Gerardo,
que así se llamaba el joven padre, había luchado de una y mil maneras para
casarse con María. Trabajó hasta el extremo de sus fuerzas, ahorró al máximo de
sus capacidades y no dejó de insistir a la joven, y a los padres de ésta, hasta
que logró su objetivo: Casarse.
Él
tenía dieciocho años, y ella quince. Muy jóvenes pensarán algunos, pero en las
familias de antes esto era común.
La boda se celebró en el patio de la casa de los padres de la novia. Fue una boda sencilla, pero amena y divertida, en la que estuvieron presentes los familiares de los novios y sus amigos más allegados. Al caer la noche la pareja se trasladó a su nueva residencia, una casita de una sola habitación, que Gerardo había logrado construir con el sudor de su frente, cosa por lo que estaba muy orgulloso.
Tras
el paso de los dos primeros años, el joven matrimonio seguía tan resistente
como una roca y tan feliz como un niño con su juguete nuevo. Todo marchaba como
lo habían soñado. Hasta que María quedó Embarazada.
Los
jóvenes esposos saltaron de alegría cuando se enteraron de que pronto tendrían
un pequeño retoño. Es lo normal, ¿quién no se alegra ante la noticia de que
pronto será padre?
Pero
tras los primeros tres meses de embarazo, María empezó a experimentar raros
síntomas: Nauseas continuas, espasmos repentinos, fiebres, flacidez en las
rodillas… Gerardo estaba muy preocupado, temía por la vida de ella y por la de
su hijo, de manera que acudió a cuanto curandero conocía, pero ni siquiera las
hierbas y ungüentos de doña Toña, la mejor curandera de la región, lograron
reponer del todo a María.
Cuando
se cumplieron los nueve meses de embarazo, la joven esposa estaba flaca,
pálida, macilenta y casi no podía salir de la cama. Tenía más parecido a un
esqueleto que a una persona viva. La comadrona que la atendía, la misma señora
que la había recibido a ella de bebé, temía que María no sobreviviera al parto.
Y
así fue.
Después
de una hora de pujar, el bebé, una cosa rosadita, flacucha y, extrañamente
silencioso, por fin nació. Pero la madre ya no vivía. La comadrona ni siquiera
podía asegurar si la joven aún respiraba cuando el niño salió de su vientre. El
mutismo del niño fue tomado, por las personas más supersticiosas, como señal de
luto por la muerte de su madre.
Esa
fue la primera incidencia mortal en la que el pequeño Freddy se vería
inmiscuido. Mas no sería la única.
El
pequeño Freddy creció más que todo al lado de su abuela paterna. Los abuelos
maternos no querían saber nada de la criatura que había arrebatado la vida a su
adorada hija, así lo decían, no es que yo lo haya inventado.
En
su niñez, amor no le faltó, al menos por parte de la abuela. Algunos dicen que
quien no lo quería era el padre, quien trabajaba como burro, en parte para mantener
el hijo, y en parte, para no pensar en demasía en su adorada María.
Tres
años después de la muerte de María, murió el padre. Colgó una soga en una rama
de un árbol y se ahorcó con ella. Para algunos fue algo comprensible, el pobre
hombre no soportaba estar sin su María.
El
pequeño Freddy siguió viviendo con la abuela ¿quién más lo podría querer? Eso
hasta que, a los siete años de haber nacido, la abuela tropezó con una piedra y
en la caída se rompió el cuello. Pobre anciana, había tenido mala suerte. Sólo
los más suspicaces empezaron a sospechar que aquel pequeño huérfano traía mala
suerte.
Muertos
sus padres y su abuela (el abuelo hacía muchos años que había muerto) el
pequeño Freddy fue recibido por una hermana de la difunta María. Teresa era el
nombre de esta bondadosa mujer, que casada con un profesor de primaria, recogió
al niño.
Pasaron
los años y el pequeño Freddy creció, no mucho, pero creció. Era un muchachito
huraño y melancólico. Casi nunca salía de casa y en la escuela tenía pocos
amigos. Y si alguien lo vio sonreír, me gustaría conocerlo, porque nunca supe
como sonreía Freddy de niño.
