Humberto Arroyo era un hombre de mediana edad, solitario,
amargado y asqueado de la vida, quizá por ello la vida le jugaría tan mala
pasada (así era como mi antiguo profesor iniciaba esta historia, cuando antes
de empezar la clase o después de terminarla, nos contaba este relato). Humberto
Arroyo vivió y creció en la ciudad, pero nunca se sintió a gusto en ella. De
manera que un día decidió mudarse a un pueblo.
Los habitantes de San José lo vieron llegar muy temprano al poblado, cuando el sol apenas despuntaba al alba. Se movilizaba en una carreta que traqueaba a cada giro de las ruedas. La mula que tiraba de su carreta era colorada, flaca, renqueaba y tenía la crin como pelambre. De dónde sacó la carreta y la mula, es algo que ni mi antiguo profesor, ni su abuelo, pudieron esclarecer. Humberto, ante el frío matinal, se resguardaba con un poncho viejo y raído, por la boca expulsaba vaho, mientras que con un pequeño látigo animaba a la pobre mula a caminar más deprisa.
La gente de San José lo saludó amigablemente, mas no recibieron otra cosa que hosco silencio. Humberto Arroyo no era de aquellos que levantara el brazo por algo que no valiera la pena. Y saludar a gente desconocida no valía el esfuerzo de alzar el brazo o abrir la boca, menos con aquel frío. Silencioso, con el único ruido del traqueteo de la carreta, se dirigió sobre el húmedo camino de barro hasta la casa del alcalde.
Humberto Arroyo había ido a San José para quedarse. Consultó
con el alcalde (mientras se tomaba un buen vaso de ponche) las propiedades en
venta y compró la más barata (también era muy tacaño). No le sorprendió que la
casa estuviera sobre una ondulante colina, a casi medio kilómetro del pueblo;
después de todo, no podía aspirar a más por tan irrisorio precio. Se dirigió
con su carreta hacia su nueva casa y se instaló allí, en medio de la nada y de
un silencio sepulcral.
Humberto Arroyo vivió poco menos de un año en San José.
Llegó en enero y se le dejó de ver en diciembre. Casi no salía de su nueva
vivienda. Su tiempo lo dedicaba a leer una antigua colección de relatos que
había traído consigo desde la ciudad, a sembrar y a cultivar unas cuantas
hortalizas y flores y a gruñir a los niños que se atrevían a acercarse a su
propiedad.
Durante ese tiempo en San José apenas llegaron a conocer una
capa del solitario Humberto Arroyo. Supieron que venía de la ciudad, que era
hosco, gruñón, solitario y tacaño. No le gustaba cultivar la amistad de nadie,
excepto quizá la del alcalde, aunque no se está seguro de esto último, solo se
supone porque fue el alcalde la última persona con la que Humberto habló.
Jamás se supo si Humberto tenía familia, ya que nunca lo
visitó alguien que pudiera considerarse como tal, ni él contó a nadie que
tuviera alguna. De manera que muchos supusieron que no la tenía, y con el paso
del tiempo incluso llegaron a decir que Humberto Arroyo era un espíritu
vagabundo, un alma en pena. Particularmente creo que Humberto Arroyo era solo
un hombre solitario e incomprendido.
Era una noche de diciembre cuando aquel extraño suceso
empezó a cernerse sobre Humberto Arroyo. Recostado en una banca de madera, a la
luz de una vela (recuerden que es una historia muy antigua y que en ese
entonces no había energía eléctrica), releía uno de sus libros favoritos. El
reloj de pared señalaba las doce de la medianoche. Lo que menos esperaba
Humberto en ese momento era que alguien llamara a la puerta, pero así fue.
Humberto, que no creía ni por asomo en fantasmas, se levantó gruñendo, dejó en
la mesita el libro y abrió la puerta, pensando únicamente en lo que le diría a
aquel insensato por molestarlo a esas horas de la noche.
Una hermosa niña vestida de blanco purísimo estaba de pie en
el umbral. Era una pequeña de cabello liso y pelirrojo, su rostro era ovalado,
suave y perfecto. Y sus ojos, sus ojos eran oscuros y bellos, pero rebozaban
angustia y tristeza a partes iguales. Era la imagen de una niña que cargaba con
una gran pena.
