―Mi amor, ¿qué
tienes? ―preguntó la madre― ¿es por la bolsa? Ahora recojo todo.
Por toda
respuesta, la niña señaló a un hombre de camisa azul a cuadros que caminaba
delante de ellos.
―¡Me da miedo!
―dijo entre sollozos e hipidos.
«¿Miedo?» La
madre observó al hombre: sólo le veía la espalda, pero no parecía diferente al
resto de la gente.
―¿Qué ocurre
con él, preciosa? A mí me parece de lo más normal.
―¡Sangre! Está cubierto de sangre. Y la cabeza… ―se echó a llorar otra vez.
La madre la
abrazó y trató de calmarla. No entendía qué ocurría, excepto que su niña estaba
asustada y la necesitaba.
Sólo oyó el
chillido de unas llantas al arrastrarse por el pavimento, después el golpe y
por último un grito. El resto de la gente también gritó, pero el primero fue el
que hizo que la pequeña se sacudiera en espasmos y llorara aún más fuerte.
En la esquina
siguiente había ocurrido un accidente. Atrapado, entre un coche y un camión de
reparto, estaba el hombre de la camisa azul a cuadros, cubierto de sangre, la
cabeza reventada por la presión. Ella también se echó a llorar y abrazó a su
hija.
*****
Había
transcurrido un mes desde aquel brutal accidente. La madre casi se había
olvidado de la fatídica visión de su pequeña, hasta que, paseando cierto día en
un centro comercial, la niña empezó a llorar de forma aguda y estridente. La
mente de la madre regresó un mes, a aquel día en que había llorado de forma
similar sin motivo aparente.
―¡Oh, por Dios!
¿Y ahora qué?
―Mira a ese
hombre, tiene agujeros en el cuerpo.
El hombre en
cuestión, un joven con algunos tatuajes en los brazos y el cuello, pasó
impasible ante ellos, sin fijarse en la niña que con ojos aterrorizados lo
señalaba. La madre abrazó a la pequeña, pensando que algo malo ocurriría de
pronto. Pero nada pasó, la niña se calmó y regresaron a casa.
Esa noche, se
acomodó en el sillón junto a su esposo para ver las noticias. Reconoció al
joven de los tatuajes tirado en la bocacalle de un callejón. Lo habían abatido
a disparos.
*****
Semanas
después, estaba tratando de dibujar algo con la niña, cuando esta empezó a
llorar. La niña lloraba a diario, pero no con aquel llanto característico al
que tanto miedo le había cogido su madre. En el cuarto no estaban más que ella
y su hija. El miedo le atenazó las entrañas, creyó que con su vocecita le diría
que estaba cubierta de sangre. Sin embargo, la niña se echó a correr, rumbo a
su cuarto a cubrirse con las sábanas.
―¿Qué pasa,
amor? ―gritó la madre antes de que terminara de alejarse.
―¡Papito! ¡Mi
pobre, papito!
Fue como si le
echaran un balde agua fría, casi sintió los témpanos de hielo resbalar por su
espalda. No tuvo tiempo de pensar en la significación de las palabras de la
niña pues el teléfono de la sala empezó a sonar.
Sus pies eran
gelatina mientras iba a contestar. Tenía un miedo atroz. Su respiración era
casi inexistente y sintió la frente perlarse de sudor.
―¿Señora Rivas?
―Sí.
―Lamentamos
darle tan malas noticias, pero es nuestro deber informarle que su esposo sufrió
un accidente en el lugar de trabajo. Lamentamos comunicarle que ha fallecido.
Arriba, el
llanto y los gritos de la niña se intensificaron. Los de la mujer, pronto se
unieron a los primeros.
---FIN---
Espero les haya gustado. Dejen sus comentarios.

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