Me
encuentro encerrado en la celda más oscura que se pueda imaginar. Oscura creo
que es una palabra que se queda corta. En realidad es negra, completamente
negrísima. Agito mis pecadoras manos frente a mi rostro, siento el aire que se
agita con su paso, pero no veo nada. A veces, en mi casa, cuando se iba la
energía eléctrica y todo se quedaba oscuro, bastaba con quedarme sentado un
rato, esperando que los ojos se acostumbraran a la falta de luz, luego era
posible distinguir las siluetas de lo que me rodeaba. Pero aquí no es posible
eso. Llevo muchas horas acá, arrebujado contra la pared de mi prisión, pero
todo sigue igual, tan negro como los crímenes que me trajeron a mi celda.
Porque
soy un criminal. Lo soy. También un pecador. Aunque creo que ambas cosas son lo
mismo. Lo que hice pudo haber sido obra de la locura. Si me hubiese dejado
atrapar, y hubiera confesado estar loco, probablemente me hubieran creído, y mi
castigo habría sido un par de años en un manicomio. Pero los hubiera no
existen, o al menos eso escuché alguna vez, allá, en el mundo de los
hombres. Y lo que hice, lo hice en pleno poder de mis facultades
mentales. Por eso es que estoy aquí.
Aquí,
en la negrura de mi celda, rememoro lo que hice en el mundo de arriba, en el
mundo de los humanos. Mi sentido del tiempo me dice que llevo en esta celda
horas, un día cuando mucho. Apenas he abandonado el mundo de los humanos, de
los hombres, sin embargo, lo siento como algo lejano, como algo que jamás
volveré a ver ni tocar. Corazonadas que presiento no están del todo
desencaminadas.
Recuerdo
que allá era un hombre solitario, hosco y resentido con la vida. Casado hasta
hacía tres años, pero que las golpizas que le propinaba a mi esposa después de
cada borrachera, hicieron que el matrimonio se resintiera poco a poco hasta
concluir en divorcio. Lo que más me dolió del divorcio fue la pérdida de mis
dos pequeñines, Mike contaba con cinco años en el momento de la separación, y
Carina solamente contaba con tres añitos de edad.