viernes, 30 de junio de 2023

Invierno

 Las lluvias fueron torrenciales ese invierno. La mitad de la aldea se vio afectada, y varios vecinos de la parte alta del lugar tuvimos que darle albergue a aquellos que la llena sacó de sus hogares. Nosotros, cuya casa está sobre una colina en los límites septentrionales del poblado, no fuimos la excepción. Afortunadamente tengo el ático para mí solo, de modo que lo apretujado de los pisos inferiores, me tenía sin cuidado.

Las lluvias cesaron después de una semana, para entonces, el mal ya estaba hecho. Había que esperar una o dos semanas para que las casas de la parte baja fueran habitables de nuevo. Como no me gustaba estar entre tanta gente, me conformé con permanecer en el ático, leyendo varios libros, en especial los cuentos de Poe, Lovecraft (puesto que soy amante del terror) y Dickens. El resto del tiempo me asomaba a la ventana y miraba la llena de allá abajo, que con cada día transcurrido, descendía un tramo.

Fue así como vi al niño correteando al perrito, hacia el oeste, en una parte despoblada. Me envaré de golpe, pues algo en esa escena me dio miedo. Supuse que el niño sabía nadar, como todos en la aldea, así que no temí que se ahogara. Lo que despertó el miedo en mi fue el perro: pequeño, blanco con parches negros, lozano, juguetón, limpio; un perro demasiado hermoso y bien cuidado para ser de alguien de la aldea, menos en una aldea todavía enfangada.

miércoles, 21 de junio de 2023

Relato de un condenado

 Me encuentro encerrado en la celda más oscura que se pueda imaginar. Oscura creo que es una palabra que se queda corta. En realidad es negra, completamente negrísima. Agito mis pecadoras manos frente a mi rostro, siento el aire que se agita con su paso, pero no veo nada. A veces, en mi casa, cuando se iba la energía eléctrica y todo se quedaba oscuro, bastaba con quedarme sentado un rato, esperando que los ojos se acostumbraran a la falta de luz, luego era posible distinguir las siluetas de lo que me rodeaba. Pero aquí no es posible eso. Llevo muchas horas acá, arrebujado contra la pared de mi prisión, pero todo sigue igual, tan negro como los crímenes que me trajeron a mi celda.

Porque soy un criminal. Lo soy. También un pecador. Aunque creo que ambas cosas son lo mismo. Lo que hice pudo haber sido obra de la locura. Si me hubiese dejado atrapar, y hubiera confesado estar loco, probablemente me hubieran creído, y mi castigo habría sido un par de años en un manicomio. Pero los hubiera no existen, o al menos eso escuché alguna vez, allá, en el mundo de los hombres.  Y lo que hice, lo hice en pleno poder de mis facultades mentales. Por eso es que estoy aquí.

Aquí, en la negrura de mi celda, rememoro lo que hice en el mundo de arriba, en el mundo de los humanos. Mi sentido del tiempo me dice que llevo en esta celda horas, un día cuando mucho. Apenas he abandonado el mundo de los humanos, de los hombres, sin embargo, lo siento como algo lejano, como algo que jamás volveré a ver ni tocar. Corazonadas que presiento no están del todo desencaminadas.   

Recuerdo que allá era un hombre solitario, hosco y resentido con la vida. Casado hasta hacía tres años, pero que las golpizas que le propinaba a mi esposa después de cada borrachera, hicieron que el matrimonio se resintiera poco a poco hasta concluir en divorcio. Lo que más me dolió del divorcio fue la pérdida de mis dos pequeñines, Mike contaba con cinco años en el momento de la separación, y Carina solamente contaba con tres añitos de edad.

sábado, 17 de junio de 2023

Microcuentos 106-110

 106

—Mamá, ¿por qué a mi perrito no le trajiste leche?

La madre miró hacia donde el niño veía. Allí no había nada. El perrito había muerto en el fatal accidente ocurrido un mes antes. Su esposo ya le había dicho que lo dejara, que no podía seguir con el juego, que solo le hacía daño, sin embargo, fue a por la leche.

A la tarde le contó a su esposo que el niño seguía insistiendo con lo del perrito. Su esposo no la escuchó en esta ocasión. La ignoró, así que ella empezó a gritar.

—Mamá ¿a quién le gritas?

—A tu padre, que no quiere escuchar que tenemos un problema.

