viernes, 11 de noviembre de 2022

Microcuentos 46-50

 46

Muy pocas personas se reponen cuando, como en mi caso, pierdes de golpe a toda tu familia. Y yo perdí a mi padre, a mi madre, a mis hermanos.

Ya pasaron diez años, sin embargo, el nudo en la garganta se siente igual que aquel día en que me arrojaron a esta isla desierta mientras ellos hacían virar el bote y ponían rumbo al mar abierto.

 

47

Al caer la noche el hombre se levantó con pereza. Se puso la ropa con desgana y se calzó con cansancio. Se colocó la máscara y miró su herramienta de trabajo con hastío. Estaba harto de la rutina, sin embargo, era su trabajo y alguien tenía que hacerlo. Así que cogió su machete y salió a la calle. Era viernes trece y su nombre Jason Voorhees.

 

48

El hombre entró por la puerta, no por la chimenea, como se suele decir. El niño, magullado y con sangre en la comisura de la boca, se había desmayado mientras escribía una carta para él.

—Tranquilo —le susurró al oído—. Te traje un regalo mejor: ¡Venganza!

Le besó la frente, se puso de pie y se encaminó a la habitación en la que dormía el bastardo que lo golpeó.

 

49

Dos detalles son los que más recuerdo del día de mi muerte. Uno, la conmoción y el miedo que sentí al abrir los ojos y ver a mi esposa con un cuchillo en la mano.

Dos, quizá el más doloroso, mientras sucumbía desangrado, mi mejor amigo entró en la recámara, besó a mi esposa y me sonrió con sorna.

Y yo agonizaba y moría.

 

50

—¿Papá? —llamé en un hilo de voz.

Lo oí gemir unos metros a mi derecha. Tenía la rodilla destrozada, aun así, me arrastré en su búsqueda.

Pasé al lado de mi madre, cuyo cráneo destrozado no dejaba nada a la imaginación. Mi hermana miraba el cielo, su pecho vuelto contra el suelo. Llegué hasta mi padre, que me miró esperanzado. Fue entonces que cogí una roca.

—¡Maldito! —le dije—. Te advertí que no condujeras si estabas ebrio. 

---FIN---

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