viernes, 14 de octubre de 2022

Microcuentos 31-35

 31

El hombre se mesó el cabello, frustrado, asustado, confundido. El demonio frente a él sonreía con sorna.

—No es posible —dijo el hombre—. ¡Es imposible! —gritó.

—El trato era dinero y mujeres a cambio de tu alma. Vine a cobrar.

—¿Cómo es posible? ¡Sellamos el pacto hace tres días!

—Fue lo único que tu alma pútrida logró pagar.


 

32

—Sabías que esto pasaría —dijo la negra figura encapuchada.

—No, no, por favor. —El hombre apenas podía hablar.

—Me llamabas a gritos cada vez que borracho y drogado corrías a toda velocidad.

—Por favor, otra oportunidad, lo suplico.

—Demasiado tarde.

La ambulancia llegó cuando el hombre ya había muerto.

 

33

Mi hijo de cinco años siempre estuvo enamorado del perrito del hijo de la vecina. De manera que cuando lo llevó a casa por enésima vez, le repetí que lo regresara porque tenía dueño. Fue cuando sonrió con complacencia. Vi sus manitas de niño cubiertas de sangre justo antes de escuchar un grito proveniente de la casa de la vecina.

—Ya no tiene dueño, así que me lo puedo quedar.

Me quedé helada al oír que mi vecina gritaba: “¡Mi hijo! ¡Mi pobre hijo!”.

 

34

Dos cosas raras pasaron esa noche.

La primera: Yo doblaba la ropa en la cama cuando mi esposo entró y me abrazó por la espalda. Él nunca era tan romántico.

Segunda: Acercó sus labios a mi oído y preguntó: ¿Estás lista para ser mía?

Él era sordomudo.

 

35

Llevo casado largo tiempo. Y ya me hastié de esta monótona relación. La opción más sencilla es el divorcio. El punto es que lo sencillo siempre es monótono, y lo monótono ya me hastió.

Lo aterrador es que a veces me descubro sonriendo a la vez que pienso en las proféticas palabras dichas por el padre el día de nuestra boda:

¡Hasta que la muerte los separe!

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