Cuando Peter se mudó a su nueva casa, lo que menos esperaba era un vecino misterioso y lleno de secretos. Sin embargo, eso fue lo que encontró.
Desempleado durante
casi un año (afortunadamente no tenía esposa ni hijos que mantener, de lo
contrario todos hubieran muerto de hambre), y con sus exiguos ahorros casi
agotados, no tuvo más opción que aceptar un empleo de gobierno para dar clases
en escuela del área rural. Su nuevo hogar (lo único que su salario mínimo le
permitía pagar) era una casita de una sola planta y dos habitaciones: el
dormitorio y otra que era a su vez cocina, comedor y que tendría que servir
también de sala.
El camión de mudanza
llegó a su nueva casa durante el crepúsculo de un viernes sombrío. Cuando
terminó de desempacar sus pertenencias ya era noche cerrada y un titilante foco
eléctrico llenaba de amarillenta luz la cocina-comedor.
Cuando salía al patio
para tirar algunas bolsas plásticas al cubo de basura, un perro completamente
negro, de regular tamaño, cruzaba la calle en dirección a la casa contigua. Un
frío helado recorrió el cuerpo de Peter al mirar al animal. El perro en sí no
tenía nada de particular, sin duda había miles de perros como aquel alrededor
del mundo. Lo que hizo que una expresión de asco y horror velara el rostro de
Peter fue la mano que el perro llevaba entre sus mandíbulas. Era una mano
humana, cortada hasta la muñeca, de la cual caían hilillos de sangre.
Peter agitó la cabeza
con brío, negándose a creer lo que sus ojos veían. Debía ser una visión causada
por el cansancio y el estrés. Entrecerró los ojos y volvió a mirar al animal,
que ya había llegado al patio de la casa vecina y se disponía a entrar por el
ventanuco de la puerta hecho para las mascotas; ¡Sus ojos aún veían una mano
humana entre las fauces del perro!
Durante el resto de
la noche Peter no pudo dejar de pensar en lo que había visto. Trató de
convencerse de que había sido una ilusión, o bien podía tratarse de una mano
plástica. Sin embargo, esos hilillos de sangre…
Casi no pegó ojo esa
noche. Producto del miedo enroscado en sus entrañas (o quizá no) oía en la casa
vecina ruidos sordos, golpes de martillo, sierras eléctricas, quejidos leves,
uno que otro grito ahogado e incluso risas estridentes y gélidas. Oía pasos
alrededor de su casa, e incluso se atrevía a jurar que veía sombras de seres
grotescos desfilando por su ventana.
En síntesis, no fue
precisamente la mejor noche de su vida. Para colmo, lo primero que vio al salir
de la casa fue al perro negro del vecino mirando fijamente hacia su casa. Su
vecino, al que veía por primera vez, salía en aquellos momentos de un
bosquecillo que había tras las dos casas (las últimas del poblado y bastante alejadas
de la casa más cercana) y llevaba las manos y las ropas manchadas de sangre. Su
vecino alzó un brazo y lo saludó mecánicamente. Peter, preguntándose de dónde
provenía aquella sangre, respondió al saludo con gesto ausente.
Ese día había reunión
escolar con los padres de familia. Peter, como nuevo miembro del cuerpo
docente, fue presentado a todo el mundo. Peter estaba allí en cuerpo, más su
mente vagaba en su vecino lleno de sangre y su perro negro.
Por la tarde uno de
sus nuevos compañeros lo invitó a comer algo. Mientras comían, Peter le
preguntó a su compañero maestro si conocía al señor que vivía en la casa
contigua a la suya.
—¿Qué señor?
—inquirió su interlocutor enarcando las cejas.
—No lo sé —dijo
Peter—. El que vive a las afueras del pueblo junto a la casa que estoy
alquilando, ¿tiene alguna carnicería o algo parecido?
—Que yo sepa esa casa
está abandonada desde hace años.
Al principio Peter
sonrió. Pero el semblante serio de su compañero maestro le hizo entender que no
estaba bromeando.
Camino a su casa,
Peter seguía pensando en el vecino y su perro. ¿Cómo era posible que muchas
personas ignoraran que tenía vecino? Y es que después de la respuesta de su
compañero de trabajo, Peter había quedado con más dudas que respuestas. De
manera que había preguntado a habitantes de aquel pueblito si conocían a su
vecino y a qué se dedicaba; las respuestas habían sido las mismas que la del
profesor.
