61
Lo aterrador no fue ver los cadáveres de mis padres.
Lo aterrador fue descubrir el cuchillo ensangrentado en mis manos.
Pero más aterrador era aquella voz en mi cabeza.
—Bien hecho, —dijo—. Bien hecho. ¿No crees que es hora de hacerle una visita al resto de la familia?
62
Por fin, después de largos meses enclaustrados, se
declaró el fin de la cuarentena. Todo el mundo puede salir y celebrar que el
virus se ha extinguido.
Salimos los primeros a la calle, y entre vecinos nos
miramos. En sus ojos veo que se hacen la misma pregunta.
Las provisiones se terminaron hace mucho. Como ellos,
yo también me pregunto: ¿Cuántos más saldrán de esa casa? ¿Cuántos se tuvieron
que sacrificar para que los demás sobrevivieran?
63
Tumbado en la cama sobre mi hombro derecho me pregunto
por qué desperté inquieto.
Entonces lo veo: el rostro macilento y sin vida de mi
esposa me observa desde el otro catre. Un escalofrío recorre mi espalda.
Me levanto y lo cubro con la sábana que se corrió.
No puedo quemarla dentro y el gobierno nos prohíbe
salir de la habitación. Así que allí está, acompañándome aún en la muerte.
64
Hoy cumplo 40 días de encierro y no sé cuándo pueda
salir. He visto la luz del sol en contadas ocasiones y las noticias de lo que
acontece en el exterior son cada vez más alarmantes.
Mi abogado dice que me darán cadena perpetua. No
importa.
Si asesiné a mis vecinos infectados fue precisamente
para escapar del caos que la falta de alimentos y servicios básicos estaba
provocando.
Al menos aquí, en la cárcel, tengo comida y policías
que me resguardan.
65
Me acerqué al ataúd para comprobarlo por mí mismo. Me
negaba a aceptarlo. «Imposible», me dije.
Me abrí paso entre la multitud, asustado por la
expectativa del cadáver en el féretro.
Entonces lo vi. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Era
cierto.
Mis abuelos se acercaron y pusieron sus manos en mi
espalda.
—Vamos —me dijeron.
Yo los seguí.
Era cierto. Como ellos, yo también estaba muerto.
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