viernes, 21 de julio de 2023

Microcuentos 116 - 120

 116

Llevaba horas sentado frente a la computadora, sin embargo, tanto la hoja de Word como mi mente continuaban en blanco. No llegaba ninguna buena idea para otra historia.

De pronto el aire rieló a mi espalda y percibí una presencia oscura y maligna.

—Nada nuevo ¿eh? —susurró el demonio con su gélida voz—. Ya sabes qué hacer.

—Lo sé —respondí.

Empecé a pensar en mis amistades. ¿A quién sacrificaría para que las grandes ideas volvieran?

 

117

Me despedí de mis hijos con una sonrisa en los labios. Solo empecé a llorar cuando el abogado y el oficial se los llevaron. Mañana iba a morir. Estaba feliz y triste por ello.

Cuando mi abuelo murió dejando una cuantiosa fortuna y ningún testamento, parientes de todo grado volaron como buitres a por un trozo de carne. Se decidió repartir la fortuna para evitar largos procesos judiciales. Pero yo encontré una mejor solución: los invité a cenar y todos murieron envenados.

Moriré por ello, pero al menos, el futuro de mis hijos está asegurado. Todo fue por ellos.

 

118

Papá murió de forma horrenda en los límites de la finca. Le faltaba la mitad de la garganta y marcas de zarpas adornaban su cuerpo. Una fiera, dijeron, un león seguramente. Fue la versión que se mantuvo. Pero ahora sé la verdad.

Recién me desperté a causa de unos terribles aullidos. Escuché ruidos y fuertes pisadas en el interior de la casa. Entreabrí la puerta de mi habitación y vi al ser semi-humano que acabó con mi padre. Saber que los licántropos existen fue toda una revelación. Sin embargo, lo que me dejó en shock fue ver a la criatura vestida con restos del pijama de mi madre.    

 

119

La señora Gonzáles solía sentarse todas las tardes junto a la ventana a tomarse una taza de té. Y continuaba haciéndolo. Al menos lo de sentarse. Hacía semanas que no la veía llevar a sus labios la consabida taza de té.

Cierta tarde, movido por la curiosidad, me acerqué para preguntarle el porqué del cambio en la rutina. Sin embargo, ella no me contestó. Es más, ni siquiera parpadeó. Pensé que estaba perdiendo facultades, así que insistí más fuerte.

Fue cuando apareció el señor Gonzáles gritando que me marchara. Salí corriendo asustado. Y comprendí que si la señora Gonzáles no se movía era porque estaba muerta.

 

120

Hasta ese día solo había visto buitres en NatGeo. Sin embargo, esa tarde había uno en la valla de su casa. Intentó espantarlo con aspavientos, no obstante, el ave se limitó a mirarlo. Y aquella mirada lo asustaba, si bien no sabría decir porqué.

Dejó en paz al ave y entró a su casa. En el recibidor lo esperaba aquel hombre al que un día estafó. Vio una chispa y escuchó un silbido. Lo siguiente que supo fue que se encontraba en el piso. Sangraba y una sombra se acercó. El buitre lo miró con sus ojillos ambarinos. Y comprendió porqué aquella mirada lo asustaba. ¡El pajarraco lo veía como a su presa!

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