lunes, 9 de octubre de 2023

Microcuentos 131-135

 131

Mamá llevaba en cama medio año. El diagnóstico médico era que no tardaría en morir. En casa, la familia pasaba jornadas enteras en ayuno y noches en oración. Yo era el único que no participaba. Me sentaba en el columpio del patio y la vecina me increpaba por mi ateísmo y falta de fe, como si ella tuviera vela en aquel entierro.

Al no funcionar las oraciones me fui al bosque y llamé con fe a aquel en quien creía. Hicimos un trato. Mamá empezó a mejorar esa misma noche. Solo espero que no relacionen su mejoría con la muerte de mi molesta vecina.

 

132

Yo fui el primero que escuchó aquella risa, infantil, juguetona y burlesca. Me secundó el capitán, y al cabo de un rato, toda la tripulación la percibía con claridad. Todos nos miramos, consternados y atemorizados. 

La risa en sí no tenía nada de sobrenatural. Era la risa típica de un niño divirtiéndose a costa de alguien. Pero, en la tripulación no había ningún infante, y estábamos a mitad del mar, a trescientos metros de profundidad.

 

133

Al final, nunca supo qué era aquella criatura. Hacía noches que rondaba la casa. Se decidió a enfrentarla al notar el miedo que causaba en su esposa e hija. Al mirarla, solo vio una sombra informe agazapada en el jardín. El hombre sintió temor, así que descargó el revólver. No falló un solo tiro. Sin embargo, la criatura simplemente se esfumó. Entonces escuchó un grito provenir del interior de la casa. Al entrar, encontró a su mujer e hija muertas.

Lo condenaron a muerte seis meses después. Las balas habían salido de su pistola.

 

134

—¡Hazlo! —ordenó la voz en un susurro.

La mujer miró la navaja, que se agitaba por el temblor de su mano. Tragó saliva.

—No puedo —repuso—. ¡No puedo!

Lloraba. Las lágrimas anegaban sus ojos. Pero la voz insistió.

—¡Hazlo! Un corte limpio y todo habrá terminado. Sabes que es lo mejor.

Era cierto. La infección había consumido las piernas de su esposo y se extendía por los intestinos en aquellos instantes. Los gritos de dolor sobrecogían el alma.

Al final, se armó de valor y asintió. Su esposo agradeció su determinación con una sonrisa.

 

135

—¡Hijo mío! —susurró la mujer con emoción.

—¡Mami! Lo siento mucho. No era mi intención defraudarte.

—No has defraudado a nadie.

—Te prometí que comería mis vegetales, que obedecería a papá, que estudiaría mucho, que seguiría mi sueño…

—No sigas. No es tu culpa.

Madre e hijo se fundieron en un abrazo cargado de lágrimas y sentimiento. Que estuviera allí con ella se explicaba de una sola manera: su hijo también había muerto. 

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