Es cierto que era posible
que al igual que el resto del mundo yo volviera a la vida, pero era algo que no
estaba dispuesto a comprobar voluntariamente. De manera que tenía que mantener
mis sentidos aguzados, mis nervios calmos y mi mente serena.
Mi preocupación inmediata
eran mis dos hijos, Harry y Danie. Por Marlene poco o nada podía hacer.
Atrapada en un círculo como en el que estaba, no veía cómo ayudarla. Así que me
concentré en mis dos hijos de los cuales aún no sabía nada. Aún era probable
que ellos estuvieran bien. Si así era aún podía ponerlos a salvo. Los metería
al coche y los llevaría lejos del endemoniado pueblo.
Del campo de fútbol a la casa de Brenda, la hermana de mi mujer, donde debían estar los niños, había alrededor de un kilómetro de distancia. Un kilómetro de recorrido igual de demencial que el que había realizado de casa al campo, cuando no más. Los horrores y sucesos extraordinarios ocurrían allí donde posara la vista.
Vi a un conductor estrellar
un coche contra la pared de una casa, después se bajó y buscó otro coche para
repetir la maniobra. Me llamaba poderosamente la atención que la gente
reviviera y las heridas sanaran y que sin embargo lo material sí sufriera
cambios permanentes. Coches estrellados, muros caídos, verjas rotas, techos y
paredes derrumbadas, todo permanecía igual y mucha de aquella gente no parecía
darse cuenta. Pero había muchos que sí, aquellos que como yo no habían sufrido
ningún tipo de trastorno, al menos no del tipo psicópata y suicida como el de
la mayoría.
Me llevó mucho más tiempo del
imaginado llegar a casa de mi cuñada. Un auto por aquí, por allá un camión,
escombros por este lado, jaurías de perros rabiosos por este otro, hicieron que
me detuviera y buscara calles alternas para llegar a mi destino. Grupos de
personas de aspectos demoníacos, con garrotes, machetes, patas de muebles o
cualquier cosa que sirviera para hacer daño, intentaron atacarme en tres
ocasiones.
La primera vez me les
escurrí por una calle lateral. La segunda caminé en reversa una manzana hasta
doblar en una esquina. Mientras la tercera vez tuve que acelerar a fondo para
abrirme paso a través de ellos. Golpeaban ferozmente el coche aun cuando tenían
las ruedas encima. Escapé de ellos por un pelo, con los vidrios rotos y
abolladuras por doquier.
Poco antes de llegar a casa
de mi cuñada, topé con un grupo de policías. Salieron de improvisto de un
pequeño callejón y apuntaron sus armas directamente a mi cabeza. Halaron de los
gatillos sin dar tregua. Creí que era el fin. Pero no hubo sonido de ningún
tipo. Supongo que ya habían utilizado las municiones contra otras personas.
La casa de mi cuñada
parecía intacta a primera vista, como si estuviera fuera de la locura general.
Frente a los muros de la parte delantera, un anciano con un bastón, supuse que
era ciego por la torpeza de sus movimientos, caminaba dando tumbos en la calle.
Las ropas raídas y manchadas de sangre lo identificaban como alguien que ya
había sido víctima de muchos ataques. En cuanto oyó el sonido del coche empezó
a correr en la dirección contraria a la mía. No tardó en tropezar y rodar por
el suelo. No sé de dónde salió, pero al instante siguiente, una señora de
mediana edad lo descuartizaba con un cuchillo. Cuando vi que le extrajo el
corazón y se lo llevaba a la boca para darle una mordida, aceleré el auto y la
atropellé varias veces hasta convencerme de que estaba bien muerta.
Después me aparqué frente
al portón de la casa de Brenda, me metí el revólver dentro del pantalón y bajé
para tocar el timbre, no sin antes cerciorarme de que no había peligro por allí
cerca. Llamé cerca de medio minuto sin obtener respuesta. Viendo que no me
quedaba otra alternativa, encendí el auto nuevamente, lo subí a la acera y lo
pegué al muro. El ciego y la señora del cuchillo habían vuelto a la vida; el
ciego huía y la señora perseguía. Pero como no me prestaban atención bajé del
coche y lo utilicé de apoyo para saltar el muro.
