Eran
monstruos grandes como caballos, negros, de grandes ojos rojos como ascuas. La
cola inhiesta, las zarpas al aire, los gruñidos amedrentadores… y lo peor, lo
seguían, le daban alcance, lo querían matar. ¿Qué les había hecho él?
El miedo le hacía sacar fuerzas de donde no las había, así que siguió corriendo, acercándose cada vez más a aquella luz naranja de delante, de la cual, cuánto más cerca, más era el calor que de ella provenía. Mientras corría, un pensamiento más aciago que su situación actual empezó a cobrar forma en su subconsciente.
Tras
él, los monstruos se acercaban cada vez más. Pero él también se estaba
acercando a aquella luz naranja, al infierno. La luz provenía de allí, no de
una fogata como había supuesto sino de un fuego de enormes dimensiones, gigantesco,
aterrador, y el calor que emanaba de él era agobiante.
Pronto
el calor se hizo insoportable, de tal modo que sentía la piel arder. Aún estaba
lejos, si seguía corriendo, se achicharraría antes de llegar al fuego mismo.
«Al infierno ―pensó―. Este camino lleva al infierno». Así que se detuvo, mejor
morir desgarrado que asándose a fuego lento.
Apenas
se había detenido, los gigantescos monstruos saltaron tras él. De sus fauces
brotaron grandes llamaradas y Román empezó a arder y a gritar.
Despertó
en la cama de su apartamento. Estaba rodeado de fuego; las paredes, los
tapetes, la mesa y las sillas, la cama… él mismo ardía como antorcha. Despertó
gritando de una pesadilla, siguió gritando en la realidad. ¡Un incendio!
Atravesó
los cristales de una ventana con su cuerpo envuelto en llamas. Vivía en el
décimo piso. Cuando se estrelló contra el pavimento puso fin al dolor que aquel
calor lacerante le provocaba.

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