El
primero en contar un cuento fue Agustín:
—Esto
es algo que le sucedió a mi abuelo —empezó, dando un sorbo a su lata de
cerveza—. Mi abuelo, amigos, era un hombre avezado, valiente e intrépido. Nada
ni nadie lo asustaba. Cazaba en los bosques más lejanos y recónditos, pescaba
en los ríos más caudalosos y profundos; peleó contra leones y cocodrilos,
pisoteó serpientes de gran envergadura, comió gusanos y bichos cuando, era eso
o morir de hambre… No ahondaré más. Imagino que ya os quedó claro que mi abuelo
no temía a nada.
»Hasta que lo vio a él, al hombre sin rostro, o, de los mil rostros, porque puede adoptar como suyo el rostro de cualquier persona. Él mismo me lo contó, en los días posteriores a su desaparición.
»La
primera vez que lo vio fue al regresar de cacería. Había tenido mala suerte,
por lo que no traía siquiera una liebre. Al principio lo tomó como a una
persona cualquiera, quizá también era un cazador como él, aunque no portaba
ningún arma.
»Al
rato de haberse encontrado en el camino al pueblo ya charlaban y reían como dos
mejores amigos. El rostro con que se le presentó era el rostro de un hombre
curtido por el sol, de bigotes negros y ojos vivaces.
»Mi
abuelo me contó que su más grande error fue hacerle una promesa. Sin saber
quién ni de dónde era aquel sujeto, dejó que le sonsacara la promesa de que un
día iría a su casa para cazar en los más fantásticos parajes y pescar en los
ríos más fabulosos. Cuando llegaban al pueblo, el acompañante de mi abuelo se
detuvo y dijo que en aquella ocasión se quedaría allí, pero que recordara su
promesa.
»Cuando
mi abuelo le tendió la mano para despedirse, el rostro de bigotes negros ya no
estaba, su lugar lo ocupaba una oquedad negrísima. Mi abuelo se quedó sin respiración.
Mientras luchaba para recuperar el aliento, el hombre sin rostro se esfumó, no
sin antes dejar en el aire unas aterradoras palabras: “Recuerda tú promesa”.
»A
partir de ese día mi abuelo dejó de ser el hombre valiente y sagaz que era. Lo
más escalofriante de todo, es que una vez al año, escuchaba claramente en el
viento la terrorífica frase “recuerda tú promesa”. Al final, el hombre sin
rostro vino y se lo llevó. Recuerden que mi abuelo desapareció de su habitación
sin dejar rastro alguno —concluyó Agustín.
Los
otros dos chicos sabían que tenía razón. El abuelo de Agustín había
desaparecido misteriosamente hacía un par de años. Pero no sabían cómo ni por
qué. Ahora sí.
Los
tres se sobresaltaron cuando alguien llamó a la puerta de la casa de Miguel.
—Chicos
soy yo —gritó alguien al otro lado de la casa. Era una voz harto familiar—.
Abridme, soy Mario.
Miguel
se puso de pie y volvió al cabo de un minuto con Mario.
—¿Qué
paso? —preguntó Jonathan— Creíamos que habías viajado con tu padre a la ciudad.
Mario
se encogió de hombros.
—El
coche se descompuso, así que se pospuso el viaje.
—Mejor
para nosotros —aplaudió Miguel—. Anda, toma una cerveza y una salchicha. Es tú
turno Jonathan.
—Bien
—asintió Jonathan—. ¿Han escuchado decir que en mi casa asustan? —inquirió. Los
otros tres chicos asintieron—. Es verdad. Les contaré cómo en una ocasión casi
muero de un susto.
»Sucedió
hace casi un año, en una noche cualquiera. Desperté en medio de la oscuridad,
con una sed terrible. De manera que bajé a la cocina por un vaso con agua.
Prendí la luz y me serví el agua. Tomábame el agua cuando escuché las pisadas.
»Pero
no eran pisadas cualquieras, sino fuertes, poderosas, enormes, como las de un
monstruo. Mi corazón se desbocó, más aún cuando recordé que en esa casa
asustaban. Y entonces vi la sombra, grande, negra, horrorosa. El vaso cayó al
suelo y se hizo añicos cuando lo dejé caer al correr como alma que lleva el
diablo a mi habitación. Mientras subía las escaleras oía las pisadas tras de
mí.
»Créanme,
es inexplicable el horror que se siente cuando en medio de la oscuridad oyes
que algo grotesco te persigue. Es... es… sencillamente aterrador. Llegué
a mi habitación y me refugié en las sábanas, hasta que dejé de oír las
terribles pisadas. Cuando me atreví a ver, a mi alrededor no había nada. El
reloj de la mesilla señalaba las doce y cinco minutos.
»Me
había levantado en plena media noche. Jamás he sentido tanto miedo como el que
sentí en esa ocasión, se los juro. Y jamás he vuelto a bajar por un vaso con
agua.
