El
camino era oscuro, estrecho, flanqueado por paredes invisibles que le impedían
salir de la senda. El miedo era absoluto, perpetuo, torturante. Adelante
vislumbraba algo naranja, como una luz, quizá una fogata. Imaginaba que, de
alcanzar aquella luz, se hallaría a salvo. Tras él, pisándole los talones, un
póker de monstruos de pesadilla. Román no sabía de dónde habían salido, ni
cuándo, ni por qué estaba en aquella senda; sólo sabía que de no correr podía
darse por muerto.
Eran
monstruos grandes como caballos, negros, de grandes ojos rojos como ascuas. La
cola inhiesta, las zarpas al aire, los gruñidos amedrentadores… y lo peor, lo
seguían, le daban alcance, lo querían matar. ¿Qué les había hecho él?
El
miedo le hacía sacar fuerzas de donde no las había, así que siguió corriendo,
acercándose cada vez más a aquella luz naranja de delante, de la cual, cuánto
más cerca, más era el calor que de ella provenía. Mientras corría, un
pensamiento más aciago que su situación actual empezó a cobrar forma en su
subconsciente.