Esa noche lo habían disfrazado de diablo, o “mi
diablillo”, como dijo su madre. La cola era de esponja, al igual que la púa y
los cuernos, pero si no los tocabas, a la distancia parecían reales. Le
alargaron los ojos con maquillaje para parecer más aterrador y le pusieron
dientes de vampiro, porque su madre dijo que la mordida del diablo era más
letal. El resto de la indumentaria también era roja, excepto la capa, que era
carmesí, para variar, pero no mucho.
A las siete lo fueron a dejar con Freddy, su amigo y
vecino de ocho años. Él se había disfrazado de vampiro, de Drácula, no de ese
que brilla con el sol; ese era para las niñitas tontas.
―A las ocho y media ―dijo
la madre de Freddy, y la madre de Harry asintió―. Ni un minuto más tarde.
Los chicos prometieron respetar el horario, luego se fueron a la casa de la esquina, balanceando los cestos con forma de calabaza aterradora. En esa casa les dieron unos pocos dulces a cada uno y en la siguiente, no salieron a abrir, pero en la que seguía los recompensaron con creces.
La calle del vecindario era amplia, iluminada a ambos
lados por farolas esféricas de luz amarillenta. Estaba atestada de niños
recorriendo las calles, tocando las puertas de todos los vecinos; todos
utilizando variopintos disfraces, aterradores algunos (o que al menos esa fue
la idea al ponérselos) y cómicos el resto; aunque no faltó uno que otro
lastimero.
En algunas casas los jóvenes ultimaban los detalles
para sus fiestas de más noche, en éstas, los puños de dulces eran más grandes
que en otros lados. Ante la perspectiva de la inminente fiesta, rebosaban
prodigalidad. Más tarde, mientras intentara dormirse, Harry escucharía el
bullicio de tales fiestas, pero su madre le diría que aún era muy chico para
asistir.
Así transcurrió una hora de la escasa hora y media que
les concedieron de libertad. Se habían alejado varias calles de casa; muchas, a
decir verdad. Pensaban en regresar cuando la procesión pasó frente a ellos, en
una calle de los límites del vecindario.
No era una procesión cualquiera. Se trataba de decenas
de niños ataviados con batas blancas como la nieve, ceñidas a la cintura con
una banda dorada. Las sandalias de correas atadas hasta los tobillos también
eran doradas, así como los cuernos, que, por más que Harry aguzó la vista,
juraría que emergían directamente del cuero cabelludo. Sus manos eran pálidas,
y las garras doradas, y sostenían hacia el frente cuencos repletos de dulces.
Sus rostros estaban ocultos en máscaras doradas, sin ningún orificio para los
ojos. Fue este último detalle que asustó a Harry.
―¡Mira, Harry, dulces! ―exclamó Freddy.
Harry quiso detenerlo, advertirle que esos niños le
daban miedo, pero Freddy ya se había adelantado y avanzaba recogiendo los
caramelos que caían de los cuencos de los niños. Corrió en pos del niño, que
seguía la estela de los otros niños. Harry lo alcanzó, e iba a prevenirlo, pero
vio a sus pies un caramelo alargado y grueso, como una salchicha. Su amor por
los dulces pudo más que la prudencia.
A ninguno de los enmascarados pareció importarle que
ellos recogieran los dulces que se caían de sus recipientes. Los dulces que
caían eran tantos que se limitaban a recoger los más grandes. Tres manzanas más
adelante se les unió otro niño, este disfrazado de calavera. Poco después se
sumó una chica con sombrero picudo, que supuestamente era una bruja.
Pronto fueron ocho los niños que pisaban los talones a
la extraña procesión, llenando sus cestos con los dulces que de los cuencos
caían. Todos marchaban con la vista baja, sin mirar a sus compañeros,
preocupados únicamente por limpiar de dulces el surco que les correspondía.
Harry fue el único que, pasada la emoción inicial por
los dulces, de vez en cuando alzaba la vista. Notó detalles que poco a poco lo
despabilaron, rompiendo el hechizo que ataba a los demás. Notó que los niños
nunca volvían la vista, nunca se miraban entre sí, nunca hablaban. Sólo
caminaban, aparentemente ajenos al mundo que los rodeaba. Lo más raro de todo
era que los dulces caían por lo lleno de los cuencos; cuencos que nunca se
vaciaban.
Fue entonces que vio el lugar al que se dirigían: al
camposanto. Estaban muy cerca de sus grandes puertas abiertas, los primeros
niños empezaban a cruzar el vano. El miedo le atenazó las entrañas como la
mordida de una serpiente. Harry, se detuvo; el resto continuó entrando, ajenos
al entorno.
―¡No, no entren! ―gritó
Harry.
No sabía qué pasaría si entraban a ese lugar de
muertos, pero estaba seguro que no era nada bueno. Nadie hizo caso de su
advertencia. Aunque los cuencos en los que recibían dulces ya estaban a
rebosar, los niños seguían recogiendo, a pesar de que las nuevas adquisiciones
volvían a caer al suelo.
―¡No entren! ―volvió
a gritar―. ¡Freddy! ¡No ven dónde están entrando!
Nadie pareció oírlo. Poco a poco cruzaron el vano de
los portones del cementerio, y cuando el último niño entró, se cerró de golpe,
produciendo un largo y lastimero sonido metálico. Después empezaron los gritos,
gritos de miedo y dolor. Los dulces, tanto del cuenco de Harry como los del
suelo, se convirtieron en gusanos gordos y asquerosos. El niño tiró el cesto y
se echó a correr.
*****
La versión oficial informó que una banda de
traficantes raptó a siete niños esa nefasta noche de Halloween. Sólo Harry, que
nunca dijo nada a nadie, sabía la verdad. Una verdad demasiado aterradora para
ser contada.
---FIN---
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