Dentro todo era paz y
tranquilidad. La mansión de mi cuñada, más concretamente de su esposo, era una
de las más grandes y lujosas del pueblo, y a primera vista no percibí marcas de
lo que ocurría en el resto del poblado. Era probable que allí nadie hubiera
sido afectado y tras darse cuenta de lo que ocurría, en el interior habían
tomado la sabia decisión de quedarse pertrechados en el inmueble. Por un
instante tuve la sensación de que todo saldría bien, que pronto tendría a mis
hijos, sanos y salvos, entre mis brazos.
Me acerqué a la puerta
principal y, en lugar de utilizar el timbre, llamé con los nudillos. Estaba a
punto de buscar una ventana abierta para colarme cuando oí suaves pisadas
acercándose a la puerta. De pronto sentí miedo, pero me mantuve allí, de pie.
La cabeza de Harry asomó tras la puerta.
—¡Papá! —exclamó. Su voz y
su risa fue lo más lindo que yo había oído en mi vida. Se abalanzó sobre mí y
me estrechó en un fuerte abrazo—. ¡Danie, ven aquí! —gritó—. ¿A qué no sabes
quién ha llegado?
Mi pequeña niña apareció
corriendo por el pasillo. Su lacio cabello se mecía al ritmo de sus pequeñas
zancadas y su sonrisa era más brillante que el sol. Cuando enrolló sus brazos
alrededor de mi cuello, sólo tenía ganas de llorar. ¡Mis pequeños estaban bien!
—¿Dónde están vuestros
tíos? —les pregunté, un minuto después, cuando el nudo de mi garganta había
desaparecido.
—Arriba, en su habitación
—contestó Harry, adelantándose a Danie.
—¿Y mis sobrinos?
—También —respondió Danie.
—En su habitación —abundó
Harry.
—Excelente. Vamos con
ellos.
—Están durmiendo —dijo
Harry—. No deberíamos molestarlos.
—Sí —ratificó Danie—. Mejor
miremos tele un rato.
—Vayan ustedes a ver la
televisión —les dije—. Necesito hablar con ellos.
Mientras me alejaba por el
pasillo volví la vista para ver otra vez a mis dos hijos, de no estar tan feliz
por haberlos encontrado sanos y salvos habría jurado que se dirigían una mirada
cómplice.
Ya había visitado en
ocasiones anteriores los aposentos de mis cuñados en la tercera planta, de
manera que no me costó dar con la habitación. Empecé llamando con breves y
suaves golpecitos, pero al ver que no respondían, golpeé más fuerte. Debían
dormir profundamente. Se me ocurrió que quizá la puerta no tuviera seguro, de
manera que giré la manecilla. La puerta se abrió en silencio. Primero asomé la
cabeza, para no pecar de indiscreción, pero al ver la cama manchada de sangre,
y raída como si hubiese estado en medio de una pelea de osos, empujé la puerta
y esta se abrió de par en par.
La habitación era un
desastre. Había sangre por doquier y los muebles y los frescos de las paredes
tenían marcas de garras como si, efectivamente, allí hubiera habido una pelea
de osos salvajes. Pero lo que hizo que me llevara las manos a la cara para
ahogar un grito de horror fue las partes de mis cuñados, esparcidas y sujetas
con cuerdas y coreas a los muebles. La cabeza de Brenda estaba amarrada a la
cabecera de la cama, junto a la de su marido. Brazos y piernas estaban
amarrados a las patas de la misma, los torsos sujetos a dos fuertes roperos, y
los demás brazos y piernas estaban adheridas a una mesa y un par de sillas.
—Es la única forma de que
no vuelvan a la vida —el susurro infantil a mi espalda me provocó un susto de
muerte. Era Danie, mi dulce pequeña, sólo que de dulce ya no tenía nada, se
había convertido en un ser horrible de dientes y garras largas y filosas, ojos
negros y rostro agrietado. Junto a ella estaba Harry no menos horrible y
monstruoso que mi hija.
—¿Quieres ver a tus
sobrinos o prefieres morir ya? —la sonrisa burlona y perturbada de Harry era
ancha y sus dientes largos y filosos formaban dos hileras amarillas y
sanguinolentas que presagiaban la muerte.
