martes, 19 de julio de 2022

La niña de blanco

Esta historia me la contó un antiguo profesor, que a su vez le fue contada por su abuelo. Como ya habrán colegido, se trata de una historia antigua. El abuelo de mi antiguo profesor aseguraba que era una historia verídica. Yo no sé decirlo. Ustedes dirán.

Humberto Arroyo era un hombre de mediana edad, solitario, amargado y asqueado de la vida, quizá por ello la vida le jugaría tan mala pasada (así era como mi antiguo profesor iniciaba esta historia, cuando antes de empezar la clase o después de terminarla, nos contaba este relato). Humberto Arroyo vivió y creció en la ciudad, pero nunca se sintió a gusto en ella. De manera que un día decidió mudarse a un pueblo.

Los habitantes de San José lo vieron llegar muy temprano al poblado, cuando el sol apenas despuntaba al alba. Se movilizaba en una carreta que traqueaba a cada giro de las ruedas. La mula que tiraba de su carreta era colorada, flaca, renqueaba y tenía la crin como pelambre. De dónde sacó la carreta y la mula, es algo que ni mi antiguo profesor, ni su abuelo, pudieron esclarecer. Humberto, ante el frío matinal, se resguardaba con un poncho viejo y raído, por la boca expulsaba vaho, mientras que con un pequeño látigo animaba a la pobre mula a caminar más deprisa.


La gente de San José lo saludó amigablemente, mas no recibieron otra cosa que hosco silencio. Humberto Arroyo no era de aquellos que levantara el brazo por algo que no valiera la pena. Y saludar a gente desconocida no valía el esfuerzo de alzar el brazo o abrir la boca, menos con aquel frío. Silencioso, con el único ruido del traqueteo de la carreta, se dirigió sobre el húmedo camino de barro hasta la casa del alcalde.

Humberto Arroyo había ido a San José para quedarse. Consultó con el alcalde (mientras se tomaba un buen vaso de ponche) las propiedades en venta y compró la más barata (también era muy tacaño). No le sorprendió que la casa estuviera sobre una ondulante colina, a casi medio kilómetro del pueblo; después de todo, no podía aspirar a más por tan irrisorio precio. Se dirigió con su carreta hacia su nueva casa y se instaló allí, en medio de la nada y de un silencio sepulcral.

Humberto Arroyo vivió poco menos de un año en San José. Llegó en enero y se le dejó de ver en diciembre. Casi no salía de su nueva vivienda. Su tiempo lo dedicaba a leer una antigua colección de relatos que había traído consigo desde la ciudad, a sembrar y a cultivar unas cuantas hortalizas y flores y a gruñir a los niños que se atrevían a acercarse a su propiedad.

Durante ese tiempo en San José apenas llegaron a conocer una capa del solitario Humberto Arroyo. Supieron que venía de la ciudad, que era hosco, gruñón, solitario y tacaño. No le gustaba cultivar la amistad de nadie, excepto quizá la del alcalde, aunque no se está seguro de esto último, solo se supone porque fue el alcalde la última persona con la que Humberto habló.

Jamás se supo si Humberto tenía familia, ya que nunca lo visitó alguien que pudiera considerarse como tal, ni él contó a nadie que tuviera alguna. De manera que muchos supusieron que no la tenía, y con el paso del tiempo incluso llegaron a decir que Humberto Arroyo era un espíritu vagabundo, un alma en pena. Particularmente creo que Humberto Arroyo era solo un hombre solitario e incomprendido.

Era una noche de diciembre cuando aquel extraño suceso empezó a cernerse sobre Humberto Arroyo. Recostado en una banca de madera, a la luz de una vela (recuerden que es una historia muy antigua y que en ese entonces no había energía eléctrica), releía uno de sus libros favoritos. El reloj de pared señalaba las doce de la medianoche. Lo que menos esperaba Humberto en ese momento era que alguien llamara a la puerta, pero así fue. Humberto, que no creía ni por asomo en fantasmas, se levantó gruñendo, dejó en la mesita el libro y abrió la puerta, pensando únicamente en lo que le diría a aquel insensato por molestarlo a esas horas de la noche.