—Mamá, papá murió en el accidente.

miércoles, 14 de junio de 2023

Correr para morir

 Noé supo que algo iba mal desde el momento que tomó el camino alterno. Un tramo de la carretera principal se había hundido desde hacía semanas y aún no lo reparaban. Los pocos viajeros que usaban esa carretera se habían visto en la necesidad de hacer sus trayectos en un viejo camino alterno que se hundía en el corazón de un umbrío bosque antes de volver a otra carretera.

En esos momentos estaba a mitad del bosque, rodando entre baches, solo. Los árboles que lo rodeaban eran delgados y altos, de frondosas ramas que se entrelazaban formando una techumbre, incluso encima del camino, de manera que casi siempre estaba en penumbras.

Noé pensaba que ese lugar era tétrico cuando su auto se hundió de golpe. «¿Qué mierdas? maldijo Pero si no había nada enfrente». El asunto es que cuando bajó para ver de qué iba el problema, descubrió una gruesa cadena de enormes púas, que habían bajado los neumáticos delanteros de golpe. Las cadenas estaban en un pequeño surco, revelando que habían permanecido ocultas hasta que estuvo casi encima. Fue por esto que se puso de pie de un salto.

Había un hombre en cada extremo del camino, y otro a un costado. Los tres usaban pasamontañas y tenían sendos machetes en las manos. Los sostenían de forma amenazadora.

Lo quiero muerto dijo uno de ellos, con voz fría, malévola.

lunes, 12 de junio de 2023

El muerto de la carretera

 Era noche cerrada. La mortecina luz de la luna cubría la tierra con un manto amarillento. David consultó la hora en su teléfono celular: las doce y cinco. Ya era lunes. Los faros del coche iluminaban la desierta carretera mientras conducía a la ciudad. Había ido a visitar a sus padres durante el fin de semana. Siempre acostumbraba ir a verlos al menos una vez al mes. Lo normal era que se quedase a pasar la noche con ellos y se levantase a las cinco de la mañana para regresar temprano a la ciudad. Pero aquel día había reunión a las cinco de la mañana en las instalaciones de la empresa para la que trabajaba, por lo que tras la cena y una larga charla con sus progenitores había optado por regresar esa misma noche.

Conducía a velocidad moderada y una canción romántica sonaba en el estéreo cuando las luces iluminaron la silueta de un coche, fuera de la carretera. El coche se había salido de la calle y se había estampado contra un árbol. Su primer pensamiento fue continuar su camino, pero la curiosidad pudo más que la prudencia. Así fue como estacionó su coche en la orilla y bajó a dar un vistazo.

No tenía lámpara a la mano, pero la luz de la luna permitía ver con cierta claridad después de que los ojos se hubieron acostumbrado a ella. Se trataba de una camioneta, algo pasada de moda, negra y de vidrios oscuros. Había caucho allí donde los neumáticos habían derrapado. El árbol contra el que chocó estaba inclinado, como si el golpe hubiese estado a punto de derribarlo. La parte delantera de la camioneta estaba aplastada, tenía el capote levantado y encogido y los vidrios de las ventanillas rotos.

viernes, 9 de junio de 2023

Microcuentos 101-105

 101

Mamá vino una noche para arroparme y darme un beso en la frente. Se lo conté a papá y noté cómo sus ojos se dilataban de miedo. Así que sonreí y mentí aduciendo que había sido un sueño.

A partir de ese día mamá empezó a venir cada noche. Ya no se lo conté a papá ni a nadie. Tengo solo cuatro añitos, pese a ello comprendí que no es natural que una madre muerta te visite por las noches. Aun cuando solo venga a desearte dulces sueños. 

martes, 6 de junio de 2023

El espejo

El espejo era de cuerpo entero, de un metro y medio de altura y medio de anchura máxima. Era ovalado, incrustado en un marco de madera bronceada con vetas oscuras; las patas del marco semejaban zarpas de algún raro predador, bien podían ser de un felino como de una alguna arpía.

Mariana (que ese mes cumpliría los once) pensó que las patas eran lo único feo del espejo, que por lo demás parecía muy bonito, a no ser por la capa de polvo acumulada. Aunque no era para menos, llevaba abandonado en aquella habitación de objetos inutilizados más de tres años, casi desde el día que lo compraron.

Dejó la puerta entreabierta y se acercó un poco más. Su doble en el espejo creció con cada paso; la puerta, la pared, una cómoda con una sola pata y algunas sillas, por el contrario, se encogieron al quedar atrás. Escudriñó el espejo con reverencia. El cuarto estaba en penumbras, pero era capaz de mirarse con claridad en el espejo, casi como si tuviera luz propia. Entre el polvo miró las marcas de unos dedos en el marco. «Las del comerciante que vino a verlo», pensó.