A
la edad de once años, Freddy, junto a sus compañeros de salón, fue a una
excursión a una de las playas de San José, un municipio cercano. Al regresar,
una de las ruedas del bus explotó y éste se precipitó por una ladera de más de
treinta metros de altura. En el accidente murieron todos los niños, excepto
Freddy, que sorpresivamente libró el percance casi ileso.
¡Aquello
sí que era extraño! No fueron pocos los que empezaron a creer que aquel chico
tenía algo oscuro y maligno que traía tragedia, muerte y dolor a todos aquellos
que lo rodeaban. Y que ese mismo ente maligno lo protegía, para que pudiera
seguir siendo portador de muerte.
El
Boom fue cuando se incendió la casa de Teresa, donde falleció el matrimonio y
sus dos hijos. Freddy, para su fortuna, o mala fortuna, ese día se encontraba jugando
en el patio de la casa por lo que pudo escapar de la fatalidad.
Tenía
trece años y se había quedado completamente huérfano. Nadie de la aldea quiso
hacerse cargo de él, es más, huían cada vez que el chico pasaba cerca de ellos.
Sin
un hogar al que ir, el pequeño Freddy pasaba las noches bajo los árboles o en
alguna casa abandonada. Sus alimentos eran frutas de la región, basura y todo
aquello que pudiera robar. Sabed que el pequeño Freddy no era ladrón, pero a
veces la necesidad es tan extrema que no queda otra alternativa. Intentó conseguir
trabajo, fuese lo que fuese, pero nadie osó contratarlo ni como porquerizo.
Darle trabajo a un chico que traía desgracias consigo ¡Ni locos!
Fue
en esos días que empezaron a referirse a él como Señor Calamidad.
Si
don Chente no hubiese llegado a la aldea con la intención de comprarse un
terreno, lo más seguro es que el pequeño Freddy hubiese muerto. Don Chente, un
anciano de cabello y barba tan blancos como la nieve, al saber la historia del
chico sintió compasión.
Ya
no compró el terreno que pensaba comprar, sino que habló con el muchacho y al
atardecer de ese mismo día partieron hacia su casa, en el municipio de San
Francisco.
Don
Chente tenía una tienda de abarrotes y una pequeña parcela de tierra con unas
cuantas cabezas de ganado. Ayudando al anciano con el negocio y el ganado fue
que Freddy dejó de ser “el pequeño”. Con don Chente, Freddy conoció un lado de
la vida que no conocía, aprendió a sonreír, aunque no tan a menudo como lo
hacemos nosotros. Lo mejor de todo, es que dicen que el chico se veía feliz.
Don
Chente no creía en supersticiones, como tampoco creía que Freddy fuera culpable
de los infortunios en los que por causa del destino se vio involucrado. Por eso
fue que seguía llamando a Freddy Señor Calamidad. Pronto el
sobrenombre se hizo conocido en todo el municipio, ya que creían que el nombre
era por el rostro adusto y solemne del chico.
En
un principio Freddy se mostró reacio a que lo llamaran así, pero al ver que lo
decían con cariño y a modo de chanza, llegó a dejar de importarle y empezó a
creer que el pasado atrás quedaba y que estaba ante la posibilidad de empezar
una nueva vida.
¡Que
un rayo mate al que está sentado a tú lado, y uno salga indemne es algo de no
creer! Pues eso fue lo que le sucedió a Freddy a la edad de diecisiete años.
Percance que le hizo recordar todo su pasado y plantearse si en realidad él era
portador de calamidades.
El
asunto del rayo no fue noticia sólo en el municipio, sino también en el
departamento y en el país, así como lo había sido el del accidente del bus. Los
periódicos que recogieron la historia decían que un joven había muerto al ser
alcanzado por un rayo y que otro joven que estaba al lado, al que identificaron
como Freddy, Señor Calamidad, había resultado ileso.
Durante
los días posteriores Freddy estuvo como un poseso. No se atrevía siquiera a
salir de la habitación. Todo su pasado había vuelto de golpe al presente y él
no sabía qué hacer, ni siquiera qué pensar. No pocas veces sopesó la
posibilidad de suicidarse.
Pero
don Chente, hombre incrédulo hasta los huesos, no se dejó impresionar por el
acontecimiento, por lo que fue el pilar para recuperar a Freddy. Después de
horas y horas de charlas, logró que Freddy volviera a salir. Semanas después,
Freddy ya trabajaba con don Chente como siempre. Pero ya no era igual, dejó de
sonreír, su gesto melancólico volvió y rehuía a las miradas de los demás.