Una hermosa niña vestida de blanco purísimo estaba de pie en el umbral. Era una pequeña de cabello liso y pelirrojo, su rostro era ovalado, suave y perfecto. Y sus ojos, sus ojos eran oscuros y bellos, pero rebozaban angustia y tristeza a partes iguales. Era la imagen de una niña que cargaba con una gran pena.

Humberto, que había abierto la puerta con un montón de diatribas en la punta de la lengua, las contuvo, y en su lugar preguntó:

—¿Se te ofrece algo, pequeña? ¿O te has perdido?

—¿Me puede regalar un vaso de agua? —dijo la niña, y su voz era dulce, impregnada de dolor y melancolía. Era la voz más triste y dulce que Humberto había escuchado en su vida. En cualquier otra ocasión o a cualquier otra persona, le habría cerrado la puerta de un porrazo, pero no a aquella niña de blanco.

—Por supuesto que sí, mi amor —respondió Humberto, conmovido hasta la médula.

De la tinaja de barro llenó un vaso de agua y se lo tendió a la pequeña. Esta lo cogió, agradeció, dio media vuelta y se alejó.

—¿Para qué quieres el agua? —preguntó Humberto Arroyo al ver que la niña se alejaba llevándose consigo el vaso.

—Es para mi padre —contestó la pequeña y se perdió en la oscuridad.

Humberto Arroyo lamentó perder un vaso, pero no le dio más vueltas al asunto.

El siguiente día todo transcurrió con normalidad. Sin embargo, Humberto no pudo conciliar tranquilidad; la niña de blanco, sus ojos tristes y su voz melancólica no salían de su mente.

Por la noche, Humberto casi había logrado sacar de su cabeza a la pequeña vestida de blanco. Acostumbrado como estaba a acostarse tarde, se quedó leyendo nuevamente hasta la medianoche. Justo a esa hora volvieron a llamar a la puerta. El corazón de Humberto dio un vuelco y por primera vez el fantasma de lo sobrenatural planeó en su cabeza. Con el corazón en un puño fue a abrir.

La niña de blanco estaba justo como la noche anterior.

—Disculpe, ¿podría regalarme un vaso de agua? —pidió.

Estupefacto, demudado, Humberto le dio un vaso con agua. La niña tomó el vaso y se alejó hasta perderse en la oscuridad. Lo más curioso era que la niña parecía desaparecer en un segundo. Hasta esa noche, Humberto no creía en fantasmas, sin embargo, la duda empezó a atenazarle las entrañas.

El siguiente día fue de intranquilidad para nuestro solitario Humberto. No pudo leer porque no podía dejar de pensar en la niña de blanco; no pudo podar sus flores porque las manos le temblaban, y tampoco podía dormir porque la niña, con su vestido de blanco puro y sus ojos cual dos estanques repletos de tristeza, se le aparecía nada más cerrar los suyos.

Esa noche intentó dormirse temprano, mas fracasó con estrépito. A la medianoche volvieron a llamar a la puerta. Convertido en un manojo de nervios, Humberto abrió la puerta. La niña de blanco estaba nuevamente de pie ante el umbral.

—¿Me regala un vaso de agua? —pidió como las otras dos noches.

Humberto, tembloroso y sudoroso, convencido ya de que no trataba con algo de este mundo, le dio el vaso de agua. La niña se dio media vuelta y empezó a alejarse.

—¿Esta vez para qué quieres el agua? —logró articular Humberto antes de que la niña desapareciera.

—Es para mi padre —respondió la pequeña, que desapareció ante los ojos de Humberto tras articular la última palabra.

Las rodillas de Humberto se doblaron y por un momento creyó que iba a desmayarse. Pero se repuso, se arrastró hasta la cama, se echó las sábanas encima, se hizo un ovillo y se quedó así hasta que amaneció.

Por la mañana fue a visitar al alcalde. El alcalde siempre mantenía una botella de whisky del bueno y creyó que era eso lo que necesitaba. Tras probar el licor por dos veces, en el despacho del alcalde, preguntó a este sobre los antiguos dueños de la casita que había comprado.

—Era un pérfido —dijo el alcalde—. La peor persona que alguna vez haya pisado la tierra. Mató a su esposa, violó a dos niñas y quién sabe cuántas atrocidades más. Y hubiera cometido muchas otras si no se le hubiera puesto un alto.

