101
Mamá vino una noche para arroparme y darme un beso en
la frente. Se lo conté a papá y noté cómo sus ojos se dilataban de miedo. Así
que sonreí y mentí aduciendo que había sido un sueño.
A partir de ese día mamá empezó a venir cada noche. Ya no se lo conté a papá ni a nadie. Tengo solo cuatro añitos, pese a ello comprendí que no es natural que una madre muerta te visite por las noches. Aun cuando solo venga a desearte dulces sueños.
102
Debiste creerme cuando te dije que te amaría aún en la
muerte. Así que no te asustes por los susurros que asemejan viento, es mi voz;
ni por el frío que a veces te recorre el cuerpo, son mis manos acariciándote;
ni por los ruidos subrepticios que escuchas en la casa; soy yo dando un paseo.
No te asustes, simplemente soy yo, tu adorado esposo, diciéndote que siempre
estaré contigo.
103
En la esquina vi a un grupo de gente reunida en torno
de algo que despertaba cuchicheos de temor e incredulidad. El morbo y la
curiosidad me impelieron a abrirme paso a empellones. Entonces llegué al centro
del corro y vi el cadáver. Volví a abrirme paso a codazos y me di a la fuga. La
gente no tardó en iniciar la persecución. El objeto de tantos cuchicheos era un
cadáver idéntico a mí. Era el cuerpo de la persona que asesiné para suplantarla
e infiltrarme entre los humanos.
104
Soñé que vivía en un enorme edificio. Las habitaciones
eran celdas cuyo único mueble lo constituía una litera, y hacíamos fila para
recibir los alimentos en una bandeja plástica. Vivía con incertidumbre y temor,
sentimientos que veía reflejados en los ojos de los demás. Entonces desperté y
descubrí que había sido solo un sueño. La realidad era la auténtica pesadilla.
Me encontraba sin hogar y sin familia, siempre escabulléndome de las hordas de
zombis que amenazaban con exterminar la humanidad. Aquel edificio de mi sueño
era la única esperanza. No obstante, no sabía si realmente existía o era solo
una quimera.
105
Allí estaban los tres: papá, mamá y mi hermanita. Me
sonrieron y yo les sonreí. Me saludaron y yo les respondí. Les pedí que se
acercaran, y no se movieron. Les supliqué que me hablaran. En cambio, empezaron
a alejarse, a difuminarse como rocío al calor del sol. Les grité que no se
marcharan, que no me dejaran. Intenté seguirlos pasillo adelante. Lo último que
recuerdo son unas manos sujetándome y una voz: “Aplicadle los sedantes. De
nuevo está viendo a su familia muerta”.
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