grabado yacía una víctima humana. ¡Y el rostro de la víctima era el suyo! Fue entonces que el demonio abrió sus ojos rojos repletos de malignidad.    

 

128

Encontraron los tres cuerpos en un terreno baldío. A uno le faltaba la cabellera, al otro los ojos y al último la boca, dentadura incluida. A la policía le resultó fácil seguir el rastro y llegar hasta el culpable. Era Eddy, un chico de la escuela. Sin embargo, nadie sospechaba lo que se iban a encontrar: Eddy intentaba injertarse lo sustraído a las víctimas.

Nadie excepto yo. Pero es algo que me horroriza y jamás diré. Fui yo quien le dije que la única manera de que me gustara era que tuviera el pelo de Luis, los ojos de Miguel y la sonrisa de Daniel.

 

129

De los Dark se dijo que eran ladrones. Pero ha pasado un año desde que llegaron al pueblo y nadie ha echado en falta siquiera una moneda. Pensé que eran simples habladurías, pero no lo eran. Son ladrones, ahora lo sé. Sin embargo, no son ladrones convencionales. Lo descubrí cierta noche que volvía de una fiesta. Me aventuré a pasar por el cementerio y fue cuando los vi: rompían una tumba. Así supe que lo que robaban eran cadáveres. Y ahora me pregunto: ¿con qué propósito?

 

130

De inmediato noté que en aquel pueblo flotaba un aura malsana. Al preguntar, me informaron que se debía a un monstruo que acosaba el lugar. También dijeron que, en caso de oír un rugido, debía acudir a una casa ubicada en la periferia del pueblo. Esta poseía salvaguardas que repelían al monstruo. Así que, al oír el aterrador rugido esa noche, corrí raudo hacia el lugar indicado. Al acercarme a la casa, frente a esta vi una sombra semihumana que alzaba el rostro al cielo. Entonces oí el rugido. Demasiado tarde comprendí que no me habían enviado a la salvación. ¡Me habían enviado a la muerte!

viernes, 1 de septiembre de 2023

Halloween

 Harry tenía siete años recién cumplidos. Estaba muy feliz por ello. No tanto por la fiesta acaecida dos semanas atrás, ni por los obsequios recibidos; sino porque, ese día, treinta y uno de octubre, lo consideraron lo suficiente grande para que pudiera salir a pedir dulces sin supervisión de su madre. Esa idea lo emocionaba.

Esa noche lo habían disfrazado de diablo, o “mi diablillo”, como dijo su madre. La cola era de esponja, al igual que la púa y los cuernos, pero si no los tocabas, a la distancia parecían reales. Le alargaron los ojos con maquillaje para parecer más aterrador y le pusieron dientes de vampiro, porque su madre dijo que la mordida del diablo era más letal. El resto de la indumentaria también era roja, excepto la capa, que era carmesí, para variar, pero no mucho.

A las siete lo fueron a dejar con Freddy, su amigo y vecino de ocho años. Él se había disfrazado de vampiro, de Drácula, no de ese que brilla con el sol; ese era para las niñitas tontas.

A las ocho y media dijo la madre de Freddy, y la madre de Harry asintió. Ni un minuto más tarde.

Los chicos prometieron respetar el horario, luego se fueron a la casa de la esquina, balanceando los cestos con forma de calabaza aterradora. En esa casa les dieron unos pocos dulces a cada uno y en la siguiente, no salieron a abrir, pero en la que seguía los recompensaron con creces.

miércoles, 30 de agosto de 2023

La casa de la bruja

 Los cuatro amigos se tambaleaban por la adoquinada calle iluminada por antiguas farolas en medio de conversaciones ebrias, risas ahogadas y suaves pisadas en el silencio de la noche. Era la una de la madrugada y en un kilómetro a la redonda sería imposible encontrar un alma en pie aparte de ellos. Venían de la cantina de Don Orlando, y allá seguirían de no ser porque el regordete señorón los mandó a dormir.

Después de charlar un rato sobre las cosas sin importancia que acostumbran discutir los borrachos, se pusieron a cantar una canción que haría enrojecer a una doncella; otra de las cosas inútiles que acostumbran hacer los borrachos. Entonaban muy alegremente la canción, muy desafinados, por cierto, cuando un grito agudo, desolador, hendió la soledad de la noche.

Los cuatro amigos se detuvieron, con más curiosidad que miedo. Fue hasta entonces que se dieron cuenta que estaban frente a la llamada Casa de la Bruja. Era una casa antigua, de estilo colonial, con amplios ventanales de vidrio y techo de adobe. La llamaban así porque se rumoreaba que allí vivía una bruja y que, por eso, pese a estar bien ubicada en el pueblo, nadie había vivido allí desde hacía más de diez años.

