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Mamá llevaba en cama medio año. El diagnóstico médico
era que no tardaría en morir. En casa, la familia pasaba jornadas enteras en
ayuno y noches en oración. Yo era el único que no participaba. Me sentaba en el
columpio del patio y la vecina me increpaba por mi ateísmo y falta de fe, como
si ella tuviera vela en aquel entierro.
Al no funcionar las oraciones me fui al bosque y llamé
con fe a aquel en quien creía. Hicimos un trato. Mamá empezó a mejorar
esa misma noche. Solo espero que no relacionen su mejoría con la muerte de mi
molesta vecina.
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Yo fui el primero que escuchó aquella risa, infantil,
juguetona y burlesca. Me secundó el capitán, y al cabo de un rato, toda la
tripulación la percibía con claridad. Todos nos miramos, consternados y
atemorizados.
La risa en sí no tenía nada de sobrenatural. Era la
risa típica de un niño divirtiéndose a costa de alguien. Pero, en la
tripulación no había ningún infante, y estábamos a mitad del mar, a trescientos
metros de profundidad.
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Al final, nunca supo qué era aquella criatura. Hacía
noches que rondaba la casa. Se decidió a enfrentarla al notar el miedo que
causaba en su esposa e hija. Al mirarla, solo vio una sombra informe agazapada
en el jardín. El hombre sintió temor, así que descargó el revólver. No falló un
solo tiro. Sin embargo, la criatura simplemente se esfumó. Entonces escuchó un
grito provenir del interior de la casa. Al entrar, encontró a su mujer e hija
muertas.
Lo condenaron a muerte seis meses después. Las balas
habían salido de su pistola.
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—¡Hazlo! —ordenó la voz en un susurro.
La mujer miró la navaja, que se agitaba por el temblor
de su mano. Tragó saliva.
—No puedo —repuso—. ¡No puedo!
Lloraba. Las lágrimas anegaban sus ojos. Pero la voz
insistió.
—¡Hazlo! Un corte limpio y todo habrá terminado. Sabes
que es lo mejor.
Era cierto. La infección había consumido las piernas
de su esposo y se extendía por los intestinos en aquellos instantes. Los gritos
de dolor sobrecogían el alma.
Al final, se armó de valor y asintió. Su esposo
agradeció su determinación con una sonrisa.
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—¡Hijo mío! —susurró la mujer con emoción.
—¡Mami! Lo siento mucho. No era mi intención
defraudarte.
—No has defraudado a nadie.
—Te prometí que comería mis vegetales, que obedecería
a papá, que estudiaría mucho, que seguiría mi sueño…
—No sigas. No es tu culpa.
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