Tras frotarse los ojos, descubrió que nada había
cambiado. Miró a la ventana para descubrir el aura amarillenta del amanecer,
pero seguía sin ver nada. Miró hacia la puerta, a la cama, sus manos… Pronto se
encontró totalmente despierto, y el miedo empezó a adherirse y solidificarse
como una fea capa de grasa. ¡Estaba ciego!
«¡No, no! ―se dijo―. No, no es cierto. No es cierto». Pensó en posibles explicaciones. ¿Un eclipse, alguien tapió por completo la habitación, algo pasajero, todavía soñaba? Pero nada tenía lógica. Nadie se queda ciego de la noche a la mañana, ¿verdad? ¿O sí? ¿Qué sabía el de enfermedades? Lo suyo eran las coles, las lechugas y los repollos. Era un granjero muy cotizado en la región. ¿Pero de enfermedades?, un hombre de treinta años no se preocupa por pequeñeces. En todo caso, ¿es la ceguera una enfermedad?
Era muy joven para que empezara a perder la vista, y
si la pierdes es un proceso largo, de muchos años, no de pocas horas. Apenas
ayer él podía ver el piojo en el cuervo que vivía atormentándolo. Incluso había
mirado la lluvia de estrellas fugaces que tanto anunciaron en la tele. Había
sido un espectáculo muy hermoso. Después de eso se había ido a dormir, y nada
más. No sabía lo que había ocurrido. Sólo sabía que estaba ciego, y eso era lo
más aterrador de todo. Era como perder todo de golpe, lo perdía todo, ¿por qué?
¿Por qué a él?
Estuvo en la cama temblando y sollozando largo rato. Descubrir
de pronto que has perdido, puede que, el sentido más importante de todos, no
era para menos. El sentimiento de acongoja que lo acompañaba era sencillamente
avasallador. Cuando por fin se animó a bajar de la cama, lo hizo a tientas, con
las piernas temblorosas, ubicándose por el recuerdo que tenía del lugar de las
cosas.
Se vistió a tientas y buscó los zapatos. «Debo llegar a la ciudad ―pensó―. Es probable que no sea grave. Me curarán». Cuando se ponía el segundo zapato, alguien tocó a la
puerta. En un instante de ingenuidad pensó que iban a ayudarle.
―¡Hey! ¡Aquí! ―gritó― Necesito ayuda.
Nadie
respondió. Tampoco llamaron a la puerta durante unos minutos. Casi como si su
voz lo hubiera espantado. Siguió pidiendo ayuda mientras terminaba de calzarse.
Luego se ubicó hasta encontrar la puerta. Cuando salió al corto pasillo,
empezaron a llamar de nuevo, esta vez con golpes más enérgicos.
―¡Ya voy, ya
voy! ―gritó―. Tan siquiera
hable hombre, ¿o es qué perdió la voz?
Pensó que sería
una gran ironía que fuera un mudo repentino buscándolo para pedir ayuda. «Si yo perdí la
vista, ¿por qué no iba nadie a perder la voz». Al principio el pensamiento le causó
gracia, pero no era nada gracioso, era un pensamiento muy aterrador. ¿Qué sería
del mundo si repentinamente todos perdían alguno de sus sentidos? Decidió que
era mejor no tomar esos derroteros.
Empezó a
caminar hacia la puerta, a la que no llamaban, sino que aporreaban con
insistencia. Entonces cayó en la cuenta que no llamaban a la puerta de enfrente
sino a la trasera. A menos que hubiera perdido la orientación. «No. Mi
habitación está a mis espaldas. Así que sí, aporrean la puerta de atrás».
Sin despegar
una mano de la pared, siguió caminando. De pronto dejaron de golpear, como si
supieran que él ya iba a abrir. Esto le causó más miedo que el continuo
aporrear de antes. Empezó a preguntar quién era, qué necesitaba, pero ninguna
voz le respondió. Un miedo cerval empezó a anidar en su ser. No el miedo que
tenía a quedarse ciego por el resto de su vida, sino algo más profundo y
visceral, un miedo que lo hizo dudar si ir a abrir o no.
Lo cierto es
que siguió avanzando, cada vez con pasos más cortos e inseguros. Afuera,
escuchó a alguien rebullir. «O algo», pensó su
sugestionada mente.
―¿Aún sigue
allí? ―preguntó cuando
llegó a la puerta. Afuera imperaba absoluto silencio. Fred tenía la certeza de
que alguien o algo le esperaba afuera.
Pero se había
quedado ciego. Y lo cierto es que tenía que salir, tarde o temprano. Y decidió
que era mejor hacerlo temprano. Abrió la puerta sólo una rendija, con la remota
esperanza de ver el sol brillar afuera, pero todo siguió negro como boca de
lobo. La abrió un poco más. Entonces algo restalló como un látigo y el dolor en
la cara se expandió como una ola.
―¡Arrrgg! ―gritó y calló
al suelo.
Se llevó las
manos al rostro, y sintió la sangre cálida escurrirse entre los dedos.
Restallaron más látigos y el dolor se expandió al resto de su cuerpo. Gritó de
dolor, hasta que dejó de sentir dolor y una oscuridad más oscura que la de sus
ojos se abatió sobre él. Jamás supo lo que ocurrió.
*****
Para los que
han leído El Día de los Trífidos de John Wyndham no será una sorpresa que les
diga que este relato está inspirado en esa maravillosa obra. Digamos que Fred
fue uno de los desdichados que tras ver el espectáculo de luces amanece al otro
día ciego, sin idea de lo que ocurre. Tampoco imagina el terror que los
trífidos están a punto de desatar en el mundo. Y sí, los que lo esperaban a la
puerta eran unos trífidos.
Y los que no la
han leído. ¿Qué esperan? Es una novela que no debe faltar en el anaquel de
alguien que se diga lector.
Espero os haya
gustado. Comenten qué les pareció.

No hay comentarios:
Publicar un comentario