116
Llevaba horas sentado frente a la computadora, sin
embargo, tanto la hoja de Word como mi mente continuaban en blanco. No llegaba
ninguna buena idea para otra historia.
De pronto el aire rieló a mi espalda y percibí una
presencia oscura y maligna.
—Nada nuevo ¿eh? —susurró el demonio con su gélida voz—.
Ya sabes qué hacer.
—Lo sé —respondí.
Empecé a pensar en mis amistades. ¿A quién
sacrificaría para que las grandes ideas volvieran?
117
Me despedí de mis hijos con una sonrisa en los labios.
Solo empecé a llorar cuando el abogado y el oficial se los llevaron. Mañana iba
a morir. Estaba feliz y triste por ello.
Cuando mi abuelo murió dejando una cuantiosa fortuna y
ningún testamento, parientes de todo grado volaron como buitres a por un trozo
de carne. Se decidió repartir la fortuna para evitar largos procesos
judiciales. Pero yo encontré una mejor solución: los invité a cenar y todos
murieron envenados.
Moriré por ello, pero al menos, el futuro de mis hijos
está asegurado. Todo fue por ellos.
118
Papá murió de forma horrenda en los límites de la
finca. Le faltaba la mitad de la garganta y marcas de zarpas adornaban su
cuerpo. Una fiera, dijeron, un león seguramente. Fue la versión que se mantuvo.
Pero ahora sé la verdad.
Recién me desperté a causa de unos terribles aullidos.
Escuché ruidos y fuertes pisadas en el interior de la casa. Entreabrí la puerta
de mi habitación y vi al ser semi-humano que acabó con mi padre. Saber que los
licántropos existen fue toda una revelación. Sin embargo, lo que me dejó en
shock fue ver a la criatura vestida con restos del pijama de mi madre.
119
La señora Gonzáles solía sentarse todas las tardes
junto a la ventana a tomarse una taza de té. Y continuaba haciéndolo. Al menos
lo de sentarse. Hacía semanas que no la veía llevar a sus labios la consabida taza
de té.
Cierta tarde, movido por la curiosidad, me acerqué
para preguntarle el porqué del cambio en la rutina. Sin embargo, ella no me
contestó. Es más, ni siquiera parpadeó. Pensé que estaba perdiendo facultades,
así que insistí más fuerte.
Fue cuando apareció el señor Gonzáles gritando que me marchara.
Salí corriendo asustado. Y comprendí que si la señora Gonzáles no se movía era
porque estaba muerta.
120
Hasta ese día solo había visto buitres en NatGeo. Sin
embargo, esa tarde había uno en la valla de su casa. Intentó espantarlo con aspavientos,
no obstante, el ave se limitó a mirarlo. Y aquella mirada lo asustaba, si bien
no sabría decir porqué.
Dejó en paz al ave y entró a su casa. En el recibidor
lo esperaba aquel hombre al que un día estafó. Vio una chispa y escuchó un
silbido. Lo siguiente que supo fue que se encontraba en el piso. Sangraba y una
sombra se acercó. El buitre lo miró con sus ojillos ambarinos. Y comprendió
porqué aquella mirada lo asustaba. ¡El pajarraco lo veía como a su presa!
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