Porque
soy un criminal. Lo soy. También un pecador. Aunque creo que ambas cosas son lo
mismo. Lo que hice pudo haber sido obra de la locura. Si me hubiese dejado
atrapar, y hubiera confesado estar loco, probablemente me hubieran creído, y mi
castigo habría sido un par de años en un manicomio. Pero los hubiera no
existen, o al menos eso escuché alguna vez, allá, en el mundo de los
hombres. Y lo que hice, lo hice en pleno poder de mis facultades
mentales. Por eso es que estoy aquí.
Aquí,
en la negrura de mi celda, rememoro lo que hice en el mundo de arriba, en el
mundo de los humanos. Mi sentido del tiempo me dice que llevo en esta celda
horas, un día cuando mucho. Apenas he abandonado el mundo de los humanos, de
los hombres, sin embargo, lo siento como algo lejano, como algo que jamás
volveré a ver ni tocar. Corazonadas que presiento no están del todo
desencaminadas.
Recuerdo que allá era un hombre solitario, hosco y resentido con la vida. Casado hasta hacía tres años, pero que las golpizas que le propinaba a mi esposa después de cada borrachera, hicieron que el matrimonio se resintiera poco a poco hasta concluir en divorcio. Lo que más me dolió del divorcio fue la pérdida de mis dos pequeñines, Mike contaba con cinco años en el momento de la separación, y Carina solamente contaba con tres añitos de edad.
Hacía
un par de años que había dejado de amar a mi esposa, más concretamente;
exesposa. Sin embargo, cuando me enteré que tenía un amante, fue como una
bofetada, como un mazazo en mi decaído corazón. Días después me enteré que su
amante no era nadie más que Ben, mi mejor amigo. ¡Oh dolor tan atroz! Cómo el
corazón humano puede sufrir tanto y no sucumbir instantáneamente.
Me
sentí traicionado (y que pocas son las emociones que hacen sufrir tanto como el
sentirse traicionado), no sólo por mi mujer, sino también por mi mejor amigo.
Yo sabía que tarde o temprano mi mujer tendría que rehacer su vida, pero lo que
no esperaba es que pensase rehacerla con mi mejor amigo. Ex mejor amigo.
De
manera que resolví matarlo. Que rehiciera su vida con quien quisiera, menos con
un amigo.
También
sopesé durante largas noches asesinarla a ella. Pero desistí en tales
pensamientos por el amor que profesaba a mis pequeñines. Los quería más que
nada en el mundo, y no sería yo quien los dejara sin madre.
El
día que cometí el más horrendo de los pecados, ayer probablemente, amaneció
sombrío y lúgubre. Como si fuese un presagio de mis macabras intenciones.
Recuerdo que pasé medio día sentado en un banco, en mi habitación, mientras con
un paño húmedo de aceite, frotaba una y otra vez mi 38, portadora de muerte.
Sonreía con malicia mientras en mi mente mataba una y otra vez a Ben. Sí.
Primero le miraría a la cara y le gritaría que nunca de los nunca debió haberse
enredado con mi exesposa. Después le dispararía en el corazón.
Después
de mediodía salí a dar una vuelta. El revólver escondido en mi cintura. Estaba
nervioso, es cierto, pero era más por ansiedad que por miedo. Ansiedad porque
llegase la noche y pudiese ajustar cuentas con el amante de mi mujer. Recuerdo
que pasé la tarde deambulando por todos lados.
Fui
a comer a un pequeño restaurante. Me tomé unos tragos en la cantinita de don
Sergio. Charlé un rato con Vicky, la hija de doña Marta, la señora del almacén
de la esquina, y dejé entrever que mis sentimientos por ella eran menos
fraternales de lo que parecían.
Hasta
que por fin llegó la noche. El momento que estaba esperando. Entré al coche
alquilado y fui a estacionarme frente a la casa de Ben, esperando que regresase
del trabajo. Esperé con creciente nerviosismo el arribo de mi ex amigo. Pero
éste no se produjo. Transcurrió una hora sin rastros de él. Ya impaciente, salí
del coche y le pregunté a un vecino por Ben.