—¿Escucharon lo mismo que yo? —preguntó Herber.

—Creo que sí —asintió Lucas.

—Era un grito, ¿verdad? —inquirió Juan.

—Un grito aterrador —matizó Martin.

Los cuatro amigos escudriñaron con sus borrosos ojos, pero nada vieron, y nada raro volvieron a escuchar. De pronto a Lucas se le ocurrió una idea para nada innovadora. 

lunes, 28 de agosto de 2023

Microcuentos 121-125

 121

El hombre entró a la casa y llamó a su mujer. Aquella no contestó. Volvió a llamar y se dirigió a la cocina. Al ver la mancha de sangre sobre el enlosado su corazón se disparó a mil. Empezó a gritar más fuerte, temiendo lo peor. Entonces apareció la esposa.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

En la mano llevaba un pollo a medio desplumar.

—Nada —dijo el hombre.

No le confesó que al ver la mancha de sangre su mente volvió tres años en el tiempo, a aquella fatídica tarde en que encontró a su padre muerto.

jueves, 24 de agosto de 2023

Perdido

 Se supone que una iglesia es un lugar sagrado, inviolable para satanás y sus esbirros de allende de nuestro mundo. Fue por eso que me detuve a las puertas de una parroquia, cansado de tanto correr y aterrado por aquello que me perseguía. No sé lo que es, sólo sé que se trata de algo diabólico que no me desea nada bueno.

Ascendí unos escalones y me detuve a escasos centímetros de la puerta de la iglesia, pensando en cuál era el procedimiento para acceder a uno de esos recintos a la una de la madrugada; si es posible, en todo caso. Una ráfaga de gélido viento y una risa cargada de locura hizo que me olvidara de las buenas maneras e intenté entrar sólo empujando las hojas. La puerta no cedió al primer empujón, ni al segundo. Empecé a llamar a gritos y a empujar con bríos, pero nada que cedía.

A mis espaldas, todo había quedado en calma, pero no me confiaba. El ser al que yo había dado permiso de venir a nuestro mundo estaba cerca, tenía esa certeza. Y ahora quería mi alma, y venía por mí. Eso me pasó andar jugando con secretos peligrosos. No pude evitar evocar a una amiga de la preparatoria: Sólo lo hice por curiosidad, dijo un día después de su primera vez. A los tres meses ya tenía su pancita. «Sólo lo hice por curiosidad», pude haber dicho yo, y ahora, algo que ni sé qué es, viene a quitarme la vida.

lunes, 21 de agosto de 2023

La maestra suplente

 La noticia de que la Sra. Celia había cogido tremendas fiebres que la tendrían en cama durante algunos días, causó más alegría que tristeza a los alumnos. En especial a los tercer de año; más concretamente a Dylan. La Sra. Celia era una mujerona que rondaba la cincuentena de años, tenía el cabello más gris que negro, y su más grande pasión parecía ser torturar a los chicos con cuantiosas e interminables tareas. Fue por eso que los chicos sintieron más alegría que pena cuando el director les anunció que la profesora titular de matemáticas no llegaría al colegio durante una o dos semanas.

Algunos ingenuos creyeron que disfrutarían de períodos libres hasta que la Sra. Celia volviera. Pero estaban equivocados. Inmediatamente el director les comunicó que había contratado a la Srta. Emily para que supliera a la Sra. Celia hasta que se encontrase en condiciones de volver. Como es normal, hubo gestos, frases y hasta silbidos de desaprobación; los chicos querían sus períodos libres. Todo esto se acalló en cuanto el director invitó a pasar a la Srta. Emily. Todo mundo quedó boquiabierto, en especial los muchachos; y más que todos, Dylan. La Sita. Emily era una despampanante joven que no tendría más de veintitrés años, su cabello castaño le caía en cascadas sobre los hombros, sus labios rojos invitaban al delirio y si éstos no lo lograban, su escultural cuerpo desde luego que sí.

—Ella es la señorita Emily —la presentó el director—. Impartirá las clases de matemáticas hasta que la señora Celia esté de vuelta.

—Buenas tardes, jóvenes —saludó la profesora, su sonrisa dejó entrever dos blanquísimas hileras de dientes.

Dylan pensó que mujeres como ella eran las que los poetas retrataban en sus composiciones.

—Buenas tardes, señorita Emily —dijeron los alumnos casi al unísono.

