141
Eran muchos los niños que habían desaparecido el
último año. Así que, cuando desapareció mi hermanito, yo estaba preparado. Le
había regalado una pulsera que llevaba un chip oculto. Fue fácil seguir el
rastro hasta una cueva en las montañas.
Rescataría a mi hermanito y por fin sabríamos qué era
de los niños desaparecidos.
Imaginen mi horror al entrar a la cueva en cuestión y descubrir a mi hermanito sentado sobre un montón de huesos, royendo los restos del último niño desaparecido.
142
Quedé huérfano siendo un niño. Un día salí de casa y,
al volver, mis padres no estaban. Se habían marchado. Eso fue lo que concluyó
la investigación. Y yo asumí que se habían ido por mi culpa. Nunca fui un buen
hijo y a menudo les oía decir que se habían equivocado al tenerme.
Siendo adulto volví al hogar de mi niñez. Entre otras
cosas, me puse a escarbar el antiguo pozo, que en mi ausencia se había secado.
Fue cuando supe que no se habían marchado. Estaban
ahí, en el único lugar donde no habíamos buscado.
143
Su esposo volvió a las tres de la mañana. Iba borracho
a juzgar por su tambaleo. Se detuvo un instante en la calle, indeciso, y empezó
a caminar hacia la casa del otro lado.
La mujer gritó, intentando advertirle que se había
equivocado, que se dirigía a aquella casa maldita que una vez al año aparecía
enfrente de la suya. Pero su esposo, poseído quizá por el espíritu de la casa,
no la escuchó.
Fue la última vez que vio a su esposo.
Curiosamente, tampoco la casa volvió a aparecer.
144
El día que le pedí matrimonio, decidió sincerarse. Me
amaba, y quería que supiera quien era: yo decidía si la aceptaba o huía. Me
llevó al subsuelo y me mostró su colección de cabelleras. Diferían en tamaño y
color, pero todas conservaban el cuero cabelludo.
Recordé las noticias de los crímenes ocurridos en el
país en los que se informaba que a diversas victimas les habían arrancado la
cabellera.
Fue toda una sorpresa.
En fin, en treinta días me caso. Ahora mismo ando de
viaje, en busca de un regalo de bodas: la cabellera pelirroja que a mi amada le
falta en su colección.
145
El acto era sencillo. Llegó hasta donde su hermanito
dormía la siesta y clavó el cuchillo en su pecho. La sangre empezó a manar y,
su hermanito, a convulsionar.
No le preocupó. Extendió la manta y lo cubrió; recitó
las palabras cabalísticas y procedió a retirar la manta con gesto teatral.
La sangre seguía manando; sin embargo, el pequeño se
había quedado inmóvil. Fue cuando llegó la madre y empezó a gritar.
—No sé… no sé qué falló —farfulló el aprendiz de mago—. En la tele el niño se levantaba sonriendo.
---FIN---
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