26
Despertó y todo era negrura. Tanteó la pared y accionó
el apagador: la negrura continuó imperturbable. Pasó la mano frente a sus ojos,
nada, apenas sintió el viento.
Empezó a gritar desesperado cuando recordó que tres
días atrás había perdido la vista en un accidente.
27
—Mamá, ¿por qué a mí no me serviste el desayuno?
La mujer miró a otro lado, nerviosa y asustada. El
marido notó su reacción.
—¿Pasa algo, cariño? —preguntó.
La mujer no respondió. ¿Cómo le explicaba que un mes
después de la muerte de su hijo todavía lo miraba como si aún viviera?
28
La niña se ovilló en el rincón al oír los pasos de su
tío. ¡La había encontrado!
El hombre entró en la habitación y la miró, su lengua
remojó sus labios.
Luego apuntó con la escopeta.
—Debí matarte el primer día que te adoptaron —dijo—,
antes de que mataras a mi hermano y a mi cuñada.
Disparó, la niña se apartó, rauda, pero ya no era una
niña.
¡Era un demonio!
29
—¿Quieres compañía?
El hombre miró a los lados, sin estar seguro de haber
oído bien.
—Vine por ti.
No era su imaginación. Era una voz y se acercaba.
—Ya nunca estarás solo.
Lo habría agradecido de no ser porque llevaba un año
abandonado en aquella isla desierta.
30
El asesino apretaba el puñal con rabia.
—¿Dónde está el tesoro? —rugió—. Contesta o te mataré.
No contestó. Ya no importaba. La otra noche que dijo
que en su casa tenía un tesoro, no se refería a oro y joyas. Hablaba de su
esposa y de su hija.
—¿Dónde está el tesoro? —La puñalada entró en su
estómago.
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