Por eso cuando
Elizabeth, la chica más hermosa de la clase, mostró interés amoroso en Nicolás,
medio mundo se llevó una gran sorpresa. Elizabeth era alta, esbelta, de cabello
castaño rojizo, un rostro que opacaba la luna llena y una sonrisa más brillante
y seductora que un diamante. Y él; bueno, ya les conté lo que era él.
La efímera relación duró apenas quince días. ¿Lo pueden creer? ¿Quince días solamente? Yo me tomo más tiempo entre un baño y otro, no, es broma.
Volviendo al tema. Durante
quince días formaron una de las parejas más atípicas que se hayan visto en
aquel pueblito. Ella era alta, él, chaparro; ella era una beldad, él, bueno,
diré que era feo; ella sonreía todo el tiempo y a todo el mundo, él, ni a sus
padres; ella era popular, él, puede que ni toda su familia lo conociera… Bueno,
bueno, creo que ya estoy divagando.
El punto es que una
pareja tan peculiar tendía a fuerza a llamar la atención y a levantar
suspicacias. Muchos bromeaban al respecto, en especial los más jóvenes, sobre
las artimañas a las que aquel nerd habría de haber recurrido para conquistar
semejante muchacha.
Muchos se pasaban, de
veras, aunque considero que por envidia. «Debió fumarle el puro», decía
uno. «Ha de haber acudido con un brujo —opinaba otro. Luego, con picardía
agregaba—: hay que preguntarle con quién fue». «Quizá a heredado una gran
fortuna de algún pariente lejano», agregaba otro. «Yo creo que la ha
amenazado a muerte —decía otro—. Y la pobre ¡qué tanto aprecia su vida».
Lo cierto es que Nicolás
y Elizabeth fueron novios por quince días. Días que fueron los más felices en
la vida de Nicolás. Secretamente amaba a Elizabeth desde hacía años. Por eso,
cuando la chica empezó a sonreírle, a levantarle una ceja, a mostrarle
conscientemente la parte superior de sus bellas y torneadas piernas, Nicolás la
amó aún más, si es que eso era posible.
Envalentonado, por
las claras incitaciones de la chica, Nicolás se atrevió a abordarla. Me
limitaré a decir que la entrevista fue para morirse de risa, o de pena.
Nicolás, deslumbrado por la celestial belleza de Elizabeth, tartamudeó como el
que más. Pero, ¡Ey, sorpresa!, Elizabeth ni se rio ni le dijo nada grosero,
todo lo contrario, se mostró en extremo amable, incluso llegó a
decirle «ternurita», «qué lindo», «tienes unos bonitos ojos».
Dos días después de
aquella conversación, llegaron de la mano a la escuela y declararon que eran
novios.
A pesar de ser los
quince días más felices de su vida, para Nicolás también fueron los de más
arduo trabajo. De pronto, sin saber cómo, se encontró realizando dos tareas en
lugar de una. Pero lo hizo con entusiasmo, ayudar a su novia a obtener buenas
notas lo henchía de orgullo.
Incluso, viendo que
en aquella hermosa cabecita no se quedaba nada, se las ingenió para inventar un
complicado sistema para que su novia hiciera trampa en los exámenes. No estaba
de acuerdo con esto último, pero cuando estás enamorado, simplemente es
imposible decirle que no a la causante de ese afecto.
Transcurridos quince
días, terminó la magia. Elizabeth, simple y llanamente, le dijo que ya no
quería ser su novia y lo botó.
Asunto aclarado para
todo el pueblo: no había magia, brujería, ni hechizos, ni amenazas de muerte.
La joven sencillamente, por una vez en su vida, quería sacar buenas calificaciones.
¿Y Nicolás? ¡Pobre!
¡Si lo hubieran visto en los días que siguieron al final de su relación!
¡Solamente quería
obtener notas sobresalientes! Lo había tratado peor que a una basura. ¡Con
razón nunca le había dado un beso! Por eso nunca dejó que no pasara más allá de
tomarle la mano. No lo quería ¡Solamente lo utilizaba!
¿Alguno de vosotros
ha sido tratado así? ¿Os imagináis lo que sufrió el pobre Nicolás? Yo sí. Yo sí
sé lo que es sentirse burlado, usado, destrozado, humillado y un millón de
apelativos más a los que podría recurrir. Por eso siento pena por Nicolás y lo
compadezco.
Hay un dicho popular
que reza que todo lo que se hace aquí en la tierra, se paga. Algunas veces creo
que es cierto.
El rompimiento de la
relación (y del corazón de Nicolás) tuvo lugar pocos días antes de febrero
catorce, el aclamado día del amor. Nicolás había creído que tendría el mejor
día de San Valentín de su vida, pero todo indicaba que sería completamente lo
contrario. Lloró, por supuesto que lloró, su almohada es testigo de ello. Sus
días brillosos se convirtieron en tinieblas, su sonrisa se convirtió en un
rictus de dolor, y la vivacidad de sus ojos cedió paso al rencor y a la
melancolía.
