sábado, 2 de diciembre de 2023

Microcuentos 146-150

 146

En el sueño mataba a mi vecino. Irrumpía en su casa tumbando tanto la puerta frontal como la de su habitación. Cuchillo en mano me abalanzaba sobre él y empezaba a acuchillarlo mientras su esposa daba grandes gritos.

Fueron esos gritos los que me despertaron. Y entonces constaté con horror que no era un sueño, había sido real. Estaba cubierto de sangre y los gritos de la mujer no habían cesado.

A los lejos oí la sirena de una patrulla.

Pero más horror me provocó darme cuenta que quien gritaba era mi madre, y el hombre muerto debajo de mí: mi padre.

 

147

Escuchamos el grito de auxilio en el lugar menos sospechado: la mitad del bosque.

Corrimos hasta ubicar su procedencia: un viejo pozo artesanal.

Llevábamos cuerda y la dejamos caer al infortunado de allá abajo. En cuanto dijo estar listo, nos pusimos a tirar.

Asomó una cabeza de hombre y nos congratulamos por el feliz rescate.

—Ayudadme —suplicó el hombre—. Por favor, salvadme. Había algo allá abajo.

Nos acercamos al borde y lo terminamos de subir. Fue cuando nos dimos cuenta con espanto que el hombre solo era torso: no había extremidades inferiores, excepto vísceras y girones de carne. 

 

148

Recuerdo que estábamos de cacería. Nos dispersamos y creo que algo me atacó. Desperté a la mañana siguiente, desorientado. Busqué a mis amigos y los encontré fácilmente por el olor. También oí que gritaban mi nombre. Les respondí en un grito que estaba bien y fui en su busca.

Sin embargo, echaron a correr en cuanto me acerqué. Aun cuando me vieron siguieron corriendo; a pesar de mis gritos no se detuvieron.

Fue al pasar por un riachuelo que lo comprendí. El que gritaba no era yo, sino un monstruo antropomorfo. Seguramente tampoco oían mi voz, acaso algún rugido aterrador.

 

149

El día era soleado, pero el buque que se acercaba a la playa estaba envuelto en neblina. Se acercó con parsimonia, casi teatralmente, y al llegar a la altura de los bañistas, se desintegró. De sus bodegas salieron miles de alimañas y la gente empezó a gritar y a morir.

Yo me sentí el guardavidas más inútil desde la seguridad de mi torre.

Los gritos se confundieron con el ruido de mi despertador y me descubrí asustado y sudoroso en mi habitación.

En el exterior, el día prometía mucho sol.

Ese día empezaba a trabajar como guardavidas.

 

150

A mitad de nuestro viaje encontramos una laguna ubicada en un pequeño valle, cerca de un pueblito de nombre desconocido. Hacía un sol de justicia y nos metimos para nadar un rato.

Todo iba bien hasta que alguien gritó que algo le había rozado. Entonces, como si respondieran a un aviso, empezaron a emerger huesos humanos, piernas, torsos, brazos; un aluvión de cuerpos sin carne y carne a medio podrir.

No fue hasta que los lugareños nos auxiliaron que nos enteramos de una pequeña historia: aquel era un cementerio que las últimas tormentas habían anegado.

---FIN---

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