Algunos
ingenuos creyeron que disfrutarían de períodos libres hasta que la Sra. Celia
volviera. Pero estaban equivocados. Inmediatamente el director les comunicó que
había contratado a la Srta. Emily para que supliera a la Sra. Celia hasta que
se encontrase en condiciones de volver. Como es normal, hubo gestos, frases y
hasta silbidos de desaprobación; los chicos querían sus períodos libres. Todo
esto se acalló en cuanto el director invitó a pasar a la Srta. Emily. Todo
mundo quedó boquiabierto, en especial los muchachos; y más que todos, Dylan. La
Sita. Emily era una despampanante joven que no tendría más de veintitrés años,
su cabello castaño le caía en cascadas sobre los hombros, sus labios rojos
invitaban al delirio y si éstos no lo lograban, su escultural cuerpo desde
luego que sí.
—Ella
es la señorita Emily —la presentó el director—. Impartirá las clases de
matemáticas hasta que la señora Celia esté de vuelta.
—Buenas
tardes, jóvenes —saludó la profesora, su sonrisa dejó entrever dos blanquísimas
hileras de dientes.
Dylan
pensó que mujeres como ella eran las que los poetas retrataban en sus
composiciones.
—Buenas
tardes, señorita Emily —dijeron los alumnos casi al unísono.
Dylan la miraba embobado. Era, sin lugar a dudas, la criatura más hermosa sobre la que jamás había posado los ojos alguna vez. Mientras la contemplaba, la Srta. Emily debió percibir su mirada porque dirigió los ojos, avellanados y brillantes, a su rostro. Dylan se sintió turbado. La Srta. Emily le sonrió tímidamente y, habría jurado que también con coquetería, Dylan supo que la amaba.
Esa
tarde cuando salió del colegio junto a tres amigos, Dylan y los otros no podían
hacer otra cosa más que hablar de las virtudes de la maestra suplente.
Inclusive no les había dejado ninguna tarea. Ésa sí que era una maestra que
reunía las cualidades que a ellos interesaban.
—¡Dios!
—exclamó Bryan—. ¡Miren, allí está!
Los
otros tres alzaron la vista unánimemente, enfrascados como estaban alabando las
virtudes de la Srta. Emily, no se habían dado cuenta que la guapísima profesora
caminaba con un bolso al hombro una media manzana delante de ellos.
—¡Mirad
como camina! —dijo Eddy.
Y
Dylan pensó que Eddy tenía razón. La Srta. Emily cimbreaba las caderas de tal
modo que su vestido se elevaba unos centímetros dejando entrever el inicio de
unas blancas y bien torneadas piernas. El delirio de cualquier hombre, sin
importar la edad.
—¡Yo
me caso con ella ahora mismo! —manifestó un entusiasmado Erwin.
—¡Yo
le entrego todos mis bienes! —apuntó Eddy. Los demás rieron, sabían que los
bienes de Eddy además de su ropa y sus libros, lo constituían una vieja
bicicleta y una PC bastante pasada de moda; sus padres eran de escasos
recursos.
—¡Yo
le entrego mi alma al diablo a cambio de esa mujer! —adujo Bryan.
Por
supuesto, todos estaban bromeando. De todas formas, Dylan no se atrevió a decir
algún disparate igual a sus amigos, sino que dijo algo más solemne, con voz de
enamorado.
—Yo
la amaría con el alma el resto de mi vida si lograra yacer una vez a su lado.
Bryan
se quedó en la siguiente casa, Eddy en la siguiente manzana y Erwin un poco más
adelante. Al final sólo quedó Dylan. La Srta. Emily seguía caminando media
manzana delante de él. «¿Hacia dónde se dirige? ¿Dónde vivirá? ¿Me atrevo a
alcanzarla? ¿Luego qué le digo?» De dónde sacó el coraje nunca lo supo, de lo
único que se percató fue que al segundo siguiente trotaba en pos de la Srta.
Emily.
—¡Hola!
—dijo de forma entrecortada. La Srta. Emily lo miró y le sonrió. ¿Y ahora qué?
