viernes, 9 de junio de 2023

Microcuentos 101-105

 101

Mamá vino una noche para arroparme y darme un beso en la frente. Se lo conté a papá y noté cómo sus ojos se dilataban de miedo. Así que sonreí y mentí aduciendo que había sido un sueño.

A partir de ese día mamá empezó a venir cada noche. Ya no se lo conté a papá ni a nadie. Tengo solo cuatro añitos, pese a ello comprendí que no es natural que una madre muerta te visite por las noches. Aun cuando solo venga a desearte dulces sueños. 

 

102

Debiste creerme cuando te dije que te amaría aún en la muerte. Así que no te asustes por los susurros que asemejan viento, es mi voz; ni por el frío que a veces te recorre el cuerpo, son mis manos acariciándote; ni por los ruidos subrepticios que escuchas en la casa; soy yo dando un paseo. No te asustes, simplemente soy yo, tu adorado esposo, diciéndote que siempre estaré contigo.

 

103

En la esquina vi a un grupo de gente reunida en torno de algo que despertaba cuchicheos de temor e incredulidad. El morbo y la curiosidad me impelieron a abrirme paso a empellones. Entonces llegué al centro del corro y vi el cadáver. Volví a abrirme paso a codazos y me di a la fuga. La gente no tardó en iniciar la persecución. El objeto de tantos cuchicheos era un cadáver idéntico a mí. Era el cuerpo de la persona que asesiné para suplantarla e infiltrarme entre los humanos.

 

104

Soñé que vivía en un enorme edificio. Las habitaciones eran celdas cuyo único mueble lo constituía una litera, y hacíamos fila para recibir los alimentos en una bandeja plástica. Vivía con incertidumbre y temor, sentimientos que veía reflejados en los ojos de los demás. Entonces desperté y descubrí que había sido solo un sueño. La realidad era la auténtica pesadilla. Me encontraba sin hogar y sin familia, siempre escabulléndome de las hordas de zombis que amenazaban con exterminar la humanidad. Aquel edificio de mi sueño era la única esperanza. No obstante, no sabía si realmente existía o era solo una quimera.

 

105

Allí estaban los tres: papá, mamá y mi hermanita. Me sonrieron y yo les sonreí. Me saludaron y yo les respondí. Les pedí que se acercaran, y no se movieron. Les supliqué que me hablaran. En cambio, empezaron a alejarse, a difuminarse como rocío al calor del sol. Les grité que no se marcharan, que no me dejaran. Intenté seguirlos pasillo adelante. Lo último que recuerdo son unas manos sujetándome y una voz: “Aplicadle los sedantes. De nuevo está viendo a su familia muerta”.

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