A
pesar de sus nueve añitos, Mayrita sabía que aquel mágico lugar era un sueño.
Era un lugar producto de su imaginación en el que gustaba refugiarse mientras
dormía. Lo había empezado a concebir hacía dos años. Al principio lo soñaba
esporádicamente, porque lo había visto en una película, se decía. Sin embargo,
con el transcurrir de los meses fue capaz de soñar con aquel bello lugar a
voluntad. De manera que siempre tenía sueños felices. Lo que era un alivio, más
después de la trágica muerte de su hermanito menor: Jonhy.
Sabía
que era un sueño.
Fue por ello que se sobresaltó cuando el llanto de un niño se coló a través de su mundo mágico y se extendió a través de los bosques y las colinas, de los riachuelos y los campos de flores, del cielo y la tierra. Era un llanto lastimero, desesperado, que llegaba hasta el más profundo rincón del alma. Le hizo sentir tristeza y miedo, dolor e ira, pero sobre todo precaución. Los compañeros de su mundo de ensueño también percibieron el llanto, porque agitaron las orejas o los rabos, los bigotes o las patas, las alas o los picos. Se percibía la tensión y el nerviosismo en ellos. El llanto de un niño era algo que nunca había sucedido en el Valle Mágico. Menos un llanto como aquél.
Por
lo tanto, aquel llanto no provenía de allí, venía del exterior. La repetición
del llanto, con poder para estremecer a cualquiera, le confirmó sus sospechas.
Parecía venir de lejos, muy lejos. De mala gana Mayrita salió de su sueño y
volvió al mundo real.
Abrió
los ojos. Lo primero que vio fue el techo de la habitación; lo primero que
escuchó: el llanto de un niño.
«Hay
alguien llorando allá afuera».
Irremediablemente
sintió miedo. El reloj fluorescente de la pared le notificó que era medianoche.
Aquella información le hizo temer aún más. Había oído por allí que la
medianoche era la hora preferida de los espíritus y demonios para asustar.
Pero
había alguien llorando allá afuera.
Se
cubrió de pies a cabeza con la frazada y esperó. Pronto sus padres oirían
también el llanto de aquel infante y se levantarían para ver qué estaba
sucediendo. Pasaron los minutos. En el resto de la casa no se veía luz ni se
oía ruido alguno. Sus padres deberían estar bien dormidos.
«¿Qué
les pasa, es que no oyen?».
Le
costó tomar una decisión, pero por fin se levantó. Caminó, trémula y como si
pisase vidrios rotos, hasta la ventana; el llanto del niño provenía del jardín.
Abrió con cuidado y en silencio la ventana, la luz de una media luna le dio de
pleno en el rostro e iluminó tenuemente la habitación.
Abajo,
acurrucado junto a unos rosales había un niño de pelo rojizo. Mayrita se llevó
ambas manos a la boca, de lo contrario habría soltado un chillido aterrador y
emocionado. No se trataba de un niño cualquiera, era su hermanito Jonhy, muerto
hacía siete meses tras ser atropellado en la acera de enfrente. Sin siquiera
detenerse a pensar, salió disparada hacia el jardín. No se detuvo hasta que
tuvo a su hermano al alcance de sus manos. Y si lo hizo fue por el horror que
experimentó cuando lo vio de cerca.
Era
su hermanito, de eso no cabía duda, pero tenía el aspecto de cuando fue
atropellado: una fea herida le cruzaba el rostro, y de un agujero en la cabeza
manaban hilillos de sangre, tenía las piernas destrozadas y en un ángulo que
revolvía el estómago. Lo peor de todo eran unos gusanos, blancos, asquerosos y
viscosos, que reptaban sobre su cuerpo.
El
niño dejó de llorar en cuanto Mayrita se acurrucó a su lado.
—¡Hermana!
—dijo entre hipidos y se lanzó a sus brazos.
—Jonhy
—la niña también lo abrazó, no le importó la sangre ni el aspecto lamentable de
él, era su hermanito—. ¿Qué haces aquí?
—Tienes
que ayudarme —sollozó el niño—. Me escapé hermanita, me escapé de la caja y
cavé en la tierra hasta que salí…
—Ven,
te llevaré con mamá y papá, se pondrán muy felices…
—¡No!
—la negativa fue chillona y rotunda—. Papá y mamá no me quieren… si me ven, me
volverán a matar.
—Mamá
y papá te adoran—insistió la pequeña—. Ven.
—¡No!
—repitió Jonhy—. Sólo tú me quieres hermanita,
lo sé. Sólo tú me puedes ayudar. Papá y mamá me matarán otra vez si me logran
ver. ¿No lo comprendes? Fueron ellos los que me atropellaron.
—No. Quien te arrolló fue un ebrio al volante de
una camioneta.
—Te mintieron. Fue mamá quien conducía el auto que
me impactó, y papá estaba de acuerdo con ella. No sé por qué no me querían. Y
lo peor de todo, es que me enterraron estando yo aún con vida.
