146
En el sueño mataba a mi vecino. Irrumpía en su casa
tumbando tanto la puerta frontal como la de su habitación. Cuchillo en mano me
abalanzaba sobre él y empezaba a acuchillarlo mientras su esposa daba grandes
gritos.
Fueron esos gritos los que me despertaron. Y entonces
constaté con horror que no era un sueño, había sido real. Estaba cubierto de
sangre y los gritos de la mujer no habían cesado.
A los lejos oí la sirena de una patrulla.
Pero más horror me provocó darme cuenta que quien gritaba era mi madre, y el hombre muerto debajo de mí: mi padre.
147
Escuchamos el grito de auxilio en el lugar menos
sospechado: la mitad del bosque.
Corrimos hasta ubicar su procedencia: un viejo pozo
artesanal.
Llevábamos cuerda y la dejamos caer al infortunado de
allá abajo. En cuanto dijo estar listo, nos pusimos a tirar.
Asomó una cabeza de hombre y nos congratulamos por el
feliz rescate.
—Ayudadme —suplicó el hombre—. Por favor, salvadme.
Había algo allá abajo.
Nos acercamos al borde y lo terminamos de subir. Fue
cuando nos dimos cuenta con espanto que el hombre solo era torso: no había
extremidades inferiores, excepto vísceras y girones de carne.
148
Recuerdo que estábamos de cacería. Nos dispersamos y
creo que algo me atacó. Desperté a la mañana siguiente, desorientado. Busqué a
mis amigos y los encontré fácilmente por el olor. También oí que gritaban mi
nombre. Les respondí en un grito que estaba bien y fui en su busca.
Sin embargo, echaron a correr en cuanto me acerqué.
Aun cuando me vieron siguieron corriendo; a pesar de mis gritos no se
detuvieron.
Fue al pasar por un riachuelo que lo comprendí. El que
gritaba no era yo, sino un monstruo antropomorfo. Seguramente tampoco oían mi
voz, acaso algún rugido aterrador.
149
El día era soleado, pero el buque que se acercaba a la
playa estaba envuelto en neblina. Se acercó con parsimonia, casi teatralmente,
y al llegar a la altura de los bañistas, se desintegró. De sus bodegas salieron
miles de alimañas y la gente empezó a gritar y a morir.
Yo me sentí el guardavidas más inútil desde la
seguridad de mi torre.
Los gritos se confundieron con el ruido de mi
despertador y me descubrí asustado y sudoroso en mi habitación.
En el exterior, el día prometía mucho sol.
Ese día empezaba a trabajar como guardavidas.
150
A mitad de nuestro viaje encontramos una laguna
ubicada en un pequeño valle, cerca de un pueblito de nombre desconocido. Hacía
un sol de justicia y nos metimos para nadar un rato.
Todo iba bien hasta que alguien gritó que algo le
había rozado. Entonces, como si respondieran a un aviso, empezaron a emerger
huesos humanos, piernas, torsos, brazos; un aluvión de cuerpos sin carne y
carne a medio podrir.
No fue hasta que los lugareños nos auxiliaron que nos
enteramos de una pequeña historia: aquel era un cementerio que las últimas
tormentas habían anegado.
---FIN---
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