viernes, 10 de noviembre de 2023

Microcuentos 141-145

 141

Eran muchos los niños que habían desaparecido el último año. Así que, cuando desapareció mi hermanito, yo estaba preparado. Le había regalado una pulsera que llevaba un chip oculto. Fue fácil seguir el rastro hasta una cueva en las montañas.

Rescataría a mi hermanito y por fin sabríamos qué era de los niños desaparecidos.

Imaginen mi horror al entrar a la cueva en cuestión y descubrir a mi hermanito sentado sobre un montón de huesos, royendo los restos del último niño desaparecido.

 

142

Quedé huérfano siendo un niño. Un día salí de casa y, al volver, mis padres no estaban. Se habían marchado. Eso fue lo que concluyó la investigación. Y yo asumí que se habían ido por mi culpa. Nunca fui un buen hijo y a menudo les oía decir que se habían equivocado al tenerme.

Siendo adulto volví al hogar de mi niñez. Entre otras cosas, me puse a escarbar el antiguo pozo, que en mi ausencia se había secado.

Fue cuando supe que no se habían marchado. Estaban ahí, en el único lugar donde no habíamos buscado.

 

143

Su esposo volvió a las tres de la mañana. Iba borracho a juzgar por su tambaleo. Se detuvo un instante en la calle, indeciso, y empezó a caminar hacia la casa del otro lado.  

La mujer gritó, intentando advertirle que se había equivocado, que se dirigía a aquella casa maldita que una vez al año aparecía enfrente de la suya. Pero su esposo, poseído quizá por el espíritu de la casa, no la escuchó.

Fue la última vez que vio a su esposo.

Curiosamente, tampoco la casa volvió a aparecer.

 

144

El día que le pedí matrimonio, decidió sincerarse. Me amaba, y quería que supiera quien era: yo decidía si la aceptaba o huía. Me llevó al subsuelo y me mostró su colección de cabelleras. Diferían en tamaño y color, pero todas conservaban el cuero cabelludo.

Recordé las noticias de los crímenes ocurridos en el país en los que se informaba que a diversas victimas les habían arrancado la cabellera.

Fue toda una sorpresa.

En fin, en treinta días me caso. Ahora mismo ando de viaje, en busca de un regalo de bodas: la cabellera pelirroja que a mi amada le falta en su colección.

 

145

El acto era sencillo. Llegó hasta donde su hermanito dormía la siesta y clavó el cuchillo en su pecho. La sangre empezó a manar y, su hermanito, a convulsionar.

No le preocupó. Extendió la manta y lo cubrió; recitó las palabras cabalísticas y procedió a retirar la manta con gesto teatral.

La sangre seguía manando; sin embargo, el pequeño se había quedado inmóvil. Fue cuando llegó la madre y empezó a gritar.

—No sé… no sé qué falló —farfulló el aprendiz de mago—. En la tele el niño se levantaba sonriendo.


---FIN---  

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