—Regresó
algo más temprano del trabajo —informó—. Pero sólo estuvo un rato en casa.
Después volvió a salir, imagino que a ver a su novia, la que era mujer de… —de
pronto me reconoció— ¡Perdón! —balbució, la vista clavada en la punta de sus
zapatos.
—Descuide
—recuerdo haberle dicho.
Volví
a subir al coche y me alejé de allí.
Primero
pensé en regresar el coche a la empresa de alquiler, y dejar la muerte de Ben
para después. Pero algún absurdo se apoderó de mí y en lugar de conducir hacia
cualquier lado, conduje directamente a la casa que el juez había decretado
debía pagar a mi ex mujer. De alguna manera estaba decidido a asesinar a Ben
esa misma noche.
Efectivamente
el coche de Ben estaba aparcado frente a la casa de ella. Decidí esperar a que
saliera, después le daría muerte allí mismo. Esperé, esperé y esperé. Mis
nervios se acrecentaban con el paso de los minutos. Del interior de la casa
salían risas y conversaciones alegres. Algunas de aquellas risas eran
inconfundibles, y me taladraron el corazón de forma horrorosa, eran las risas
de mis pequeñines. Mike y Carina se estaban divirtiendo con aquel imbécil que
planeaba suplantarme.
Tomé
la decisión de colarme por el jardín y asomarme a una de las ventanas. De
manera que salí del coche y me acerqué como lo haría el más sigiloso de los
ladrones. Allí estaban los cuatro. Mi mujer y Ben, sentados en el sofá, un
brazo alrededor del otro. Entre las piernas de mi ex amigo estaba metida
Carina, sonriente, mientras jugaba con una de sus enormes manazas. Mike, corría
por la sala, riendo, gritando. Parecía perseguir algo. Era una pequeña pelotita
que rebotaba por todos lados. Cuando la cogió, corrió hacia Ben mientras
gritaba “¡La atrapé, papi! ¡La atrapé!”.
La
traición de mi mujer me dolió, la de mi amigo un poco más, pero la que desgarró
mi corazón y me cegó de locura fue la de mis dos pequeñines. ¡Así que hasta
ellos me habían cambiado! Dos gruesas lágrimas descendieron por mis mejillas.
Recuerdo haber dado media vuelta y echarme a correr hacia el coche, pero de
alguna forma me las ingenié para llevar a cabo la peor insensatez que un hombre
puede hacer. Eché abajo las persianas de una de las ventanas y me metí a la
sala hecho una furia.
—¿Qué
demonios significa esto? —rugió mi ex mujer plantándose frente a mí.
Me
llevé la mano a la cintura, cogí el arma y le disparé dos veces en el pecho.
Los
niños se pusieron a gritar como posesos. Ben echó a correr.
Tres
balas impactaron en su espalda y cayó muerto.
—¿P-p-or
q-ué? —logró balbucear mi mujer, ya a las puertas de la muerte.
—¿Por
qué? —repliqué hecho una furia— ¿Por qué? —le di una fuerte patada en las
costillas— ¿Todavía te atreves a preguntar por qué? —volví a golpearla una y
otra vez, hasta que murió. Sin embargo, yo la seguí pateando.
—¡Deja
a mi mamá! —chilló Mike. Se me prendió en una pierna y me la mordió. Me lo
desprendí de un pescozón y antes de que pudiera darme cuenta de lo que hacía le
disparé la última de las balas que tenía el revólver.
Me
arrodillaba a su lado para intentar auxiliarlo cuando oí que Carina gemía junto
al cuerpo sin vida de Ben, lo sacudía y gritaba ¡Papi, despierta! ¡Papá! ¡Por
favor! No lo pude soportar. Me estaba traicionando. También merecía morir.
Apunté con el arma y halé el gatillo, pero no se produjo ningún disparo. Se
habían terminado las municiones. Pero para terminar con la vida de una niña de
seis años no se necesitaba gran cosa. Así que me acerqué a ella, la cogí del
cabello y la estrellé contra la pared, una y otra vez hasta que las paredes
quedaron cubiertas de sangre y sesos.
La
policía debió andar rondando cerca, porque irrumpieron en aquellos momentos en
la casa. Me apuntaron con sus armas y me gritaron que dejara a la niña y alzara
las manos. Pero yo aún oía gemir a Carina. Todavía estaba viva. Hice caso omiso
de la policía y la volví a estrellar contra la pared.
Se
oyeron dos disparos. No estoy seguro, pero creo que uno me dio en el corazón y
el otro en la cabeza. Irremediablemente morí.
Y
ahora estoy aquí, en esta negra celda, esperando que vengan a buscarme para
dictarme sentencia.
Pasan
las horas y la negrura de mi celda parece acentuarse aún más. El miedo a lo que
harán conmigo crece a cada segundo y estoy temiendo que vengan a buscarme,
porque temo que no lo harán para algo bueno. Casi preferiría pasar toda la
eternidad en esta oscura celda. Pero sé que no será así.
Escucho
pisadas. Sí. Son pisadas suaves sobre la dura roca del piso. Ahora veo una pequeña
luz en la negrura que me rodea. Es una luz débil, anaranjada y titilante. Se
está acercando a mí. Creo que es una antorcha. Sí, es una antorcha. La porta un
hombre con cabeza de carnero que se ha plantado frente a mi celda y maneja una
gruesa llave para abrirla. De pronto han aparecido gruesas cadenas en mis
tobillos, muñecas y cuello. El hombre con la cabeza de carnero tira de ellas y
me guía por interminables pasadizos. Le pregunto qué sucede, qué piensan hacer
conmigo, dónde estoy, pero el extraño personaje ni siquiera se digna verme.
Después
de horas y horas de caminar por oscuros pasillos, llegamos ante unas puertas
enormes, de decenas de metros de altura y una anchura similar a la de una
autopista. Las puertas se abren. El hombre con cabeza de carnero me conduce al
interior. Es una sala enorme, gigantesca. Está repleta de gente, pero sólo los
encadenados, igual que yo, parecen humanos. El resto tienen cabeza de carneros,
de toros, de gallos, de serpientes, de loros… se sientan en interminables bancas
que se pierden de vista y aplauden cuando el diablo, sentado en un gran
escritorio al frente de la sala, condena a uno de los encadenados a una
eternidad en el infierno.
Pero
no todos son condenados. En otro escritorio, junto al diablo, hay un ángel, con
las alas doradas, creo que es Jesús, o algún representante, así como tampoco
estoy seguro que el otro sea el diablo. La otra mitad de la sala está repleta
de ángeles, con vestiduras blancas, impolutas y alas como de algodón, sentados
también en bancas que se pierden de vista, y aplauden cuando alguno de los
encadenados es elegido para ir al cielo por una eternidad.
Después
de días y días de espera, y de presenciar miles de juicios, llega mi turno. No
me hago ilusiones, sé cuál será el resultado. Monstruos horribles enumeran en
orden cronológica todos mis pecados, el último, el asesinato de cuatro seres
humanos, mi familia. Ángeles de blancas ropas y rostros sin macula enumeran de
igual manera mis acciones buenas. La diferencia es apabullante. El diablo, si
es que es el diablo, me condena a una eternidad de sufrimientos en el infierno.
El otro juez parece triste por la decisión.
Me
guían a una poterna, la abren y me dejan ver durante un minuto lo que me
aguarda allá abajo. Lagos de fuego, plagas, monstruos, dolor, miseria, hambre,
odio, torturas… Grito pidiendo perdón, pero ya es muy tarde. Me empujan y me
precipito hacia el sufrimiento eterno.
---FIN---
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Aunque es predecible el final, es muy buena la narración y nos lleva a pensar que toda acción tiene sus consecuencias y que por eso hay que tratar de hacer más cosas buenas ya que al final podemos ganarnos el perdón.
ResponderEliminarBueno, por algo se llama relato de un condenado. Y sí, en muchas ocasiones he pensado que de existir cielo e infierno por qué no hacer un balance entre acciones buenas y malas para decidir tu destino. Eso de arrepentirte de último minuto, o ser un santo y pecar antes de morir y ganar cielo o infierno por esa última acción, simplemente no me parece.
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