viernes, 7 de julio de 2023

Microcuentos 111 - 115

 111

¿Sientes mi aliento en la nuca? ¿Notas una sombra en el límite de tu visión, perenne, pero cuando te vuelves no hay nada? Empiezas a preguntarte si estás enloqueciendo. Tienes miedo. Lo sé. Lo huelo. Lo palpo. Lo disfruto.

Y no, no estás enloqueciendo. Soy yo, aquel al que hace un año atropellaste mientras conducías en estado de ebriedad. Luego te marchaste indiferente.

Pero sabes, una vez al año se abre un portal para que los muertos visiten en espíritu a sus parientes. Y mi espíritu vino cargado de odio y venganza. Y no vine a visitar parientes. Vine por ti.

 

112

Y ahí estaba, muerto por enésima vez. Mi cuerpo tan destrozado como el viejo cacharro que tomé sin pedir permiso del que era mi padre. Al principio siento miedo, luego observo todo con indiferencia, más tarde una sonrisa aletea en mi etéreo rostro. En el fondo creo que era lo que pretendía.

Cuando decidí usurpar el bebé nonato de aquella pareja, lo hice para experimentar la pobreza. De lo que me arrepentí de inmediato. En cambio, miraba cómo el vientre de mi joven y sexy vecina crecía mes a mes. Me pregunto que se sentirá tener por madre a una mujer tan sexy. Pronto lo sabré.

 

113

Se veía muy hermosa. Las mejillas tersas y los labios pálidos, su cabellera ondulada enmarcando un rostro de luna. Era su mejor amiga y siempre la había amado. Sin embargo, nunca se lo dijo. ¿Quién sabe qué habría pasado de habérselo dicho? Quizá, solo quizá, no habría realizado ese viaje con su nuevo novio del que no volvieron.

Apretó el borde del féretro y sus lágrimas cayeron sobre las mejillas de la joven. Parecía que era ella quien lloraba.

Volvieron sus cuerpos. Pero no sus almas.

 

114

Lo que hizo que colapsara no fue que la policía llamara a mi puerta para comunicarme que mi padre había muerto. No. Lo que me desequilibró fue la fotografía que el oficial me mostró: en ella se veía claramente que yo lo estaba ahorcando. Pero lo que me trastornó por completo fue la incógnita acerca del origen de esa fotografía. En casa de mi padre no había ninguna cámara, y cuando lo asesiné estábamos completamente solos. Además, era noche cerrada, y la foto era tan clara que parecía de día.

 

115

El hombre abrió el refrigerador y retrocedió un paso, asustado por la visión de la cabeza de su esposa.

—Yo no fui —dijo.

Todos en su familia se miraron, culpables y atemorizados. Nadie dijo una palabra hasta que el pequeño Timmy alzó su flacucho brazo.

—Fuimos mi hermanita y yo —confesó—. Nosotros nos comimos el brazo que quedaba de mamá.

Los adultos se miraron. En su mirada había miedo y resignación. Había llegado el momento de echar suertes otra vez. Alguien tenía que sacrificarse para que el resto de la familia continuara sobreviviendo.

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