Conducía
a velocidad moderada y una canción romántica sonaba en el estéreo cuando las
luces iluminaron la silueta de un coche, fuera de la carretera. El coche se
había salido de la calle y se había estampado contra un árbol. Su primer
pensamiento fue continuar su camino, pero la curiosidad pudo más que la
prudencia. Así fue como estacionó su coche en la orilla y bajó a dar un
vistazo.
No tenía lámpara a la mano, pero la luz de la luna permitía ver con cierta claridad después de que los ojos se hubieron acostumbrado a ella. Se trataba de una camioneta, algo pasada de moda, negra y de vidrios oscuros. Había caucho allí donde los neumáticos habían derrapado. El árbol contra el que chocó estaba inclinado, como si el golpe hubiese estado a punto de derribarlo. La parte delantera de la camioneta estaba aplastada, tenía el capote levantado y encogido y los vidrios de las ventanillas rotos.
David
se acercó cautelosamente a la camioneta. Con la luz de la pantalla del celular
iluminó el asiento del conductor. No había nadie. David retrocedió impresionado.
Había esperado encontrar al desafortunado conductor hecho un desastre y sin
vida, sin embargo, no había nadie. Luego reparó en la sangre que había en los
bordes del vidrió de la ventanilla delantera; el hombre había salido por allí.
Con
creciente horror, pero igual curiosidad, avanzó hacia adelante. Encontró al
conductor recostado contra el tronco de un árbol diez metros más adelante. El
rastro de sangre señalaba que se había arrastrado y que él mismo se había
puesto en aquella posición. David observó horrorizado y maravillado la escena.
El hombre tenía cortes en el rostro, los brazos y el tórax. Las piernas las
tenía dobladas en un ángulo tan grotesco que alguien con menos estómago habría
vomitado allí mismo. David se maravillaba que el hombre hubiese tenido aliento
para arrastrarse hasta allí.
Estaba
muerto.
Los
pantalones negros estaban rotos y manchados de sangre. La playera, con la
imagen de una calavera en la parte frontal, también estaba rasgada allí donde
los vidrios le habían desgarrado la carne. Tenía la cabeza apoyada contra el
árbol y los párpados cerrados. De pronto los ojos se abrieron. Dos ojos blancos
y grandes.
David
retrocedió, y por poco cae de culo.
—¡A-a-a-yu-da!
—gimió el hombre mientras extendía una mano hacia él.
David
retrocedió un par de pasos, dio media vuelta y corrió despavorido hasta su
coche. Puso el motor en marcha y condujo para alejarse de allí. Más tarde se
reprendería por haber reaccionado así. Había sido por temor, sí, eso era.
Durante una fracción de segundo había tenido la terrible sensación de que el
hombre estaba muerto y que le pedía ayuda desde el más allá, desde el mundo de
los no vivos. Su mente racional le decía que eso no era posible. Pero una parte
de su ser le decía lo contrario.
Llegó
a su casa cerca de la una de la madrugada y se echó a dormir de inmediato. Le
costó un mundo conciliar el sueño. En la pantalla de su mente veía desfilar una
y otra vez aquellos ojos enormes y blancos. Si no eran los ojos era el cuerpo
entero. Veía los arañazos, los desgarrones en su piel, sus piernas atrofiadas.
Y cuando no era lo uno ni lo otro, en el fondo de su mente oía la palabra «¡A-a-a-yu-da!»,
tal cual la había pronunciado el muerto, débil, susurrante, cargada de dolor y
miedo.
Después,
mucho después de haberse acostado, y tras medio centenar de vueltas en la cama,
se sumergió en un sueño liviano e intranquilo. Cosa nada rara, soñó con el
muerto de la carretera. Lo soñó tal cual lo había visto, con el pantalón negro
y desgarrado, con la playera de la calavera en la parte delantera manchada de
sangre, con las piernas en un ángulo repulsivo. Y él estaba allí, de pie.
Entonces el hombre abrió aquellos ojos inhumanos y con su último aliento
extendió la mano hacia él y suplicó su ayuda. Despertó jadeante y sudoroso.
Aterrorizado escudriñó la oscuridad de su habitación, tenía la sensación de que
algo o alguien oscuro y maligno lo vigilaba. Pero no había nadie, sólo estaba
él, su entrecortada respiración y su sudor.
—Sólo
fue una pesadilla —trató de consolarse en un susurro.
Se
arrebujó en las sábanas y volvió a intentar conciliar el sueño.
Cuando
llegó la mañana, David apenas si había podido dormir. No recordaba las veces
que se despertó sobresaltado al soñar una y otra vez con el mismo individuo, la
misma pesadilla. Siempre se despertaba cuando el hombre extendía su mano y
suplicaba ayuda.
«Debí
haberlo ayudado —pensó—. No debí huir como cobarde. Es mi propia conciencia
quien me atormenta».
Afortunadamente
la ducha matutina le ayudó a despejar la mente y el trabajo mantuvo ocupada su
cabeza lo suficiente como para no preocuparse de un hombre muerto en un
accidente de carretera y en las pesadillas derivadas de su visión.
Hasta
la noche.
Comía
una ensalada de carne en el sofá, cuando en el noticiero informaron sobre la
muerte de un tal Björn Sorensen. Su camioneta se salió de la carretera y se
estampó contra un árbol. La autopsia reveló que murió alrededor de las cuatro
de la madrugada, si alguien lo hubiese auxiliado era probable que hubiera
vivido. David mira anonadado una fotografía del fallecido, es el mismo tipo del
que huyó la noche anterior.
«Si
alguien lo hubiera auxiliado hubiera vivido», piensa.
