De repente cayó esa cosa que parecía una fruta, no con
fuerza, sino débil, como si alguien la hubiera lanzado, pero por lo que me
percaté, nadie la lanzó, pues cayó directamente del cielo. Parecía una fresa,
creo que era una fresa, con el cuerpo punteado y varias hojas verdes en el
tronco. Sólo que era cien veces más grande que una fresa común, mil veces.
Debía medir medio metro de largo y treinta centímetros de grosor máximo.
Mi hermano y el perro se sorprendieron, el uno con los ojos abiertos y el otro empezando a gruñir y mostrando los dientes. ¿Qué demonios era esa cosa? ¿Dónde se ha visto una fresa de ese tamaño? Sus hojas verdes se agitaron y juraría que algunas de las semillas pegadas a su corteza exterior giraron sobre su eje. «¡Mierda!», pensé. Esa cosa no era algo normal, puede que ni siquiera de este mundo.
Mi hermano, superado el temor inicial, empezó a
acercarse, impresionado por el tamaño de la enorme fruta. Goby dejó de gruñir y empezó a ladrar, alertando del peligro. Las
hojas de la fruta volvieron a moverse, giraron como un tornillo saliendo de su
base, y algunas de las semillas hicieron lo mismo.
Grité para alertar al pequeño, que caminaba embelesado
hacia la fruta. Fue como gritarle a una piedra. Las hojas siguieron girando,
hasta separarse de la base y coronaron una cabeza de insecto de filosas tenazas
como boca. Del resto de la fruta surgieron cuatro pares de patas, o tenazas,
pues se notaba que eran filosas como cuchillos de carnicero.
Mi hermanito se dio cuenta de lo que ocurría demasiado
tarde. La fruta, convertida en un insecto de filosas extremidades, se abalanzó
sobre él, lo cogió con las extremidades superiores y lo acribilló con las
inferiores. La sangre juvenil regó el césped y cubrió las plateadas navajas de
la fruta-insecto.
Goby, valiente, atacó a la criatura. Cayó sobre su
espalda, clavó garras y dientes y empezó a desgarrar la blanda carne. Por un
momento pareció que el can iba a ganar, hasta que la fruta-insecto giró la
cabeza, escondió las tenazas por un lado y las sacó por el otro, ensartando el
cuerpo del perro, que gritó de dolor.
Yo miré todo, mudo de espanto. Pero más me aterré
cuando vi que del cielo empezaron a caer más frutas, iguales a la primera.
Cayeron en toda la ciudad, puede que en todo el mundo. Cinco minutos después,
la ciudad era una cacofonía de gritos de espanto y dolor. Yo estoy encerrado en
la habitación, escuchando como la extraña y mortal criatura sube por las
escaleras.
---FIN---
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