¿Le planteaba alguna pregunta sobre la clase del día o simple y llanamente le
decía que era la mujer más hermosa del mundo y que se había enamorado
irremisiblemente de ella y que, aunque sólo contaba con dieciséis años estaba
dispuesto a hacer lo que fuera por besar aquellos labios carmesís y por
estrechar su cuerpo y ser estrechado por sus suaves, gráciles y hermosos
brazos? Afortunadamente la Srta. Emily no se debatía en su fuero interior para
encontrar qué decir.
—Eres
Dylan —dijo, no era una pregunta—. Estás en la clase de tercer grado, ¿cierto?
—Sí
—respondió Dylan, hasta cierto punto, azorado—. Tiene muy buena memoria
—halagó—. Que entre tantos alumnos se acuerde de mi nombre es muestra de ello.
—En
realidad sólo recuerdo los nombres de quienes me parecen interesantes.
—¿Y
yo se lo parecí?
—Me
lo pareces —y allí estaba de nuevo esa sonrisa mágica, rompecorazones. A punto
de preguntarle de qué forma le había parecido interesante se encontraba cuando
la Srta. Emily manifestó que ya había llegado a casa.
—¿Vive
en casa de la Sra. Celia? —preguntó sorprendido.
—En
efecto. Vengo del pueblo vecino y como no tenía donde quedarme, vuestra maestra
me ofreció su casa. Ya habrás visto que la pobre vive sola.
Dylan
asintió.
—Adiós.
Nos vemos mañana en clase —se despidió la maestra suplente.
—Adiós
—dijo Dylan—. Hasta mañana.
Al
día siguiente puso celosos a sus amigos cuando les comentó que había alcanzado
a la Srta. Emily y la había acompañado hasta su casa. Aún se pusieron más
celosos cuando les dijo que ella sabía su nombre y que había dicho que le
parecía interesante. Por más que le preguntaron dónde vivía para pasearse por
allí en sus horas ociosas, Dylan no soltó nada.
Esa
tarde Dylan se desconsoló al salir del colegio y no ver caminando delante de él
y sus amigos a la Srta. Emily. Probablemente aún estaba en el colegio o quizá
ya se había marchado. De todas formas, no importaba. Lo de ayer había sido una
casualidad. Era obvio que una señorita de la talla de ella no se fijaría en
alguien como él.
Después
de que sus amigos se quedaran en sus respectivas casas, Dylan caminaba
meditabundo, su mente en la Srta. Emily. De manera que se llevó una grata
sorpresa cuando ésta salió de una librería que había a un costado de la calle y
le saludó.
—Volvemos
a coincidir —dijo.
Dylan
solo podía mirarla y reír tontamente.
—Así
parece.
Charlaron
alegremente durante los siguientes minutos hasta que la Srta. Emily se quedó en
casa de la Sra. Celia. Repentinamente recordó que no le había preguntado de qué
manera le parecía interesante. Pero ya le preguntaría después. De todas formas,
había conseguido algo que sólo había soñado: había logrado que la Srta. Emily
le prometiera que al día siguiente lo esperaría fuera del colegio para que la
acompañara a casa.
Al
día siguiente, apenas sonar el timbre de fin de clases, Dylan abandonó casi
corriendo el salón y el colegio, gritando a sus amigos que los vería al día
siguiente.
La
Srta. Emily estaba a las fueras del establecimiento charlando con el profesor
de educación física, alto, fuerte, musculoso, gallardo; un hombre hecho y
derecho. Dylan sintió un ramalazo de celos.
—Charlamos
mañana, Sr. Robert —dijo la maestra en cuanto vio a Dylan—. Tengo algunas cosas
que tratar con Dylan.
Dylan
se sintió extasiado y transportado a la luna ¡La Srta. Emily había bateado al
profesor de educación básica por él! Bueno, él tampoco era feo precisamente.
—Caminamos
—le invitó.
Dylan
miró con una sonrisa socarrona a sus amigos que lo veían alejarse al lado de la
escultural maestra suplente.
Fue
de aquella forma que consiguió que la Srta. Emily consintiera en salir a comer
con él el sábado por la tarde. Dylan aún no se lo podía creer. Consiguió que su
padre le prestara el coche, aunque le dijo que era para salir con una chica en
ningún momento osó siquiera insinuar que se trataba de su profesora ya que su
padre no vería de buena manera tal cosa, y se puso sus mejores ropas. Cuando la
recogió en casa de la Sra. Celia no pudo menos que abrir la boca y mirar
aquella preciosura con ojos desorbitados ¡Por Dios que la Srta. Emily era la
criatura más hermosa del mundo!
Primero
la llevó a la función vespertina del cine y después a un lujoso restaurante.
Tenía sus ahorritos y podía permitirse aquellos lujos, además, antes de salir
había logrado sonsacarle algo más que el coche al padre. Pero las cosas no
estaban yendo como Dylan había soñado, no lograba decirle a la Srta. Emily cuan
atraído por ella se sentía, de manera que seguían paseando como profesora y
alumno, como amigos cuando mucho. Jamás imaginó que sería la Srta. Emily quien
daría ese paso.
—¿Y
ahora qué, Dylan? —inquirió. Puso una de sus suaves y delicadas manos sobre la
suya— ¿Quieres llevarme a un motel?
Dylan
se quedó pasmado, y aunque no podía mirarse estaba seguro que el rubor le teñía
las mejillas.
—Y-yo,
yo… n-no pensaba eso, señorita —balbució.
—Bien
sabes que sí —dijo la Srta. Emily. Parecía bastante cómoda—. A mí no me
engañas. Sé que me deseas y lo que más quieres en estos momentos es llevarme a
la cama —su voz era suave y melodiosa, como un susurro musical. Dylan estaba
seguro que nadie de las mesas vecinas escuchaba sus palabras.
—Yo
no pensaría de esa forma de usted —dijo a la defensiva. ¿Pero qué estaba
haciendo? Si era lo que más deseaba en el mundo—. Usted es mi maestra y yo… yo,
sólo su alumno —intentó apartar la mano débilmente, pero la Srta. Emily se la
detuvo, tiernamente.
—¿De
verdad? —Dylan no respondió—. Creí que te gustaba y que éstas atenciones eran
porque querías algo más conmigo. Discúlpame si estaba equivocada —parecía
contrita cuando le soltó la mano.
—¡La
amo! —ni siquiera supo si lo dijo conscientemente o por impulso de alguna
fuerza extraña.
La
Srta. Emily sonrió.
Momentos
más tarde Dylan, todo nervios, pero a rebosar de felicidad, conducía el
automóvil de su padre camino a un hotel a las afueras del pueblo. No podía
creerlo, él, un simple chico de tercer grado, estaba a punto de acostarse con
la mujer más hermosa de todo el orbe.
Llegados
al hotel, Dylan pagó al recepcionista, un hombro gordo y calvo, una suma más
que generosa por una o dos horas en una habitación decente. Seguro el señor
estaba acostumbrado a recibir parejas así porque sonrió, cómplice. Aunque
cuando vio a la Srta. Emily sus ojos se abrieron como platos. «Sí, es
hermosa —habría querido decirle Dylan—. Y me voy acostar con ella, cosa que vos
nunca conseguirás, al menos no en este mundo».
Camino
a la habitación, tomado de la mano de la Srta. Emily, Dylan sentía temor, temor
de hacerlo mal. Estaba nervioso. No era su primera vez, por supuesto, pero
nunca lo había hecho con una chica la mitad de hermosa que la su maestra
suplente. Esperaba no estar temblando todo el tiempo.
Pero
todo marchó a las mil maravillas. La Srta. Emily, sabiéndose mayor que él, fue
paciente y lo ayudó con su experiencia, con sus caricias, sus susurros y sus
besos. Dylan le besó los labios, la nariz, las mejillas, los ojos, el cuello,
sus duros y hermosos senos y hasta entre las piernas. Cuando la penetró, Dylan conoció
la gloria.
Vivía
la mejor experiencia de su vida, cuando, de pronto, todo perdió su magia.
Estaba
sobre la Srta. Emily. Sintió que pronto tendría un orgasmo y cerró los ojos.