Humberto, que había abierto la puerta con un montón de
diatribas en la punta de la lengua, las contuvo, y en su lugar preguntó:
—¿Se te ofrece algo, pequeña? ¿O te has perdido?
—¿Me puede regalar un vaso de agua? —dijo la niña, y su voz
era dulce, impregnada de dolor y melancolía. Era la voz más triste y dulce que
Humberto había escuchado en su vida. En cualquier otra ocasión o a cualquier
otra persona, le habría cerrado la puerta de un porrazo, pero no a aquella niña
de blanco.
—Por supuesto que sí, mi amor —respondió Humberto, conmovido
hasta la médula.
De la tinaja de barro llenó un vaso de agua y se lo tendió a
la pequeña. Esta lo cogió, agradeció, dio media vuelta y se alejó.
—¿Para qué quieres el agua? —preguntó Humberto Arroyo al ver
que la niña se alejaba llevándose consigo el vaso.
—Es para mi padre —contestó la pequeña y se perdió en la
oscuridad.
Humberto Arroyo lamentó perder un vaso, pero no le dio más
vueltas al asunto.
El siguiente día todo transcurrió con normalidad. Sin
embargo, Humberto no pudo conciliar tranquilidad; la niña de blanco, sus ojos
tristes y su voz melancólica no salían de su mente.
Por la noche, Humberto casi había logrado sacar de su cabeza
a la pequeña vestida de blanco. Acostumbrado como estaba a acostarse tarde, se
quedó leyendo nuevamente hasta la medianoche. Justo a esa hora volvieron a
llamar a la puerta. El corazón de Humberto dio un vuelco y por primera vez el
fantasma de lo sobrenatural planeó en su cabeza. Con el corazón en un puño fue
a abrir.
La niña de blanco estaba justo como la noche anterior.
—Disculpe, ¿podría regalarme un vaso de agua? —pidió.
Estupefacto, demudado, Humberto le dio un vaso con agua. La
niña tomó el vaso y se alejó hasta perderse en la oscuridad. Lo más curioso era
que la niña parecía desaparecer en un segundo. Hasta esa noche, Humberto no
creía en fantasmas, sin embargo, la duda empezó a atenazarle las entrañas.
El siguiente día fue de intranquilidad para nuestro
solitario Humberto. No pudo leer porque no podía dejar de pensar en la niña de
blanco; no pudo podar sus flores porque las manos le temblaban, y tampoco podía
dormir porque la niña, con su vestido de blanco puro y sus ojos cual dos
estanques repletos de tristeza, se le aparecía nada más cerrar los suyos.
Esa noche intentó dormirse temprano, mas fracasó con
estrépito. A la medianoche volvieron a llamar a la puerta. Convertido en un
manojo de nervios, Humberto abrió la puerta. La niña de blanco estaba nuevamente
de pie ante el umbral.
—¿Me regala un vaso de agua? —pidió como las otras dos
noches.
Humberto, tembloroso y sudoroso, convencido ya de que no
trataba con algo de este mundo, le dio el vaso de agua. La niña se dio media
vuelta y empezó a alejarse.
—¿Esta vez para qué quieres el agua? —logró articular
Humberto antes de que la niña desapareciera.
—Es para mi padre —respondió la pequeña, que desapareció ante
los ojos de Humberto tras articular la última palabra.
Las rodillas de Humberto se doblaron y por un momento creyó
que iba a desmayarse. Pero se repuso, se arrastró hasta la cama, se echó las
sábanas encima, se hizo un ovillo y se quedó así hasta que amaneció.
Por la mañana fue a visitar al alcalde. El alcalde siempre
mantenía una botella de whisky del bueno y creyó que era eso lo que necesitaba.
Tras probar el licor por dos veces, en el despacho del alcalde, preguntó a este
sobre los antiguos dueños de la casita que había comprado.
—Era un pérfido —dijo el alcalde—. La peor persona que
alguna vez haya pisado la tierra. Mató a su esposa, violó a dos niñas y quién
sabe cuántas atrocidades más. Y hubiera cometido muchas otras si no se le
hubiera puesto un alto.