—Así que lo arrestaron.

—De ninguna manera. Lo cogimos entre todos y lo quemamos vivo en el centro del pueblo, era lo menos que merecía.

—Ya veo —pudo decir Humberto, apurando su tercer whisky—. ¿Tenía hijos?

—Solo una niña, se llamaba Brenda —la voz del alcalde se acongojó cuando mencionó a la hija. El alcalde se sirvió su primer whisky, y Humberto tendió su vaso para que se lo llenaran una cuarta vez. Antes de que el alcalde prosiguiera, ya se había hecho una idea de lo que iba a decir—. Era una chiquilla encantadora, tenía diez años, era pelirroja y poseía unos preciosos ojos oscuros.

»Brenda era lo único bueno que tenía ese desgraciado. Ella adoraba a su padre, ¿por qué?, no me lo pregunte, es algo que nunca comprendí. Cuando quemamos al padre, Brenda estaba en mi casa. De alguna manera se enteró de lo que hacíamos, saltó por la venta y llegó hasta donde el canalla ardía en llamas. Aún se me encoge el corazón al recordar los gritos de la pequeña, pidiendo agua para apagar las llamas. —El alcalde calló y siguió un largo silencio.

—¿Qué pasó con la niña? —preguntó Humberto apurando otro vaso de whisky.

 —Murió —fue la respuesta del alcalde—. Murió diez días después de que ardiera el padre. Murió de tristeza. La enterramos un día después, con su vestido favorito, un vestido blanco. Precisamente hoy hace veinte años de su entierro.

Cuando Humberto Arroyo regresó a su casa ya iba borracho. La misma borrachera lo hizo tenderse en la cama y quedarse dormido de inmediato. Cuando despertó ya era bien entrada la noche y un dolor agudo le golpeaba la cabeza. El reloj de pared señalaba cuarto para las doce. Un temor sobrecogedor embargó su ser y deseó haberse quedado dormido hasta el amanecer.

Fueron quince minutos de angustia y temor. Ya convencido de que quien lo visitaba a medianoche era el fantasma de Brenda, esperó la señalada hora sentado en la cama, temeroso de lo que iba a pasar. Con cada minuto que pasaba el corazón se le aceleraba y creía oír dos pequeños pies acercándose a su puerta.

El reloj dio la medianoche justo cuando el primer golpe repiqueteó en la puerta. Fueron tres golpes suaves, dados con los nudillos, o así los escuchó Humberto. Sin embargo, su corazón los acogió como sendos mazazos que hicieron temblar su alma y que sacaron un sudor frío a través de sus poros.

Lentamente abrió la puerta. En ningún momento pensó que lo mejor sería quedarse donde estaba e ignorar la llamada. La niña de blanco y ojos tristes estaba nuevamente ante su puerta.

—Señor, ¿me regala un vaso de agua? —preguntó la infanta.

Humberto le dio el vaso con agua. No obstante, quería comprobar si aquella niña de verdad era Brenda.

—Ya me has dicho que quieres el agua para tu padre —empezó, haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad y coraje—. Pero, ¿para qué la quieres exactamente?

—Para mi padre, ¡es que se está quemando! —dicho esto, la niña se alejó. En su mano, el vaso con agua, a lo lejos, una sombra borrosa ardía en llamas.

El siguiente día, que era vísperas de Navidad, Humberto Arroyo ya no estaba en su casa y en San José no se le volvió a ver nunca más.

Muchos dijeron que había cogido su carreta y su mula y se había marchado del pueblo a mitad de la noche. Otros (especialmente después de que esta historia empezara a circular) aseguraron que el padre de la niña de blanco se lo llevó consigo, incluida carreta y mula.

En fin, no se sabe exactamente qué sucedió con Humberto Arroyo. No obstante, aquellos que creen que el padre de la niña de blanco se lo llevó, aseguran que la noche antes de la víspera de Navidad, a la medianoche, se le puede ver vagando por el pueblo, en una renqueante carreta, tirada por una vieja mula, acompañado de una figura oscura envuelta en llamas y una niña vestida de blanco.

...FIN...

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