El hijo de Casandra, que contaba con siete años de edad, había adquirido, hacía poco, el mal hábito de irse a meter a la cama con ella y su marido. Su excusa siempre era la misma:
―Hay alguien debajo de la cama.
Un par de noches después:
―Hay alguien debajo de la cama.
Casandra no le creía. Su esposo, menos. Pero el
pequeño era la luz de sus ojos, de modo que lo dejaban hacer.
Pero una mañana, mientras hacía limpieza en la
habitación del niño, al observar la cama, le pareció que en realidad tenía algo
de inquietante. La oscuridad de debajo le pareció oscura y ominosa. Las
alusiones de su hijo de que había algo allí, ya no se le antojaban tan
descabelladas.
Se agachó con lentitud, pegó una mejilla al piso y
miró hacia la oscuridad. ¡Todo estaba tan negro! Sacó el celular de entre una
de las copas de su sostén y apuntó con la pantalla iluminada hacia la negrura.
Dos ojos enormes brillaron en la oscuridad. Y el rostro era como el de un niño,
sólo que demacrado y cubierto de costras. El niño-monstruo se alejó de la luz
como una araña. Casandra salió pitando, dando gritos de terror.
Más tarde llevaría a su esposo a mirar también,
incluso movieron la cama. Pero allí no había nadie. Lo que sí había eran marcas
de garras en el piso y en el envés de la cama.
No permitieron que su hijo volviera a dormir allí. Y al poco tiempo se mudaron. Sin embargo, por las noches, creen oír el ruido de unas uñas arañando el piso, esta vez debajo de su propia cama.
---FIN---

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