36
La mujer suspira con pesadumbre. Otra vez la puerta
permaneció cerrada. Nadie fue a verla tampoco ese día.
—¿Es que están todos muertos? ¡Nadie vino a verme!
—Alégrate por ello, abuela. Eso significa que viven.
Recuerda que los que morimos fuimos nosotros.
37
El hombre fue encadenado por la tarde en el bosque.
Esa noche había luna llena y la gente estaba harta de los continuos ataques del
monstruo.
Lo dejaron allí con la esperanza de que la criatura
aceptara el sacrificio y no bajara al poblado.
38
—Cariño, ¿por qué estás triste?, ¿no te gustó la
comida? —preguntó la madre mientras recogía los platos.
—No es eso. Además, es la primera vez que comemos
carne desde que papá se fue.
—¿Entonces?
—Mi perrito sigue sin aparecer desde anoche.
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—¿Cómo es que estás tan fuerte y sano si en el cuartel
apenas nos dan una ración por día?
—Por las noches voy al bosque. Si eres hábil, siempre
puedes picar algo.
—¿Me llevas?
—Por supuesto.
El dilema ahora es: ¿Aprendo a cazar liebres o de
plano lo llevo a la fosa de caídos en guerra?
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—¡Mamá!
—¡Oh mierda! —maldigo.
La voz proviene del sótano. Mi hijo está allá abajo.
Me aterra pensar cuál será su reacción ante los cuerpos colgados de garfios.
Cuál
no es mi sorpresa cuando al llegar miro que arrastra un pequeño cuerpo aun
vestido.
—¿Es
tu compañerito de escuela?
—Sí,
¿me ayudas a colgarlo?
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