—Si eso es cierto… —Mayrita dudaba, pero era su
hermanito del alma quien se lo decía, él que había vuelto de entre los muertos—
¿En qué se convierten nuestros padres?
—Ya lo verás más adelante. Mientras, tienes que
ocultarme y ayudarme hasta que mis heridas sanen.
Así fue como Mayrita pasó las siguientes semanas
ocultando a su hermano que creía muerto desde hacía siete meses. Puesto que
casi nadie la visitaba en su habitación, compartía con él la cama, el baño y la
comida. Por las mañanas y las noches limpiaba sus heridas con un paño remojado
en agua tibia que hurtaba de las cocinas. Cuando trató de darle unas pastillas,
el niño se puso como loco y rehusó ingerir algo tan malévolo como eso. Así se
lo había dicho.
Pero no todo era cuidar de su hermanito. También
había que mantener el secreto. Cosa que no le resultó tan fácil como había
previsto al inicio. A veces, cuando charlaba con Jonhy, uno o ambos padres
acudían a la habitación y le preguntaban con quién hablaba. Jonhy se escondía
rápidamente bajo la cama, el cuarto de baño o el ropero y Mayrita se las
ingeniaba para parecer inocente y decir que no hablaba con nadie. Como siempre
tenía que hurtar comida del refrigerador, recibía buenas reprimendas por ello.
Hasta tal punto que en una ocasión los padres llegaron a acusarla de ladrona.
Cuando hurtó un poco de dinero para comprar vendas de repuesto para su
hermanito, recibió tal regañina que creyó que pronto la azotarían.
El malhumor, los gestos hoscos, los regaños, solo
convencían cada vez más a Mayrita que sus padres eran malvados. Incluso empezó
a creer que los padres nunca habían querido a Jonhy y que, posiblemente, era
verdad que ellos habían sido los causantes de su muerte.
Dos semanas después de que encontrara a su hermano
en el jardín, reunió el valor suficiente para preguntarles qué había sucedido
realmente con Jonhy. Lo qué recibió fue un grito airado y la orden de marcharse
a su habitación. Cuando se levantó la mañana siguiente y descubrió que todo lo
que había pertenecido a Jonhy o que recordase a él había desaparecido de la
casa, se convenció que los padres nunca habían querido a su hermanito. Es más,
incluso empezaba a creer que a ella tampoco la querían.
Mientras tanto, Jonhy mejoraba a grandes pasos. La
herida de la cabeza y el rostro ya estaba cicatrizando, y las piernas, como por
arte de magia, estaban volviendo a su posición original, de manera que Mayrita
creía que su hermano pronto volvería a caminar para ser el niño de antaño.
Las charlas con Jonhy siempre eran entretenidas, a
veces divertidas, y a ratos, ominosas. Charlaban sobre sus juguetes, sobre los
videojuegos, sobre sus personajes de la televisión, pero sobre todo: sobre sus
padres. Los padres eran un tema recurrente, y más concretamente, la maldad de
éstos.
—Son crueles y malvados —decía constantemente Jonhy
cuando hablaban de ellos—. ¡Ve lo que me hicieron a mí!
Si no era eso, siempre le recordaba lo mal que lo
habían tratado cuando vivía con ellos. Siempre andaban pinchándolo con
inyecciones para mantenerlo débil, una vez lo dejaron caer de un poni, se
congratulaban quitándole sus juguetes sólo para verlo llorar… Mayrita empezó
dándolo la razón tímidamente, pero con el transcurrir de los días y las
semanas, lo hizo cada vez con más ahínco y más odio.
Jonhy tenía razón, sus padres no eran lo que
aparentaban ser. Si no, ¿por qué habían atropellado a Jonhy?, ¿por qué habían
retirado lo que había pertenecido a él?, ¿por qué la regañaban y amenazaban con
golpearla cuando no hacía algo bien?, ¿por qué la habían castigado sin
televisión ni postre sólo porque no sacó buenas notas en los últimos
exámenes?... ¿Por qué? ¿Por qué?
Y cuando su Valle Mágico empezó a decaer, no
encontró a nadie más a quien culpar que a sus padres. Eran ellos los culpables
de que el cielo estuviera continuamente encapotado, eran ellos los que hacían
que el río se estuviese secando, eran ellos los que habían vuelto negros y
tétricos los árboles, eran ellos los que provocaban la muerte de todas las
criaturas que vivían en su mundo de ensueño. Era increíble la malevolencia de
sus padres, hasta tal grado que podían influir en un mundo ajeno a ellos y
perteneciente sólo a ella.
Un mes después de la aparición de Jonhy, Mayrita
estaba completamente convencida de que sus padres eran unos seres diabólicos y
malvados, que probablemente no eran siquiera humanos. Un miedo hondo se había
apoderado de ella, tenía miedo de que le hicieran daño, más aún, que se lo
hicieran a su hermanito. Además del miedo albergaba otros sentimientos hacia
sus padres: odio. Los odiaba hasta límites indecibles. Los odiaba por lo que le
habían hecho a su hermanito, los odiaba por lo que podrían hacerle a ella.