Dylan la miraba embobado. Era, sin lugar a dudas, la criatura más hermosa sobre la que jamás había posado los ojos alguna vez. Mientras la contemplaba, la Srta. Emily debió percibir su mirada porque dirigió los ojos, avellanados y brillantes, a su rostro. Dylan se sintió turbado. La Srta. Emily le sonrió tímidamente y, habría jurado que también con coquetería, Dylan supo que la amaba.

viernes, 18 de agosto de 2023

El día del rayo (Parte III)

 Tenía ganas de llorar, tirarme de los pelos, maldecir a lo que fuera o a quienquiera que hubiera causado todo aquel desenfreno, pero la vorágine de acontecimientos que acaecían a mi alrededor no me lo permitían. Todo en derredor era caos, muerte, destrucción, peleas encarnizadas, sucesos horrorosos y extraordinarios… si me detenía, si perdía la concentración, si utilizaba un minuto en lamentarme y me olvidaba de mi entorno, era muy probable que al instante siguiente estuviera muerto.

Es cierto que era posible que al igual que el resto del mundo yo volviera a la vida, pero era algo que no estaba dispuesto a comprobar voluntariamente. De manera que tenía que mantener mis sentidos aguzados, mis nervios calmos y mi mente serena.

Mi preocupación inmediata eran mis dos hijos, Harry y Danie. Por Marlene poco o nada podía hacer. Atrapada en un círculo como en el que estaba, no veía cómo ayudarla. Así que me concentré en mis dos hijos de los cuales aún no sabía nada. Aún era probable que ellos estuvieran bien. Si así era aún podía ponerlos a salvo. Los metería al coche y los llevaría lejos del endemoniado pueblo.

Del campo de fútbol a la casa de Brenda, la hermana de mi mujer, donde debían estar los niños, había alrededor de un kilómetro de distancia. Un kilómetro de recorrido igual de demencial que el que había realizado de casa al campo, cuando no más. Los horrores y sucesos extraordinarios ocurrían allí donde posara la vista.

miércoles, 16 de agosto de 2023

El día del rayo (Parte II)

Trémulo, me puse de pie y me deslicé con la sutileza de un ladrón hasta mi habitación en el segundo piso. Mientras ascendía por las escaleras, llegaban a mí los ruidos de la calle: perros gruñendo, ladrando y desgarrando; personas gimoteando y pidiendo ayuda; gritos, llantos y exclamaciones de todo tipo; incluso oí el zumbido del motor de un automóvil, oí como derrapaba y se estrellaba contra algún sólido muro.

Ya en mi habitación busqué deprisa un pantalón, así como una camisa y un par de zapatos. Me vestí deprisa y por último abrí el cajón de abajo del guardarropa. Allí estaba el revólver que mi padre me había regalado hacía diez años. Solo lo había utilizado en un par de ocasiones, y siempre para disparar al aire. No estaba seguro de para qué me podría servir ese día, pero intuí conveniente llevármelo.

Bajé sigiloso y me escurrí hasta la cochera. Presioné el botón para que la compuerta empezara a alzarse y, mientras ésta se alzaba, me metí en el auto, guardé el revólver en la guantera y puse el motor en marcha. Mientras esperaba a que la compuerta terminara de alzarse tuve un panorama sobrecogedor de lo que acaecía frente a mi casa.

Al principio no lo creí posible, todo era aún más raro y horroroso de lo que había presenciado al comienzo, pero tras un segundo tuve que hacerme a la idea de que era real. Don Jesús, el vecino que había sido desgarrado por su hijita, estaba de pie, como si nada le hubiese sucedido, y, en un momento dado, empezó a correr hacia donde se encontraba mi esposa, quien también estaba de pie, gritando, pidiendo auxilio, sin daño aparente y tratando de salir del círculo formado por la jauría de perros y Madelyn, la vecina.

lunes, 7 de agosto de 2023

El día del rayo (Parte I)

 Amaneció gris y lúgubre. Un aura sombría cubría al pueblo como una mortaja. Esa atmósfera, casi tétrica, me hizo suponer que no sería un día cualquiera. Pero jamás soñé siquiera que alcanzaría tan estrepitoso nivel de extrañísimo. Cuando supuse que sería un día diferente, me refería a esos típicos días en los que el sol no calienta, los ánimos se apagan, uno se la pasa triste y melancólico y a veces no dan deseos más que de estar echado en la cama.

Y en efecto, al menos en un principio, parecía que el día estaba demarcado para seguir ese guion. Pero la naturaleza, la vida, el destino, Dios, el Demonio, o lo que fuera que desencadenó los sucesos que ocurrieron durante el resto del día, nos tenían preparada una sorpresa. ¡Una nada grata sorpresa!

