Ninguno
de sus amigos la había visto, de eso estaba seguro. De manera que ignoró el
episodio y siguió jugando.
El
juego terminó cuando sus amigos así lo quisieron, alegando que ya era tarde y
que sus madres los estaban esperando. Pero Brandon sabía que se iban porque ya
les había ganado demasiado ese día, tenía los bolsillos repletos de canicas.
Una tarde inusualmente fructífera aquella.
Sus
amigos se marcharon mientras él recogía las últimas ganancias. Y allí estaba la
sombra, negra, sin forma lógica.
—Hola,
Brandon —saludó la cabeza que empezó a emerger de la sombra. Era una cabeza
inhumana, amarillenta, rugosa y de ojillos rojos sangre. Su voz era un susurro
gélido.
Brandon
gritó, o al menos lo intentó.
El monstruo que había sustituido a la sombra se cernió sobre él.
La
melodía del teléfono le arrancó un susto tremendo. El mismo susto le hizo pisar
con fuerza el freno, el auto derrapó un instante y por poco se sale de la
carretera.
—¿Qué
sucede, cariño? —preguntó Jared después de estabilizar el coche y recuperar la
compostura.
—¡Nuestro
hijo, Jared! ¡Por todos los dioses! ¡Mi querido Brandon! —la voz de Annie
sonaba histérica al otro lado de la línea.
—¿Qué
sucede con Brandon? —preguntó Jared.
—¡Está
muerto!
Esta
vez sí que salió de la carretera y poco faltó para que se estrellara contra un
árbol.
—¿Pero
qué demo…? ¿Cómo sucedió? —preguntó tomándose la cabeza.
—No
lo sé. Tienes que venir. La policía ya está aquí y se lo quieren llevar.
—Regreso
ahora mismo.
La
entrevista con el Diputado tendría que esperar.
Volvió
a la carretera y llevó al límite el coche.
Había salido esa misma tarde de la ciudad. El periódico para el que trabajaba le había pedido que acudiera a una entrevista con el diputado Marcio Muralles, que se rumoreaba sería candidato presidencial. Normalmente su campo no era ese, pero al no haber nadie más disponible había aceptado. ¿Y ahora eso? ¿cómo era posible?
٭٭٭٭٭٭٭
Esto
es sólo el comienzo
Las
palabras marcadas en el pecho de su hijo lo dejaron sin respiración. Se las
habían hecho con algo filoso y venenoso. Pero eso sólo era uno de los tantos
detalles escalofriantes que adornaban el diminuto cuerpo de Jared. Los ojos
saltados y extrañamente grandes harían pensar que había muerto ahorcado. Pero
también pudo haber muerto por la herida en el vientre, por donde le salían las
vísceras; o por la mandíbula rota; o por el agujero que tenía donde había
estado su nariz…
—Sólo
un psicópata podría hacer algo así a un niño —comentó uno de los policías
presentes en la escena del crimen.
—Un
monstruo —acotó otro.
Aquella
última palabra trasladó a Jared en el tiempo, seis meses atrás, cuando
investigaba la leyenda del asesinato del duque Mason Monroy. Historia que jamás
se había atrevido a publicar y por la cual había estado dos meses bajo arresto
domiciliario mientras se hacían las respectivas averiguaciones. La policía sólo
había encontrado el cuerpo de su fotógrafo, Alexander, nada más. El único
sospechoso del asesinato había sido él. Pero como no encontraron pruebas de que
fueron sus dientes los que le habían cercenado la garganta a su compañero, se
retiró el juicio en su contra y quedó libre. El asesinato había quedado sin
resolver. Sólo a su jefe y a su esposa se había atrevido a contarle lo que
realmente había ocurrido, aunque no estaba seguro si le habían creído.
Hacía
seis meses había creído que el demonio saldría de la mansión para cobrar
venganza, pero como transcurrieron los días y las semanas, y nada fuera de lo
común sucedía, se sintió a salvo. A lo mejor el monstruo no podía abandonar sus
dominios. Si así era, lo único que tenía que hacer era mantenerse alejado de
aquella maldita villa y de la terrorífica mansión. Y así lo había hecho,
llegándose a olvidar casi por completo del extraño suceso.
Hasta
aquella noche.
Pero
no tenía por qué sacar conclusiones apresuradas. El asesinato de su más querido
hijo bien podría haber sido obra de un demente. Un asesino serial, por ejemplo,
que asesinase niños torturándoles sanguinariamente. O bien podría tratarse de
un asesinato aislado. Porque se trataba de un asesinato, de eso no había la más
mínima duda. Pero no necesariamente tendría que ser obra del demonio de la
vieja mansión de los Monroy.
No obstante, no se quedaría de brazos cruzados. Tomaría medidas de precaución. Si aquel asesino o demonio iba tras su familia, tendría que darle una desagradable sorpresa.
٭٭٭٭٭٭٭
A
James lo convenció su mejor amigo, Martin, de ir a la fiesta. Hacía una semana
que su hermanito Brandon había muerto, hacía siete días que él no salía de casa
más que para ir al colegio. Martin tenía razón, no podía deprimirse hasta morir
por algo que ya no tenía remedio.
Su
padre le había pedido que no fuera, que lo mejor era quedarse en casa. La
razón, según él: era posible que un monstruo demoníaco rondase la casa
esperando la oportunidad para atacar a alguien de la familia. Por supuesto
James no le creyó, ¿un monstruo?, su padre debía de estar loco. Su madre había
intervenido a su favor y había logrado que el perturbado padre lo dejara salir.
Aparcó
el coche junto a la verja de la casa y, cinco minutos más tarde, Martin lo
tenía sentado en un cómodo sillón con una lata de cerveza en la mano. Estaban
allí casi todos sus compañeros de clase, muchos de otros salones, y algunos que
jamás había visto. La música, en aquellos momentos electrónica, resonaba en
todos los rincones de la casa.
Nunca
sabría si lo hizo por la tristeza causada por la muerte de Brandon, por
decisión propia, o influenciado por el ambiente en el que se encontraba, pero
tras la primera lata de cerveza se sirvió otra, luego otra, y otra… hasta que
estuvo completamente borracho.
Más
tarde no recordaría cómo terminó en una habitación de la segunda planta,
desnudo, metido entre las mismas sábanas que Vanessa, una chava de dudosa
reputación en el colegio.
Se
puso de pie, tambaleante a causa de la borrachera y cogió su celular tirado en
el piso, además del reporte de diez llamadas de su padre, lo que lo dejó helado
fue la fotografía que hacía de fondo de pantalla. No podía ser, tenía que estar
alucinando. