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¿Sientes mi aliento en la nuca? ¿Notas una sombra en
el límite de tu visión, perenne, pero cuando te vuelves no hay nada? Empiezas a
preguntarte si estás enloqueciendo. Tienes miedo. Lo sé. Lo huelo. Lo palpo. Lo
disfruto.
Y no, no estás enloqueciendo. Soy yo, aquel al que
hace un año atropellaste mientras conducías en estado de ebriedad. Luego te
marchaste indiferente.
Pero sabes, una vez al año se abre un portal para que los muertos visiten en espíritu a sus parientes. Y mi espíritu vino cargado de odio y venganza. Y no vine a visitar parientes. Vine por ti.
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Y ahí estaba, muerto por enésima vez. Mi cuerpo tan
destrozado como el viejo cacharro que tomé sin pedir permiso del que era mi
padre. Al principio siento miedo, luego observo todo con indiferencia, más
tarde una sonrisa aletea en mi etéreo rostro. En el fondo creo que era lo que
pretendía.
Cuando decidí usurpar el bebé nonato de aquella
pareja, lo hice para experimentar la pobreza. De lo que me arrepentí de
inmediato. En cambio, miraba cómo el vientre de mi joven y sexy vecina crecía
mes a mes. Me pregunto que se sentirá tener por madre a una mujer tan sexy.
Pronto lo sabré.
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Se veía muy hermosa. Las mejillas tersas y los labios
pálidos, su cabellera ondulada enmarcando un rostro de luna. Era su mejor amiga
y siempre la había amado. Sin embargo, nunca se lo dijo. ¿Quién sabe qué habría
pasado de habérselo dicho? Quizá, solo quizá, no habría realizado ese viaje con
su nuevo novio del que no volvieron.
Apretó el borde del féretro y sus lágrimas cayeron
sobre las mejillas de la joven. Parecía que era ella quien lloraba.
Volvieron sus cuerpos. Pero no sus almas.
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Lo que hizo que colapsara no fue que la policía
llamara a mi puerta para comunicarme que mi padre había muerto. No. Lo que me
desequilibró fue la fotografía que el oficial me mostró: en ella se veía
claramente que yo lo estaba ahorcando. Pero lo que me trastornó por completo
fue la incógnita acerca del origen de esa fotografía. En casa de mi padre no
había ninguna cámara, y cuando lo asesiné estábamos completamente solos.
Además, era noche cerrada, y la foto era tan clara que parecía de día.
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El hombre abrió el refrigerador y retrocedió un paso,
asustado por la visión de la cabeza de su esposa.
—Yo no fui —dijo.
Todos en su familia se miraron, culpables y
atemorizados. Nadie dijo una palabra hasta que el pequeño Timmy alzó su
flacucho brazo.
—Fuimos mi hermanita y yo —confesó—. Nosotros nos
comimos el brazo que quedaba de mamá.
Los adultos se miraron. En su mirada había miedo y resignación.
Había llegado el momento de echar suertes otra vez. Alguien tenía que
sacrificarse para que el resto de la familia continuara sobreviviendo.
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