51
Lo único que se encontró junto al cadáver destrozado
fue el arma homicida: un grueso martillo con bandas de cuero negro en el mango.
El día que la policía visitó al esposo de la víctima
para mostrarle una fotografía y preguntarle si algún conocido tenía uno
similar, el pequeño llegó por casualidad y miró la foto.
—Papi —dijo—. ¿No es ese tu martillo de los castigos?
52
El ruido que lo despertó también lo asustó.
Al cabo logró serenarse: solo era el perro queriendo
entrar a la habitación. Sin embargo, gimoteaba, ladraba y rasguñaba la puerta.
El hombre encendió la luz, alarmado de pronto. El
perro lloraba y arañaba la madera, desesperado por entrar. Fue entonces que la
puerta del baño empezó a abrirse.
53
—¡Mamá! —se quejó la niña durante la cena—. La mirada
de mi padre me da miedo.
—No le tengas miedo mi amor, es tu padre, jamás de
hará daño. Nunca más.
—Lo sé. Pero me sigue dando miedo. ¿No sería mejor
enterrarlo que seguir teniéndolo sentado a la mesa?
54
Me despertó el leve golpe en la ventana.
Una mano pequeña, suave, casi infantil, estaba
golpeando el vidrio de la ventanilla desde el exterior.
Lo perturbador fue que en esos momentos mi avión se
encontraba a 30,000 pies de altura.
55
Mi amigo estaba ahí, de pie frente a mí, sonriéndome…
Por un momento sentí paz, hasta que recordé que él
estaba en el ataúd.
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