—Tenemos que adelantarnos —dijo una vez Jonhy,
quien increíblemente ya se había recuperado y podía caminar como antes, y de
sus heridas ni siquiera cicatrices quedaban—, a papá y mamá.
—¿Qué?
—Sí. Míralo de esta forma hermana, ¿o son ellos o
nosotros?
Mayrita sabía que Jonhy tenía razón. Sus padres
tarde o temprano actuarían contra ella, y si no lo hacían, no podría ocultar
por siempre a su hermanito, entonces su ira recaería sobre él, y ella no podía
permitir eso. No, no lo iba a permitir.
—¿Qué tenemos que hacer? —preguntó, titubeante.
Aunque ya intuía la respuesta.
—¡Matarlos! —la respuesta fue automática y
acompañada de un siseo casi inhumano.
—Suponía que dirías eso.
—Entonces, ¿estás de acuerdo?
—¿Qué opción tenemos? —replicó, vencida— ¿Son ellos
o nosotros?
Su hermanito asintió, y sonrió, con una sonrisa que
dejó ver una larga hilera de dientes finísimos, como sierra. Aquello aterró a
Mayrita, ¿desde cuándo Jonhy tenía los dientes así? En un parpadeo la visión
había desaparecido y los dientes eran otra vez normales.
—Lo haremos esta noche —informó Jonhy, que, a pesar
de ser un niño de tres años, siempre parecía ser el que decidía—, cuando
duerman.
Camino de la habitación de sus padres, poco antes
de la media noche, Mayrita y Jonhy caminaban sigilosamente, con sendos
cuchillos, hurtados de la cocina, en las manos. El corazón de Mayrita latía a
mil por hora. Pequeñas gotas de sudor le perlaban el rostro y otras más gruesas
descendían por su espalda. Un leve temblor agitaba sus manos. Pero estaba
decidida a librarse de aquellos dos seres malévolos que eran sus padres. Había
que deshacerse de ellos antes de que causaran más daño.
Jonhy caminaba a su lado. La oscuridad
imposibilitaba una vista completa de él, de manera que Mayrita sólo lo veía
como una sombra obscura, pequeña, que se movía. No obstante, intuía que su
hermanito sonreía y que asía su cuchillo con un aplomo impropio de un infante.
En un par de ocasiones creyó ver que su hermanito tenía las orejas grandes y
puntiagudas, en otra, le vio los ojos rojos como ascuas, sin embargo, cuando
parpadeaba, las visiones desaparecían.
Se detuvieron frente a la habitación de los padres.
Mayrita jadeaba, y no era por el cansancio. Miró a Jonhy, en la oscuridad éste
asintió. Con sigilo empujó la puerta. Estaba abierta, como suponía, sus padres
rara vez cerraban la puerta con llave. Entraron más silenciosos que un ladrón
que nunca ha sido atrapado.
La luz de la luna se colaba por los vidrios de la
ventana que tenía las cortinas cerradas. Su padre y su madre estaban abrazados.
El ritmo acompasado de sus respiraciones denotaba que dormían profundamente.
Verlos así, tan tiernos, tan tranquilos, tan inocentes, hizo pensar a Mayrita
que después de todo no eran más que dos personas, no parecían ser unos
monstruos. Pero lo eran. Lo que habían hecho con Jonhy no tenía perdón de Dios.
Se acercaron hasta ellos, los cuchillos alzados
listos para utilizarlos. Jonhy se subió a la cama y se puso a horcajadas sobre
la madre. Lo hizo tan silenciosamente que la madre ni siquiera se movió. A una
señal de cabeza, descargaron los cuchillos. Padre y madre despertaron entre
gritos, dolor y sangre. Pero ya era demasiado tarde. Los cuchillos se alzaron y
descendieron otra vez, luego otra, y otra, y otra... Hasta que todo el lecho
fue un charco de sangre.
Jadeante, extasiada, Mayrita retrocedió un par de
pasos para contemplar su obra. Era una escena macabra, escalofriante. Jonhy aún
estaba sobre el cuerpo de la que había sido su madre. Alzó un poco la vista
para verlo…
Mayrita gritó como nunca había gritado en su vida.
Se llevó las manos al rostro y al cuero cabelludo y empezó a arrancarse tiras
de piel y mechones de pelo.
Su hermanito ya no era su hermanito, sino un
esqueleto de niño sobre el vientre de la mujer.
Al siguiente día la policía encontró al matrimonio
muerto por decenas de cuchilladas. Sobre el vientre de la mujer había un
esqueleto de niño, que más tarde se sabría pertenecía al hijo muerto de la
pareja. Una niña, de unos nueve años, estaba tirada junto a la cama, le habían
arrancado el cuero cabelludo y en el rostro no tenía piel. Un policía se acercó
a ella, y se percató de algo extraño, un milagro.
—Vive —susurró—. Aún vive.
---FIN---

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