En fin. Me levanté a eso de las ocho de la mañana. Era domingo, y no tenía sentido madrugar. Me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas. Esperaba un torrente de cegadora luz matinal, sin embargo, lo que vi fue gruesos nubarrones grises que cubrían por completo el cielo. En otro tiempo habría creído que se trataba de nubes augurando tormenta, pero tras cuarenta años de vida, supe que ese día no habría lluvia, sólo nubes grises y lugubridad.

Le resté importancia al cielo y me fui a la cocina para tomarme un café. Después de todo, no tenía pensado hacer otra cosa más que ver televisión, rascarme la barriga y quizá leer un libro mientras me tomaba un Brandy. Ilena estaba afanada preparando el desayuno.

viernes, 21 de julio de 2023

Microcuentos 116 - 120

 116

Llevaba horas sentado frente a la computadora, sin embargo, tanto la hoja de Word como mi mente continuaban en blanco. No llegaba ninguna buena idea para otra historia.

De pronto el aire rieló a mi espalda y percibí una presencia oscura y maligna.

—Nada nuevo ¿eh? —susurró el demonio con su gélida voz—. Ya sabes qué hacer.

—Lo sé —respondí.

Empecé a pensar en mis amistades. ¿A quién sacrificaría para que las grandes ideas volvieran?

 

117

Me despedí de mis hijos con una sonrisa en los labios. Solo empecé a llorar cuando el abogado y el oficial se los llevaron. Mañana iba a morir. Estaba feliz y triste por ello.

Cuando mi abuelo murió dejando una cuantiosa fortuna y ningún testamento, parientes de todo grado volaron como buitres a por un trozo de carne. Se decidió repartir la fortuna para evitar largos procesos judiciales. Pero yo encontré una mejor solución: los invité a cenar y todos murieron envenados.

Moriré por ello, pero al menos, el futuro de mis hijos está asegurado. Todo fue por ellos.

 

118

Papá murió de forma horrenda en los límites de la finca. Le faltaba la mitad de la garganta y marcas de zarpas adornaban su cuerpo. Una fiera, dijeron, un león seguramente. Fue la versión que se mantuvo. Pero ahora sé la verdad.

Recién me desperté a causa de unos terribles aullidos. Escuché ruidos y fuertes pisadas en el interior de la casa. Entreabrí la puerta de mi habitación y vi al ser semi-humano que acabó con mi padre. Saber que los licántropos existen fue toda una revelación. Sin embargo, lo que me dejó en shock fue ver a la criatura vestida con restos del pijama de mi madre.    

 

119

La señora Gonzáles solía sentarse todas las tardes junto a la ventana a tomarse una taza de té. Y continuaba haciéndolo. Al menos lo de sentarse. Hacía semanas que no la veía llevar a sus labios la consabida taza de té.

Cierta tarde, movido por la curiosidad, me acerqué para preguntarle el porqué del cambio en la rutina. Sin embargo, ella no me contestó. Es más, ni siquiera parpadeó. Pensé que estaba perdiendo facultades, así que insistí más fuerte.

Fue cuando apareció el señor Gonzáles gritando que me marchara. Salí corriendo asustado. Y comprendí que si la señora Gonzáles no se movía era porque estaba muerta.

 

120

Hasta ese día solo había visto buitres en NatGeo. Sin embargo, esa tarde había uno en la valla de su casa. Intentó espantarlo con aspavientos, no obstante, el ave se limitó a mirarlo. Y aquella mirada lo asustaba, si bien no sabría decir porqué.

Dejó en paz al ave y entró a su casa. En el recibidor lo esperaba aquel hombre al que un día estafó. Vio una chispa y escuchó un silbido. Lo siguiente que supo fue que se encontraba en el piso. Sangraba y una sombra se acercó. El buitre lo miró con sus ojillos ambarinos. Y comprendió porqué aquella mirada lo asustaba. ¡El pajarraco lo veía como a su presa!

jueves, 13 de julio de 2023

Extraña pesadilla

 El hombre estaba atado contra el tronco de un viejo álamo, en el corazón de un viejo bosque; atado de pies y manos y amordazado. Sus ojos, abiertos de espanto, me miraban con pupilas dilatadas por el terror y la incertidumbre. Me quité la máscara para que me viera el rostro. Seguro eso no le dijo nada. Y por qué iba a hacerlo, si hasta ese día nunca nos habíamos visto.

Comprende, amigo le dije. Me acuclillé para estar a la altura de sus ojos. Esto no es personal. Verás, me dijeron que sólo así podría deshacerme de un extraño sueño.

