miércoles, 1 de noviembre de 2023

Microcuentos 136-140

 136

El matrimonio Robinson se mudó al pueblo hace tres años. Todos creíamos que no tenían descendencia. Hasta que un buen día dieron una fiesta para presentar a sus tres vástagos que volvían del extranjero. Eran tres muchachos más bien retraídos y toscos que no causaron gran impresión. Es más, al siguiente día, en voz baja, la mitad del pueblo murmuraba que eran idiotas.

Al parecer, yo fui el único que noté un gran parecido entre aquellos tres muchachos y los tres jóvenes que desaparecieron del pueblo poco después de la llegada de los Robinson.

 

137

El niño se aovilló en un rincón de la habitación. Temblaba de frío y miedo. El miedo había llegado con el frío, que llegó hacía tres minutos. Y sabía qué significaba aquel frío. Había algo que llegaba con él, o ese algo precedía al frío. No lo sabía.

Lo único cierto era que cuando aquel frío llegaba algo malo ocurría. Ya había estado en casa en tres ocasiones. Primero murió papá, luego mamá, después su hermanita.

Él era el último que quedaba. Y el miedo y el frío iban in crescendo con cada segundo que transcurría.

Ese algo, fuese lo que fuese, estaba cerca e iba a por él.

 

138

Tras tres días desaparecido, el alcalde regresó al pueblo. Fue recibido con franca alegría y regocijo, pues era un hombre muy querido. Recibió cálidos abrazos y sinceros apretones de mano. Él agradeció y sonrió, fue escueto en los detalles de su desaparición, y anunció un gran acontecimiento para esa noche, al que todo el mundo debía acudir.

Durante todo ese tiempo quise gritar, advertir al pueblo que ese hombre no era yo, que, aunque miraban mi cuerpo, mi alma había sido expulsada de él.

Quien gobernaba mi cuerpo y saludaba y sonreía en mi nombre era un ser maligno que me había secuestrado hacía tres días.

 

139

La mujer fregaba platos cuando vio los ojos, azules, mirarla desde el patio. Un plato escapó de sus manos por el sobresalto y se hizo añicos.

—¿Cariño? —preguntó.

Pero los ojos ya no estaban, habían desaparecido en un parpadeo.

—¿Mamá? —dijo la voz de un niño a sus espaldas.

La mujer se volvió y soltó un alarido. Su hijo avanzaba a tientas, dos agujeros negros en lugar de ojos, y lágrimas de sangre surcando sus mejillas.

—Mamá —repitió el niño—. Mis ojos. Alguien robó mis ojos. 

 

140

La multitud ató al violador a la pira y le prendió fuego. Cuando la policía llegó, las llamas estaban apagándose.

—¿Está muerto? —preguntó el oficial.

—Al menos por un año más —respondió el alcalde.

—Bien. ¿Cuántas veces se repetirá?

El alcalde se encogió de hombros. Aquella era la séptima vez que quemaban a aquel hombre, que revivía en el aniversario de su muerte.

En el pueblo se rumoreaba que continuaría reviviendo hasta que equiparara el número de sus víctimas, que se decía era setenta y siete.

No hay comentarios:

Publicar un comentario