Corrí al interior de la
habitación e intenté cerrar la puerta, las garras de Harry la detuvieron y la
empujaron hacia atrás. Caí y de inmediato quise ponerme de pie, pero Danie ya
estaba a horcajadas sobre mí. Sus negras y afiladas garras acariciaron mi
rostro y se alzaron amenazadoramente. De alguna forma había llevado mi mano
derecha a mis pantalones y logré extraer el revólver. No dudé en utilizarlo. El
restallido del disparo resonó como un rayo en la inmensidad de la mansión. Los
sesos de Danie cayeron en el piso y parte de mi pecho. Me la quité de encima y
me arrastré hasta ponerme de pie.
Harry miraba indiferente el
cuerpo de su hermana. Alzó la vista, mostró los dientes y corrió hacia mí. El
restallido del revólver volvió a resonar en la mansión. El primer disparo le
dio en el pecho y el segundo en el rostro. Su cuerpo sin vida cayó junto al de
Danie. Ni siquiera se me ocurrió pensar en el hecho de que había asesinado a
mis hijos. Lo que hice fue salir pitando de allí, antes de que volvieran a la
vida y esta vez sí me asesinaran. No tenía estómago para hacer lo que ellos
habían hecho con mis cuñados.
De regreso en mi coche me
dediqué a buscar el camino más corto para salir del pueblo. Cuando había
personas que se atravesaban en mi camino les pasaba encima. Lo único que quería
era salir del pueblo, dejar aquel infierno o despertar de la pesadilla.
Cuando por fin salí del
pueblo era ya media tarde, lo supe por mi reloj, ya que el cielo seguía tan
gris como en la mañana, cuando no más.
A unos cien metros de la
última casa del pueblo vi un montón de vehículos aparcados y un sinnúmero de
personas; todas parecían normales. Me congratulé por encontrar un grupo así.
Aparqué a unos cincuenta metros de ellos, bajé del coche y empecé a hacer el
resto del camino a pie.
Había allí bomberos,
policías, miembros del ejército, prensa, radio, televisión y un grupo de
personas con aspecto de científicos que apuntaban aparatos de extrañas formas
al pueblo. Lo más raro de todo es que nadie se había dignado dirigirme la
mirada, como si yo no estuviera casi frente a sus narices.
—Hola —saludé.
Me sentí como tonto al no
recibir respuesta. Seguí caminando para mezclarme con ellos, pero algo me
detuvo: algo sólido, duro e infranqueable. Caminé hacia un lado y hacia otro,
pero el muro invisible seguía allí. Retrocedí, tomé vuelo y corrí hacia
adelante, reboté en el muro y caí de espaldas. Nadie se había percatado de lo
que yo hacía. Era como si fuese invisible. Ellos charlaban, gritaban, tomaban
fotos, gravaban videos, exclamaban horrorizados, pero nada que tuviera que ver
conmigo. Entonces oí el fragmento de una conversación.
—…todo el pueblo ha
desaparecido.
—Pero, ¿cómo es posible que
se produjera este gran agujero justo donde estaba el pueblo? —expuso otro.
—No lo sé.
«No me ven —concluí—. Lo
único que ven es un enorme agujero».
Entonces lo vi yo también,
no en el pueblo, sino en el monitor de la camioneta de una cadena de
televisión. La pantalla mostraba un agujero de dimensiones inconmensurables,
allí, donde antes había existido un pueblo.
«¡El Rayo!» El rayo
que oí en la mañana, que hizo temblar el pueblo, que cegó de luz a todos
nosotros, ese que me hizo tirarme sobre el felpudo y sollozar como un niño, ese
era el que había causado todo aquello. No había otra explicación. Estábamos
muertos o quizá atrapados en otra dimensión. Después de ver lo que había pasado
con el pueblo, ya no me sorprendía la locura que se había apoderado de la
mayoría de las personas ni que volvieran a la vida.
Me resigné. Di media vuelta
y empecé a caminar hacia el pueblo. Que pasara lo que tuviera que pasar.

No hay comentarios:
Publicar un comentario