Regreso a casa, Peter
tomó una decisión. No podía seguir así, pensando únicamente en el vecino y en
las actividades que realizaba. Así que decidió hacerle una visita de cortesía
al vecino.
Llamó a la puerta, no
una, ni dos, sino que, hasta siete veces, pero nadie respondió. Lo que escuchó
tras la séptima llamada fue un llanto lastimero; tenía que tratarse del perro
del vecino, de quién más sino.
—¡Hola! —Volvió a
llamar—. Hay alguien en casa.
No hubo respuesta.
Sin embargo, el
llanto lastimero seguía oyéndose en el interior de la vivienda. Podía ser que
el perro sufriera un accidente y necesitase ayuda. A lo mejor se había quedado
atrapado en algún mueble.
—¡Vecino! ¿Se
encuentra en casa? —Gritó—. Creo que su perro necesita ayuda.
Volvió a llamar otra
vez, sin obtener respuesta de nuevo. El llanto del perro (porque Peter estaba
completamente seguro de que se trataba del perro) aumentada su intensidad a
cada segundo. Peter sentía que aquel chillido agudo le traspasaba el corazón.
Era seguro que su vecino no estaba en casa y que el perro necesitaba ayuda. Si
no lo ayudaba él, nadie lo haría. Además, así podría husmear un poco en la
casa.
Se proponía forzar la
puerta para entrar, pero no fue necesario, porque cuando Peter se disponía a
coger la manecilla, ésta giró y la puerta se abrió de golpe. Al principio creyó
que se trataba de su vecino, pero tras la puerta no había nadie. Un escalofrío
gélido recorrió la columna de Peter.
Entró a la casa
conteniendo la respiración, atento a cualquier señal de movimiento y con el
corazón en un puño. Lo que vio lo dejó helado: sobre una mesa de rústica
madera, cuatro jarros de vidrio transparente contenían lo que parecían ser
vísceras, ¿humanas? No, no podía ser cierto, debían ser de algún animal.
Debo confesar que sí
yo hubiese estado en el lugar de Peter, creo que me habría orinado en los
pantalones, hubiese dado media vuelta y me habría alejado de aquella casa lo
más rápido que mis piernas lo permitieran. Pero Peter no lo hizo, para él
aquellas vísceras eran las de un animal; además, el llanto del perro se hacía
más lastimero a cada instante y él se proponía ayudarlo.
Buscó al perro en
toda la casa, pero no lo encontró, a pesar de que aquel llanto era igual de
audible que antes. Lo que sí encontró fue manchas rojas en el piso y en las
paredes, arañazos por doquier e incluso logró vislumbrar un dedo humano debajo
de la cama. Sin embargo, Peter ya no consideraba aquello extraño o terrorífico,
lo único que le importaba era rescatar al pobre perro.
Cuando empezaba a
darse por vencido, encontró una puerta, una trampilla, que daba acceso al
sótano, debajo de la mesa. Se metió al sótano y siguió el llanto del perro. De
pronto, el llanto cesó. Sobre su cabeza se cerró la puertezuela por la que
había entrado y una risa aguda y escalofriante resonó en las paredes. El miedo
en su máxima expresión acogió a Peter como lo haría una madre con su bebé. Fue
como si despertara de un letargo y las visiones de los últimos minutos
empezaron a agolparse en su mente: vísceras en frascos de cristal, sangre por
doquier, dedos debajo de la cama, arañazos en las paredes, puertas que se
abrían y cerraban solas… Era como si aquello lo hubiese visto dormido y ahora
comprendiera la cruda verdad.
Al pie de la escalera
aparecieron dos figuras. Una tenía forma humana, pero no era un humano, su piel
era rugosa y amarillenta y sus manos y pies tenían grandes garras. La otra era
un cuadrúpedo de gran tamaño, negro como la noche sin luna llena, con los ojos
como brazas ardientes y los colmillos y garras grandes y afiladas.
Peter sintió un
líquido caliente deslizándose en sus piernas cuando el vecino y su perro
empezaron a avanzar hacia él.

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