¿Qué querían que hiciera? ¿Quedarme de brazos
cruzados mientras mi esposa me jugaba la vuelta? No, ¿verdad?, por supuesto que
no.
Habíame casado con mi infiel esposa siendo ambos
aún muy jóvenes. En ese entonces ella aún no me había fallado, o al menos eso
creo. Era la esposa perfecta, la amorosa, amable, atenta, oficiosa. Y me
quería, vaya que me quería. Tendrían que pasar varios años para que ella
mostrara sus garras.
Primero fueron los pleitos. No le gustaba que me fuera a tomar con mis amigos; no quería que me reuniera con ellos para jugar al póker. Ahora me pregunto ¿por qué?, y me hace dudar de su culpabilidad, ya que, de haberlo sido, esas noches eran los momentos precisos para reunirse con su amante.
Pero luego vuelvo a la carga, ella era culpable, lo
sé. Es increíble que después de tantos años aún me atormente de manera tan
atroz.
Después de los pleitos vinieron sus incesantes
muestras de coqueterías con otros hombres. Ella creía que yo no lo notaba. Pero
nunca he sido ciego, y lo veía todo con una perspicacia aguda.
Cuando salíamos a caminar ella le sonreía a los
hombres, a las mujeres también, pero de ellas no tenía por qué preocuparme. Era
de los hombres de quienes debía temer. Además de las sonrisas, también les
dedicaba miradas tan… seductoras. Y ese caminar que hacía, contoneándose para
un lado y otro, era una clara invitación a los demás hombres. Y yo lo notaba
todo, pero guardaba silencio. Fue allí donde empecé a sospechar de su
infidelidad. Me propuse descubrirla.
La vigilé durante varios meses seguidos. La seguía
sin que ella lo notara, revisaba sus correos, y permanecía noches enteras en
vela, porque sabía que en cualquier momento podía dejar la cama para irse a
reunir con ese otro, con ese con quien me traicionaba.
Era muy lista. A pesar de hacer lo que hice, no
pude descubrirla. Sin duda cubría bien sus huellas. No dejaba rastro. Y eso
sólo me molestaba más. Ella no podía ser más lista que yo, tal vez así lo creía
ella, pero no lo era. Tenía un amante, lo sé, y tarde o temprano la
descubriría, y me las iba a pagar.
¿Pero cómo hacía para verse con otro hombre a pesar
de mi continua vigilancia? Es algo que aún me pregunto, ya que no tengo más que
conjeturas. La respuesta más lógica, es que lo hacía cuando yo me iba al
trabajo. Sin embargo, los vecinos aseguraban que en mi ausencia nadie entraba o
salía de la casa. Además, no fueron pocas las veces que falté al trabajo para
quedarme a vigilarla. Pero nada.
Ya mencioné que era muy lista, y vaya que lo era.
¿Entonces cómo hacía? ¿Cuando iba al mercado?, pero si también la seguía al
mercado. ¿Cuando iba a la escuela a traer al niño? ¿Cuando iba a pagar las
cuentas al banco? A día de hoy aún no estoy seguro de cómo lo hacía.
¡Ah!, pero no se iba a salir con la suya. No, por
supuesto que no.
Sucedió un día antes de que terminara en este lugar
y los doctores me dijeran que estaba loco y que necesitaba tratamiento.
El día anterior, mi esposa me había anunciado que
visitaría a su abuela, porque la pobre estaba enferma. Pero como yo era muy
ducho, siempre iba un paso delante de ella, sospeché que lo que quería era
verse con su amante.
De manera que al siguiente día salí de casa como de
costumbre, pero no fui al trabajo, sino que me escondí esperando a que la
pérfida de mi esposa saliera. La seguí, y efectivamente entró a la casa de su
abuela, anciana aborrecible e igual de infame que su nieta. Al principio opté
por dar media vuelta y marcharme, pero las sospechas pudieron más. Así que me
colé por el jardín y llegué hasta la ventana de la habitación de la vieja.
¡Oh, los gemidos! Más tarde intentarían convencerme
de que eran gemidos de dolor, emitidos por la abuela, pero aquellos gemidos
eran de placer, lo sé. Y no podían provenir de alguien que no fuera mi esposa. De
modo que así era como mi esposa me ponía los cuernos. Se veía con su amante en
la casa de su abuela. Es posible que la anciana se agasajara viendo cómo otro
hombre le hacía el amor a mi esposa. Vieja arpía, por eso nunca me cayó bien.
Después de los gemidos, sobrevino el llanto y las
quejas.
—Ya no lo soporto, abuela —era la voz de mi
esposa—. Sospecha que lo engaño y no me deja siquiera respirar —después, llanto
y otro gemido. ¿Es que continuaba hablando mientras hacía el amor con otro
hombre?
Quería ver, pero no me atrevía a asomarme a la
ventana. Temía que me descubrieran.
—Quiero dejarlo. Siento que me asfixia. Pero no sé
cómo hacerlo.
—Tranquila —pero no era la voz de la abuela, sino
que se trataba de una voz masculina—. Para hacer algo así, debes pensarlo bien.
Por fin reuní el suficiente coraje para asomarme a
la ventana. Y allí estaba ella, no hacía el amor como en un principio había
supuesto, pero descansaba su rostro en los hombros de otro hombre. Cometí una
locura, lo sé, pero no porque estuviera loco, sino porque el dolor y la rabia
me dominaron en aquellos momentos.
Ver a la mujer amada en los brazos de otro hombre
es capaz de trastornar a cualquiera, no digamos a mí, que siempre he sido muy
nervioso. Cegado por el dolor y la ira desenfundé la pistola y asesiné a mi
esposa y a su amante, también a la abuela por colaborar en el complot.
Ahora estoy aquí, encerrado en un cubículo de
paredes acolchadas, acusado de estar loco y sin posibilidad de ver el sol más
de una vez por semana.
El informe policial señalaba que los muertos eran
una anciana y dos nietos. Es increíble que se hayan inventado eso. Creo que
habría reconocido a mi cuñado, y ese hombre que abrazaba a mi mujer no era su
hermano. Era su amante, lo sé.
De todas maneras, ya pasó. Ellos murieron y yo
estoy aquí, sufriendo un terrible castigo ¡Como si lo que hice fuese un crimen!
Y no creo que vaya a salir de este lugar en mucho, mucho tiempo.
---FIN---
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