Esa
noche las pesadillas lo vuelven a acosar. Sólo que ahora han sufrido una
variación. Björn ya no se limita solamente a pedirle ayuda, sino que dice algo
más:
—¿Por
qué no me ayudaste?
En
el sueño David se echa a correr como loco. Pero no corre hacia el auto como lo
hizo en la realidad, porque no hay auto, sino que lo hace hacia la negrura que
es el bosque. De reojo ve que el hombre empieza a ponerse de pie y su sonrisa
maquiavélica deja entrever que piensa perseguirlo.
David
despertó con tal pavor que su único deseo es no volver a dormir. Tras la
pesadilla se levantó y fue a prepararse una taza de café. Mientras se la toma
en la cocina no deja de mover los ojos nerviosamente, tiene miedo, un profundo
miedo de que algo lo está acechando. El espectro de Björn Sorensen tal vez.
Tras
una segunda taza de café logra calmarse y analizar su situación. Es la culpa,
piensa, es la culpa la que lo atormenta. Trata de apaciguar su conciencia
explicándole que él creyó que el hombre ya estaba muerto, y que por eso no lo
ayudó. Si logra convencer a su fuero interior de que él no tiene la culpa de
que el tal Björn haya muerto, entonces todo cesará, el miedo y las pesadillas.
Por
supuesto, él está convencido de que no es su culpa. Después de todo, él no
causó el accidente. Pero las pesadillas siguen, siguen y siguen. Esa noche
sigue teniendo el mismo sueño, en el que se despierta tras echarse a correr
hacia la negrura del bosque.
La
siguiente noche el sueño sufre una nueva variación. Tras echarse a correr hacia
el bosque, ve como Björn se pone de pie y empieza a perseguirlo. Verlo correr
con las piernas dobladas en aquel ángulo tan grotesco resulta más perturbador
que cualquier cosa en el mundo, aún en el mundo de los sueños. Sin embargo,
corre más rápido que él y pronto le da alcance. Cuando Björn alarga la mano
para cogerlo por la chaqueta, David despierta llorando como un bebé.
Ese
día las ojeras de David semejaban dos bolsas negras. No faltó en el trabajo
quien le preguntara si se encontraba bien, a lo que David respondió que solo
había tenido una mala noche. Incluso la señora Marta, la dueña del piso que
alquilaba, le preguntó por su salud.
Lo
cierto era que David estaba al límite. Apenas si dormía y cuando lo hacía era
para ser acosado por aquellas terribles pesadillas. No hallaba qué hacer. Si
seguía así pronto enfermaría por falta de sueño. Incluso estaba empezando a
pensar que lo que le sucedía no era algo natural. Al principio había creído que
todo era producto de su subconsciente, de su sentido moral, de su conciencia.
Pero aquella culpa, más concretamente las pesadillas que no lo dejaban dormir,
lo estaban matando. Hasta el momento no había escuchado de alguien a quien la
culpa lo atormentase de tal forma que terminase enfermando y muriendo. Si todo
seguía así, era muy probable que él fuese el primero.
Esa
noche se tomó dos pastillas somníferas muy potentes. Estaba dispuesto a dormir
sí o sí, aquella situación ya se había prolongado durante demasiado tiempo
según su parecer. Apenas se acostó en la cama, quedó dormido de inmediato.
David
detuvo el coche a la orilla de la carretera. Se bajó y se acercó a la escena
del accidente con mucha cautela. Después de revisar un rato encontró el cuerpo
del hombre recostado en el tronco de un árbol. Tenía la sensación de que
aquella escena ya la había vivido varias veces. El hombre estaba hecho un
desastre. Los ojos se abrieron súbitamente y lo miraron. La mano del hombre se
extendió y susurró pidiendo ayuda. David se echó a correr. Buscó su auto, pero
no lo encontró. ¡Había desaparecido! ¿Cómo era eso posible?
Mientras
buscaba el auto vio que el hombre del accidente se ponía de pie.
—¿Por
qué no me ayudaste? —le dijo.
David
echó a correr cual si el mismo diablo lo espolease. El hombre, con las piernas
atrofiadas, se echó a correr tras él. David volvía de vez en cuando la vista
para verlo, parecía una araña con las piernas abiertas de aquel modo. Y como
una araña corría, pronto le daría alcance.
—¿Por
qué no me ayudaste? —preguntaba tras él su perseguidor.
Pronto
tuvo al hombre encima. Lo cogió de un brazo. David se retorció y logró zafarse,
pero pronto el individuo lo había cogido de nuevo. Tropezó y los dos hombres
rodaron en el suelo. Al final, el hombre quedó sobre él a horcajadas. David vio
el rostro de Björn, no sabía cómo se había enterado, pero sabía que así se
llamaba, ensangrentado y lleno de cortes.
—¡Debisteis
haberme ayudado! —dijo y una mano como garra descendió furiosamente hacia su
garganta.
David
despertó más sobresaltado que nunca. Instintivamente se llevó las manos a la
garganta. Había sido sólo un sueño, pero todo había sido tan real… No tenía
nada en la garganta, estaba bien. Maldijo por la bajo, se levantó y se metió al
baño para buscar otro par de pastillas. Aquella noche dormía porque dormía.
Prendió la luz y por poco se le para el corazón cuando vio su reflejo en el
espejo, tenía varios desgarrones en el pijama, y, aunque no sentía dolor
alguno, estaba embarrado en sangre.
De
pronto Björn estaba allí.
—¡Debisteis
haberme ayudado! —dijo.
Y
se abalanzó sobre él.
---FIN---

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