—Así que lo arrestaron.
—De ninguna manera. Lo cogimos entre todos y lo quemamos
vivo en el centro del pueblo, era lo menos que merecía.
—Ya veo —pudo decir Humberto, apurando su tercer whisky—.
¿Tenía hijos?
—Solo una niña, se llamaba Brenda —la voz del alcalde se acongojó
cuando mencionó a la hija. El alcalde se sirvió su primer whisky, y Humberto
tendió su vaso para que se lo llenaran una cuarta vez. Antes de que el alcalde
prosiguiera, ya se había hecho una idea de lo que iba a decir—. Era una chiquilla
encantadora, tenía diez años, era pelirroja y poseía unos preciosos ojos
oscuros.
»Brenda
era lo único bueno que tenía ese desgraciado. Ella adoraba a su padre, ¿por
qué?, no me lo pregunte, es algo que nunca comprendí. Cuando quemamos al padre,
Brenda estaba en mi casa. De alguna manera se enteró de lo que hacíamos, saltó
por la venta y llegó hasta donde el canalla ardía en llamas. Aún se me encoge
el corazón al recordar los gritos de la pequeña, pidiendo agua para apagar las
llamas. —El alcalde calló y siguió un largo silencio.
—¿Qué pasó con la niña? —preguntó Humberto apurando otro
vaso de whisky.
—Murió —fue la
respuesta del alcalde—. Murió diez días después de que ardiera el padre. Murió
de tristeza. La enterramos un día después, con su vestido favorito, un vestido
blanco. Precisamente hoy hace veinte años de su entierro.
Cuando Humberto Arroyo regresó a su casa ya iba borracho. La
misma borrachera lo hizo tenderse en la cama y quedarse dormido de inmediato.
Cuando despertó ya era bien entrada la noche y un dolor agudo le golpeaba la
cabeza. El reloj de pared señalaba cuarto para las doce. Un temor sobrecogedor
embargó su ser y deseó haberse quedado dormido hasta el amanecer.
Fueron quince minutos de angustia y temor. Ya convencido de
que quien lo visitaba a medianoche era el fantasma de Brenda, esperó la
señalada hora sentado en la cama, temeroso de lo que iba a pasar. Con cada
minuto que pasaba el corazón se le aceleraba y creía oír dos pequeños pies
acercándose a su puerta.
El reloj dio la medianoche justo cuando el primer golpe
repiqueteó en la puerta. Fueron tres golpes suaves, dados con los nudillos, o
así los escuchó Humberto. Sin embargo, su corazón los acogió como sendos
mazazos que hicieron temblar su alma y que sacaron un sudor frío a través de
sus poros.
Lentamente abrió la puerta. En ningún momento pensó que lo
mejor sería quedarse donde estaba e ignorar la llamada. La niña de blanco y
ojos tristes estaba nuevamente ante su puerta.
—Señor, ¿me regala un vaso de agua? —preguntó la infanta.
Humberto le dio el vaso con agua. No obstante, quería
comprobar si aquella niña de verdad era Brenda.
—Ya me has dicho que quieres el agua para tu padre —empezó,
haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad y coraje—. Pero, ¿para qué la
quieres exactamente?
—Para mi padre, ¡es que se está quemando! —dicho esto, la
niña se alejó. En su mano, el vaso con agua, a lo lejos, una sombra borrosa
ardía en llamas.
El siguiente día, que era vísperas de Navidad, Humberto
Arroyo ya no estaba en su casa y en San José no se le volvió a ver nunca más.
Muchos dijeron que había cogido su carreta y su mula y se
había marchado del pueblo a mitad de la noche. Otros (especialmente después de
que esta historia empezara a circular) aseguraron que el padre de la niña de
blanco se lo llevó consigo, incluida carreta y mula.
En fin, no se sabe exactamente qué sucedió con Humberto
Arroyo. No obstante, aquellos que creen que el padre de la niña de blanco se lo
llevó, aseguran que la noche antes de la víspera de Navidad, a la medianoche,
se le puede ver vagando por el pueblo, en una renqueante carreta, tirada por una
vieja mula, acompañado de una figura oscura envuelta en llamas y una niña
vestida de blanco.
...FIN...
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