La niña siguió jugando. Miraba de vez en cuando al
niño a través de la malla metálica cubierta de enredaderas, a causa de estas
apenas lo entreveía, pero sabía que la observaba. No le incomodaba, es más, se
sentía bien. Madre no la dejaba salir nunca de casa, ni jugar con otros niños.
El niño se acercó a la malla. Pensó que jugar por
primera vez desde la muerte de padre podría distraerle y aportarle algo de
bienestar.
―¿Puedo jugar? ―preguntó.
―No ―respondió la
niña, tras sopesarlo un rato.
―Anda, déjame jugar. Será más divertido entre los dos ―insistió el niño.
La niña volvió la vista atrás, hacia las ventanas de
la vieja casa. Su madre no asomaba la cabeza por ninguna de ellas. Pensó que
debía estar en su cuarto secreto. Abrió la verja para que el niño entrara. Sí,
jugar con un compañerito sería más divertido.
―Yo tiro primero ―dijo
al niño.
―De acuerdo ―accedió
el pequeño―. Gana el que enceste más veces cuando terminemos.
La niña se concentró, encogió los ojos y lanzó la
pelota, ésta rebotó en el tablero y entró en el aro después de golpear los
bordes. La niña soltó un grito de júbilo. Y fue a traer la pelota.
―Tu turno ―comunicó
con una radiante sonrisa. Le lanzó la pelota al niño.
―¡Noo! ―gritó su madre,
que abría la puerta en esos instantes.
El niño miró a la mujer en la puerta. Era una mujer de
mediana edad, hermosa, no muy diferente a su madre, pero lo aterró hasta el
tuétano. De pronto tuvo miedo de la mujer, de la casa, de la niña, del cesto,
pero, sobre todo, de la pelota. Tuvo la clarividencia de que sí atrapaba el
balón, se iba a llevar una sorpresa espantosa. Quiso quitarse, alejarse e irse
a casa. Pero era demasiado tarde, sus manos volaban al encuentro de la pelota
color marrón.
Cuando la cogió, la pelota ya no era una pelota, sino
una cabeza humana, de espeso cabello negro, de ojos sin vida, sangrienta por el
cuello. ¡Era la cabeza de su padre! Soltó un alarido y dejó caer la cabeza, que
desde el suelo lo miraba con ojos vacuos.
―¡Maldita mocosa! ―dijo
la mujer, que ya había llegado hasta los niños― ¿Entiendes por qué no te dejo jugar con nadie? Esa pelota sólo la
podemos tocar tu y yo.
―U-usted… usted ―balbució
el niño―. ¿U-uu-usted m-mat-to a mi padre?
―Sí ―la mujer
parecía triste más que malévola―. Ahora tendré
que matarte a ti para que no te vayas de la lengua. ―Lo cogió por el cogote y sacó un cuchillo de brillante
filo. Por último, miró a su hija con rabia―:
Lo que tengo que hacer por tu culpa ―dijo,
y le rajó la garganta al pequeño.
---FIN---

No hay comentarios:
Publicar un comentario