Lo
peor de todo fue que, de alguna manera los habitantes de San Francisco se
habían enterado de lo que se decía de él en San Andrés, y ahora lo miraban con
desconfianza, casi con temor, rehuían sus encuentros y cuando lo llamaban Señor
Calamidad, ya no lo hacían con cariño sino con miedo.
Fue
entonces que Freddy buscó a Dios. Ya no quería sufrir, ni que lo vieran como a
un monstruo. De rodillas en la iglesia, pidió a Dios de todo corazón que, si
algo estaba mal en él, lo cambiara. Poco a poco Freddy, Señor Calamidad,
fue recuperando su confianza. Un año después, ya era el joven de antes, el que
había sido antes del percance del rayo. Y por fin creyó que podría vivir en
Paz.
En
la iglesia conoció a Isabella, una encantadora muchachita de dieciséis años que
poco a poco conquistó su corazón. Aún había muchos que le rehuían o lo trataban
con desconfianza por creerlo portador de mala suerte y calamidad, pero entre
esas personas no se encontraba ni Isabella ni los padres de ésta.
Es
más, los padres de la joven lo veían como un muchacho ejemplar, trabajador,
centrado, honrado y de corazón noble, incluso lo compadecían por lo que había
tenido que pasar a tan corta edad.
Se
iban a casar. Don Chente, se alegró más que nadie por la noticia y le dio la
enhorabuena. Pero no sólo eso, también le regaló un predio de terreno y dinero
para que construyera una casita aceptable. Además, le aseguró que con él
tendría trabajo hasta que muriera, y que cuando eso sucediera, le legaría
alguno de sus bienes. Él había sido como un hijo para el anciano y no lo
desampararía. Los jóvenes estaban exultantes.
Un
mes antes de la boda murió don Chente. Un hondo temor inundó el ser de Freddy,
que creyó que nada había acabado, que aún seguía siendo portador de mala
suerte. Pero ésta vez tenía a Isabella, a los padres de ésta, a los hermanos y
al pastor de la congregación, fueron todos ellos los que no lo dejaron caer en
un hoyo profundo. Después de todo, le habían dicho, don Chente ya era una
persona anciana, más temprano que tarde iba a morir.
Aunque
no faltaron los mal intencionados que corrieron los rumores de que el Señor
Calamidad había agregado otra víctima a su largo historial. Pero
Freddy no estaba solo, tras él había un gran número de personas respaldándole.
De manea que llegó entero a la boda.
Se
casaron en la iglesia, ante los ojos de la congregación y de Dios. El
matrimonio fue muy comentado en el municipio, muchos no creían en la buena
fortuna de aquellos pobres.
Al
principio del matrimono fueron felices. Hasta que, apenas un mes después de la
boda, la novia cayó enferma. Nunca nadie había visto a una persona enfermar tan
deprisa.
La
joven perdió peso a ojos vista, la piel se le resecó y pegó a los huesos
tomando un tono moráceo, sus ojos se hundieron como hierro en un pantano y su
voz, cuando era capaz de hablar, era un susurro sibilante cargado de
sufrimiento. Ningún curandero pudo hacer algo para recuperar la salud de
Isabella. Entonces, murió, apenas una semana después de caer en cama.
Esa
vez sí que ya no hubo dudas: Freddy, Señor Calamidad, era portador
de mala suerte, desgracias, calamidades, dolor y todos los epítetos que se
puedan aplicar.
Desahuciado
por la muerte de Isabella, Freddy hizo lo que debía haber hecho hacía mucho
tiempo, antes de causar tantas desgracias en sus seres queridos. Cogió una
cuerda, la ató a la viga del techo y se ahorcó con ella.
Mientras
moría entre los espasmos causados por el ahorcamiento, Freddy vio una sombra
negra salir de su cuerpo. La sombra atravesó la ventana y se escondió en el
vientre abultado de una mujer que en aquellos momentos señalaba hacia la
ventana y gritaba aterrada que un hombre se había colgado con una soga.
Aquel
fue el final de Freddy, Señor Calamidad.
---FIN---
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