Las lluvias cesaron después de una semana, para
entonces, el mal ya estaba hecho. Había que esperar una o dos semanas para que
las casas de la parte baja fueran habitables de nuevo. Como no me gustaba estar
entre tanta gente, me conformé con permanecer en el ático, leyendo varios
libros, en especial los cuentos de Poe, Lovecraft (puesto que soy amante del
terror) y Dickens. El resto del tiempo me asomaba a la ventana y miraba la
llena de allá abajo, que con cada día transcurrido, descendía un tramo.
Fue así como vi al niño correteando al perrito, hacia el oeste, en una parte despoblada. Me envaré de golpe, pues algo en esa escena me dio miedo. Supuse que el niño sabía nadar, como todos en la aldea, así que no temí que se ahogara. Lo que despertó el miedo en mi fue el perro: pequeño, blanco con parches negros, lozano, juguetón, limpio; un perro demasiado hermoso y bien cuidado para ser de alguien de la aldea, menos en una aldea todavía enfangada.
Los vi juguetear largo rato, riendo el niño (que no
tendría más de cinco años); saltando y ladrando juguetón, el perro. Durante un
rato me mantuve envarado, sospechando que algo malo estaba a punto de suceder.
Tentado estuve de bajar y avisar sobre el niño, que estaba en peligro, pero no
disponía de ninguna base. «Hey, un niño
está en peligro porque juega con un perrito»,
qué tonto.
Poco a poco se iban alejando, sin dejar de jugar. Yo
los veía, pero ya no les prestaba mucha atención. Mi mente viajaba sobre las
aguas que descendían allá abajo, sobre las familias que empezaban a limpiar
algunas casas ya libres, a través de bosques y riachuelos, fantaseando con
otros mundos, con mujeres hermosas, con riquezas…
Desperté un rato después. Me había dormido son los
codos recostados en el alfeizar y había estado soñando. Se hacía de tarde y vi
al niño jugueteando ya muy lejos del poblado. Pensé que era el momento de
avisar a algún adulto, al menos a uno responsable. A eso iba cuando vi agitarse
el agua de un brazo de río, muy cerca de donde andaba el pequeño.
Intuí un peligro inminente. Sabía que debía gritar,
aunque no me escucharía; que debía avisar a alguien; lo que hice fue quedar
como pasmado, como un mero observador. Jamás a un ser humano se le ha aplicado
el apelativo de “tronco” con tanto acierto como me lo apliqué yo mismo más
tarde.
El agua se agitaba y el perro se fue acercando a ella.
El pequeño, la vista en el suelo, tratando de alcanzar al canino, no se daba
cuenta que el agua se agitaba cada vez con más fuerza. Cuando llegaron a la
orilla, el perro se esfumó; ni siquiera en ese momento me moví, de tan
embelesado como estaba. Del agua había emergido una cabeza bulbosa que agitaba
media docena de tentáculos. El niño lo vio y empezó a gritar (o al menos creo
que lo hizo), quiso dar media vuelta y correr, más ya era tarde.
Durante la noche y el día siguiente, todos los vecinos
se dedicaron a buscar al pequeño, que no apareció. Se concluyó que se había
ahogado y las aguas lo habían arrastrado. Yo sabía la verdad, pero no me atreví
a contarla. Nadie me creería.
*****
Mi hermanito tiene cuatro años, y el de la familia a
la que le damos albergue, tiene seis, y le pega demasiado a mi hermano. Esta tarde le pregunté si le gustaría un
perrito, así que le indiqué hacia donde tenía que ir. Ahora estoy en el ático,
asomado por la ventana. El perrito está allí otra vez, jugueteando y
alejándose, el niño lo persigue. Yo sólo miro… y espero.
---FIN---

No hay comentarios:
Publicar un comentario