Cuando los abrió no estaba sobre la Srta. Emily sino sobre un demonio, un
demonio que aún conservaba rasgos de la Srta. Emily. Era su mismo cuerpo, solo
que era rojizo y de piel escamosa como las serpientes. Sus ojos eran amarillos,
con una rayita negra como pupilas. Su boca se había ensanchando, lo que
recordaba la boca de un sapo. Dos pequeños cuernos, brillantes, sobresalían de
su cabeza y dos alas como de murciélago estaban plegadas a su espalda. Sus
manos estaban en la espalda de Dylan, pero las podía sentir rugosas y musgosas,
con enormes uñas que le acariciaban la piel. Dylan se apartó rápidamente,
soltando un gesto de horror.
—¿Qué
pasa, querido? —seguía siendo la voz de la Srta. Emily.
Dylan
estaba de pie, espaldas a la pared, sin saber qué hacer. El monstruo se levantó
de la cama y se acercó con parsimonia a él, con pasos gráciles y agitando una
cola con púas como si fuese un abanico.
—¿Ya
no me deseas?
Con
sus largos y gelatinosos dedos le acarició el rostro. Dylan temblaba
incontrolablemente. ¿Cómo lo más hermoso del mundo se había convertido en el
ser más horrible que jamás haya pisado la tierra?
—¿Q-quién
e-ere-es? —tartamudeó.
—Soy
yo, la mujer a la que amas —le susurró al oído. A continuación, su voz se
convirtió en grave y cavernosa—. ¿O es que ya no me amas? —era una pregunta,
pero Dylan no tenía la voz ni el deseo de contestar—. ¿O es que ya no me amas?
—rugió de nuevo la criatura clavándole una de sus garras en el pecho. Dylan
gritó y la sangre salió en finos hilillos—. Di que me amas y que siempre me
amarás o te mato aquí mismo —las garras de sus manos recorrían su cuerpo
desnudo y la púa de la cola se deslizaba suavemente por su garganta.
Como
Dylan no contestaba le asestó tan tremenda bofetada que lo hizo caer al suelo.
El restallido de la carne debió haberse oído a una manzana de allí, al igual
que su grito, pero nadie parecía haberlo escuchado, y si lo habían hecho debían
pensar que era parte de su rato de pasión, ya que nadie se asomó para preguntar
si todo andaba bien.
El
demonio se sentó a horcajadas sobre él y empezó a hacer pequeños pero dolorosos
rasguños en su pecho.
—Recuerdas
lo que dijiste, Dylan —su voz había vuelto a ser suave y melodiosa—: que me
amarías con tota tu alma durante el resto tu vida si te acostabas conmigo. Yo
ya cumplí mi parte ¿Y tú? ¿Me amarás con el alma por el resto de tu vida?
—¿Me
amarás? —preguntó otra vez la criatura.
—Sí
—sollozó—. Mi corazón te pertenece, ahora y siempre.
El
monstruo sonrió.
—Sé
que así es —dijo la criatura—. Recuerda esta noche de placer y mi belleza sin
par para que puedas seguir amándome —de pronto el monstruo se había convertido
de nuevo en la Srta. Emily, con su bello rostro, su escultural cuerpo y sus
hermosos pechos—, porque en el momento que dejes de amarme lo sabré y vendré
por ti —sentenció—. Ahora vete.
Dylan
salió pitando de allí, medio desnudo, pero lo único que importaba era alejarse
de aquel ser del infierno; al que sin embargo amaba, no al monstruo, pero sí a
la bella señorita. No había mentido.
El
lunes que fue al colegio, con toscas vendas en el pecho y un moretón en la
mejilla, allí donde lo había abofeteado el monstruo, descubrió con alegría que
la Sra. Celia había regresado. Todos los demás parecían tristes ante esa
noticia, menos Dylan.
Cuando
terminaba de impartir su clase, la Sra. Celia le entregó una nota a Dylan.
Recuerda
tu promesa, Dylan. Ámame siempre o volveré.
Creo
que un amigo vuestro dijo que estaba dispuesto a vender su alma al diablo a
cambio de mí, quizá lo vaya a ver uno de estos días. Si puedes, salúdalo de mi parte.
Emily
Dylan
miró a Bryan, que era quien había dicho aquella fatídica frase. Sintió lástima
por su amigo. Pero más lástima sentía por sí mismo: estaba enamorado de una
mujer que era un monstruo. ¡Qué cruel!
---FIN---
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