Después
de un minuto de silencio, intervino Miguel.
—Lo
que os voy a contar le sucedió a mi tío. Mi tío era borracho y mentiroso,
señores, pero en lo que respecta a este relato, creo firmemente que decía la
verdad —empezó Miguel—. Para llegar a su casa, mi tío tenía que pasar cerca de
un cementerio.
»En
ocasiones, como en esta que os voy a contar, mi tío atravesaba el cementerio y
así evitaba dar un rodeo a todo el predio. Normalmente esto lo hacía cuando iba
muy borracho, que es cuando más valientes se vuelven algunos hombres.
»En
una ocasión entre las ocasiones, cuando había luna llena, mi tío iba para su
casa después de una borrachera con sus amigos. Como iba bien borracho, así lo
decía él mismo, y para ahorrar camino, se atrevió a cruzar el cementerio en
plena media noche.
»Apenas
cruzar el perímetro del cementerio, sintió un aire gélido y como que algo lo
observaba, algo maligno, burlón y húmedo. Pero mi tío no sintió miedo, señores,
no, él continuó. Empezó a sentir miedo cuando escuchó un ruido tras él. Pero no
era un ruido casual o repentino, sino que era ascendente.
»Cuando
mi tío, ya con cierto miedo, volvía la vista para intentar vislumbrar la fuente
de aquel ruido, el ruido cesaba y a la vista no había nadie, sólo sepulcros,
silenciosos.
»Me
contó mi tío que el ruido era bastante peculiar, no lo describió con exactitud,
pero dijo que era bastante parecido al de tirar de un objeto plástico sobre
piedras. De pequeños todos hemos tirado de algo plástico ya sea en el patio o
en la calle, así que imagino que debéis tener una idea.
»Mi
tío empezaba a sentir miedo, señores, de verdad. El cementerio parecía no
terminar jamás y aquel extraño ruido lo perseguía como un perrito a su amo. Y
siempre que volvía la vista no había nada. Extraño ¿no les parece?, más
teniendo en cuenta que era noche de luna llena y que todo el cementerio estaba
magistralmente iluminado. Pero, además de tumbas, no había nada, absolutamente
nada.
»Al
final, mi tío corrió más que caminó. Pero el ruido seguía allí, y ahora que
corría, más estruendoso que antes. Hasta que por fin salió, desbocado y sin
aliento, pero salió.
»Pero
antes de salir, el extraño ruido cedió paso a una risa aguda y diabólica. Una
risa que aún lo hace tener pesadillas. Como imaginarán, mi tío jamás volvió a
aventurarse por aquel cementerio, ni de día ni de noche.
Entonces
llegó el turno de Mario.
—Mi
historia es bastante más reciente —dijo Mario, saboreando una salchicha gigante
y pasándosela con cerveza—. Esto les sucedió a unos muchachos, tres muchachos
para ser preciso. Se reunieron una noche para contarse cuentos de terror, beber
cerveza, comer algo y divertirse.
»Si
los pobres hubieran sabido lo que sucedería, seguro no hubieran hecho nada de
eso —los otros tres amigos oían expectantes, más aún porque la voz de Mario se
había vuelto seductora y modulada, no le conocían aquella faceta—. Los amigos
empezaron a contarse cuentos de terror.
»Entonces
se les unió una cuarta persona. Era un desconocido para los amigos, pero como
dijo que él también sabía muchas historias de miedo, lo dejaron sentarse junto
a su fogata y le ofrecieron de su hospitalidad.
»Los
amigos contaron sus historias, una cada uno. Pero cuando llegó el turno del
desconocido, éste se convirtió en lo que en realidad era: el hombre sin rostro.
—¿El
hombre sin rostro? —interrumpió Agustín— Es justo sobre quien conté mi
historia.
Mario
asintió, como pidiendo que lo dejaran continuar.
—Como
decía —continuó—, el desconocido había cedido su lugar a un hombre cuyo rostro
era negrura absoluta. Los amigos se asustaron y quisieron huir. Pero no
pudieron, el hombre sin rostro ya los había elegido para que lo acompañaran a
su morada, para contarse cuentos de terror por toda la eternidad.
»Y
así sucedió, los tres amigos desaparecieron misteriosamente para nunca jamás
ser vistos en el mundo de los vivos.
Miguel,
Agustín y Jonathan guardaban respetuoso silencio ante el relato de Mario.
—¿Queréis
que os diga que día ocurrió eso? —preguntó Mario.
Los
chicos asintieron.
—4
de Junio de 2017.
Helados
de miedo, los tres amigos recordaron que 4 de junio era justo esa noche.
Cuando
alzaron la vista, Mario ya no estaba. Su lugar lo ocupaba un hombre cuyo rostro
era una oquedad negra, oscura y tenebrosa.
---FIN---
Comenta y comparte si te ha gustado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario