En esos momentos estaba a mitad del bosque, rodando
entre baches, solo. Los árboles que lo rodeaban eran delgados y altos, de
frondosas ramas que se entrelazaban formando una techumbre, incluso encima del
camino, de manera que casi siempre estaba en penumbras.
Noé pensaba que ese lugar era tétrico cuando su auto
se hundió de golpe. «¿Qué mierdas? ―maldijo― Pero si no había nada enfrente». El asunto es que cuando bajó para ver de qué iba el
problema, descubrió una gruesa cadena de enormes púas, que habían bajado los
neumáticos delanteros de golpe. Las cadenas estaban en un pequeño surco,
revelando que habían permanecido ocultas hasta que estuvo casi encima. Fue por
esto que se puso de pie de un salto.
Había un hombre en cada extremo del camino, y otro a
un costado. Los tres usaban pasamontañas y tenían sendos machetes en las manos.
Los sostenían de forma amenazadora.
―Lo quiero muerto ―dijo uno de ellos, con voz fría, malévola.
Noé hizo lo único que pensó que podía hacer: echarse a
correr en la dirección que no había ningún hombre. Afortunadamente lo frondoso
de las copas mantenía casi limpio el suelo, a no ser por el mantillo de musgo y
hojas muertas. Eso le permitió correr sin obstáculos. Lo malo es que los tipos de
los machetes también podían hacer lo mismo. Peor aún, eran más rápidos que él,
según constató momentos después. Uno de los tipos iba tras su estela; los otros
dos, lo estaban desbordando por los costados.
Hasta ese momento no se había detenido a pensar qué
carajos estaba ocurriendo. Todo había pasado en un santiamén, sin tiempo para
pensar en cómo había terminado allí, ni qué carajos hacía corriendo a la mitad
de un tenebroso bosque. Oh, sí, al menos eso estaba claro: escapaba de tres
dementes que lo querían hacer pedacitos. Pero, ¿por qué? «Porque están locos y yo no soy el hombre con más
suerte del mundo».
De pronto vio algo de claridad por delante y empezó a
llegar a sus oídos el rumor del agua. «¡Un
río!», pensó que podría cruzarlo y escapar, en eso de nadar
era mejor que la mayoría. Cuando alcanzó la claridad, se llevó una decepción,
pues no era un río, sino sólo una garganta de unos cuatro metros de profundidad
por diez de ancho, en cuyo centro corría un arroyo de aguas pardas.
Sus perseguidores estaban cerrando el cerco, así que
otra vez no tuvo mucho tiempo para pensar. Saltó antes de que lo alcanzaran.
Dobló las piernas con el impacto y rodó para amortiguar la caída. Se detuvo a
escasos centímetros del agua. Se echó a correr corriente abajo, pensando que su
única opción de escapatoria estaba en que ese riachuelo desembocara en un río
antes de que se rindiera a la fatiga. «Eso
o que dé con alguna aldea». Tras él saltaron los enmascarados. La persecución
continuó apenas sin cambios.
Al principio pensó que era cansancio. Sintió un
escalofrío y le pareció que su corazón latía desaforado. La atmósfera se volvió
pesada, cada paso le costaba más y el mundo ante sus ojos se sumergió en
penumbras. Nunca había sufrido un infarto, pero por un instante pensó que
podría estar siendo víctima de uno por el cansancio.
Más adelante vio una cueva, cuya boca era negra. De
alguna forma le recordó a una boca de un carroñero, de olor putrefacto y
nauseabundo. Tuvo la certeza de que, si se acercaba a esa cueva, podía darse
por muerto. Volvió la vista, vio a los tres perseguidores, así que siguió hacia
delante, hacia la cueva.
De la cueva le llegó un hedor a carne en
descomposición, nauseabundo. Con el hedor vino el aire, que lo envolvió,
mareándolo, dejándolo incapaz de continuar. Después hubo un sonido como de
succión y se vio arrastrado hacia la cueva. Intentó gritar, aunque nunca supo
si de su garganta brotó ruido alguno. Adentro estaba oscuro y el hedor era
mucho peor. Sintió que algo lo envolvía, algo que parecía vivo pues se movía,
sin embargo, el contacto le recordaba al lodo. Cuando vino el dolor, supo que
se estaban alimentando de él.
*****
Los tres hombres se detuvieron a cien metros de la
cueva, satisfechos de haber cumplido su parte. «¡Tres!
―contó mentalmente uno de ellos―. Cuatro más y cumpliremos con lo que la criatura
pidió, después, nos hará ricos, como prometió».
Lo que no sabían era que la criatura los estaba
usando. Lo que hacía en el interior de la cueva era regenerar su cuerpo. Con
siete hombres fuertes lo conseguiría. Entonces podría salir y hacer aquello que
más sabía y placer le provocaba: aterrorizar el mundo.
---FIN---

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