Le enseñé el cuchillo, filoso hasta para la madera, y el tipo se debatió, aunque claro, era inútil. Todo era inútil. De su garganta brotaron extraños ronquidos: supuse que intentaba decir algo. Pero yo no estaba allí para escucharlo, sino para hacer mi ritual.

No sé quién eres ni me interesa proseguí. Sólo eres alguien a quien los azares de la mala fortuna pusieron en mi camino. Antes de que mueras, de un modo que estoy seguro nunca imaginaste, déjame contarte por qué estás aquí, atado, indefenso, aterrado, con la muerte resollando en tu cuello.

martes, 11 de julio de 2023

La desaparición de Mary

 La desaparición de Mariela Rivas, conocida en su vecindario como Mary, fue un hecho muy comentado en la ciudad. Quizá no todos en la ciudad, y esto era lo más seguro, sabían quién era Mariela Rivas, pero al escuchar el nombre y el apellido en boca de los vecinos, rápidamente la relacionaron con la familia Rivas Martínez, una prominente estirpe de la ciudad. Mariela Rivas era hija del cabeza de familia, don Diego.

A sus diecisiete años era una encantadora muchacha de cabello color arena, según las fotografías, ojos castaños y un cuerpo que llamaba la atención donde quiera que pasase.   

Sobre su desaparición habían surgido diferentes teorías. La primera de éstas era que se había fugado con su novio, William, un gallardo joven perteneciente a su mismo nivel social. Pero esta teoría fue descartada al día siguiente de su desaparición, cuando el joven en cuestión se presentó en la mansión de los Rivas y negó siquiera haber pensado en semejante absurdo. La policía lo investigó, aún lo sigue investigando, pero efectivamente parece ser que el joven no tiene nada que ver con la desaparición de Mary.

—Se casarían cuando Mary cumpliera los dieciocho —dijo don Diego a un periodista—. Lo decidimos juntos, hace una semana, por lo que considero absurdo que la gente ande comentando que mi hija se fugó con su novio.

Otra de las teorías alude a un posible secuestro. Pero tras un mes de la desaparición de la joven, nadie se había puesto en contacto con la familia para pedir un rescate. Aunque es posible que tras el secuestro algo haya salido mal y resolvieran matarla, abandonando su cuerpo o enterrándolo en algún lugar inhóspito. Pero la policía y los detectives contratados por los Rivas se han desvivido en sus investigaciones y aún no han encontrado ninguna pista que confirme o niegue esta teoría.

viernes, 7 de julio de 2023

Microcuentos 111 - 115

 111

¿Sientes mi aliento en la nuca? ¿Notas una sombra en el límite de tu visión, perenne, pero cuando te vuelves no hay nada? Empiezas a preguntarte si estás enloqueciendo. Tienes miedo. Lo sé. Lo huelo. Lo palpo. Lo disfruto.

Y no, no estás enloqueciendo. Soy yo, aquel al que hace un año atropellaste mientras conducías en estado de ebriedad. Luego te marchaste indiferente.

Pero sabes, una vez al año se abre un portal para que los muertos visiten en espíritu a sus parientes. Y mi espíritu vino cargado de odio y venganza. Y no vine a visitar parientes. Vine por ti.

viernes, 30 de junio de 2023

Invierno

 Las lluvias fueron torrenciales ese invierno. La mitad de la aldea se vio afectada, y varios vecinos de la parte alta del lugar tuvimos que darle albergue a aquellos que la llena sacó de sus hogares. Nosotros, cuya casa está sobre una colina en los límites septentrionales del poblado, no fuimos la excepción. Afortunadamente tengo el ático para mí solo, de modo que lo apretujado de los pisos inferiores, me tenía sin cuidado.

Las lluvias cesaron después de una semana, para entonces, el mal ya estaba hecho. Había que esperar una o dos semanas para que las casas de la parte baja fueran habitables de nuevo. Como no me gustaba estar entre tanta gente, me conformé con permanecer en el ático, leyendo varios libros, en especial los cuentos de Poe, Lovecraft (puesto que soy amante del terror) y Dickens. El resto del tiempo me asomaba a la ventana y miraba la llena de allá abajo, que con cada día transcurrido, descendía un tramo.

Fue así como vi al niño correteando al perrito, hacia el oeste, en una parte despoblada. Me envaré de golpe, pues algo en esa escena me dio miedo. Supuse que el niño sabía nadar, como todos en la aldea, así que no temí que se ahogara. Lo que despertó el miedo en mi fue el perro: pequeño, blanco con parches negros, lozano, juguetón, limpio; un perro demasiado hermoso y bien cuidado para ser de alguien de la aldea, menos en una aldea todavía enfangada.