Nadie en la escuela
se atrevía a hablarle, ni para molestarle o consolarle. Sus padres fueron los
únicos con el temple necesario para acercarse e intentar consolarlo, pero no
recibieron más que hoscas miradas y gestos iracundos. Durante días nadie lo oyó
hablar, incluso hubo quien pensó que había perdido el don del habla a causa del
dolor.
Hasta que llegó
febrero catorce.
Fue un día de San
Valentín como cualquier otro, el dolor y la rabia del chico nerd parecía tener
sin cuidado a sus compañeros de salón. Ese día hubo música romántica, juegos,
chistes, bailes, pastel, besos y regalos; sobre todo besos y regalos.
Solo Nicolás se
mantuvo apartado de la algarabía general, con lágrimas en los ojos, bilis en la
boca, un nudo en la garganta y un agujero en el corazón. Elizabeth por su
parte, parecía ajena al sufrimiento de aquel flacucho muchachito y se divirtió,
rio, participó de los bailes, juegos, chistes y besos como la que más.
Después de los
regalos vinieron los poemas. ¡Oh poemas! ¡Frases que expresáis los más sublimes
sentimientos del hombre! ¡Emociones hechas palabras! ¡Palabras hechas arte!
Después del bullicio
original, el salón se convirtió de pronto en un sepulcro. Era posible escuchar
el aleteo de una mosca, pues todos estaban muy interesados en escuchar a sus
compañeros y en controlar sus nervios para cuando les llegara su turno. Uno a
uno fueron pasando los alumnos. Hasta que llegó el turno de Nicolás.
Muchos creyeron que
el chico se echaría a llorar. Otros, que simplemente se quedaría sentado en su
silla, sin moverse ni decir nada. Hubo quien, compadeciendo al pobre Nicolás, deseó
que no se moviera de su asiento porque temía que el chico no pudiera hablar a
causa del nudo en su garganta. Incluso no faltó quien pensara que por fin
sabría si el chico había o no perdido el habla.
Pero Nicolás se puso
de pie, avanzó hacia el frente con paso tranquilo, y con calma sosegada habló:
—Este poema lo
escribí anoche —dijo. Todos se interesaron, puesto que nadie de los presentes
se había molestado en escribir uno, todos lo habían copiado de la red—, bajo la
luz de la luna y la llama de una vela. Lo he llamado: La Condena de Elizabeth.
Todos los alumnos,
incluida la profesora, abrieron los ojos como platos. Una brisa helada agitó
las cortinas antes de que Nicolás, con gran elocuencia, dolor y odio a partes
iguales, empezara a recitar:
Elizabeth, musa de
ojos azules,
Que a los hombres
enloqueces,
Cuyos sentidos
embeleses,
A ti esta rima.
A mí, que el corazón
has destrozado,
Evoco los fantasmas
de mi pasado,
Entre ellos al
demonio más avezado,
elijo para que vengue
mi corazón destrozado.
El aire frío y
antinatural que de pronto llenaba el salón de clases, provocó sendos
escalofríos en todos los presentes. Aquellas rimas tenían algo oscuro, algo
maligno, lo presentían. Sin embargo, no podían dejar de oír a Nicolás.
Mi al alma no
debisteis burlar,
Mi amor fue puro,
sincero y digno de elogiar
Mas tú, lo
utilizasteis para jugar
Con sangre, dolor y
llanto deberás pagar.
En este febrero
catorce
Desato mis demonios
para que te azoten
Ni tú más lastimero
llanto hará que mi venganza ceje.
Te quiero, te amo y
por eso procedo
A desatar en este
febrero catorce
La venganza de un
corazón destrozado.
Elizabeth, musa de
ojos azules,
La última frase de
Nicolás fue pronunciada con lágrimas en los ojos:
Nos vemos en el
hades.
La clase estaba
estupefacta. Nadie dijo nada. ¿Cómo podía ser un poema aquello?
Unos chicos empezaron
a reírse nerviosamente, luego otros y otros… Pero antes de que aquello se
convirtiera en una algarabía general, la puerta se cerró de un portazo y un
aire más gélido que el punto de congelación barrió el salón.
Lo sombra oscura y
encapuchada que atravesó la puerta ya cerrada provocó el pánico general. Éste
se intensificó más cuando el visitante sacó dos extraños cuchillos y flotó
hasta Elizabeth. La chica lloró, aulló, suplicó… pero nada ni nadie pudo evitar
la sangrienta muerte que aquel ente provocó a la hermosa jovencita.
La profesora y los
alumnos miraron todo, arrebujados contra la pared, con los rostros demudados
por el terror. Sólo Nicolás se mantuvo quieto, con lágrimas en los ojos, pero
impasible en cierto modo.
—Ya cumplí mi parte
—dijo la figura encapuchada. Su voz era seseante—. Ahora mi paga.
Nicolás
asintió. Un segundo después, el cuerpo del chico cayó al piso, inerte.
---FIN---
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Que buen cuento :D
ResponderEliminarMuchas gracias
EliminarComo te explico que eres increíble a pesar de ya haber leído este cuento un par de veces siempre eres tan envolvente ❤️
ResponderEliminarOh, gracias. Pronto habrán cuentos nuevos. Estad pendientes.
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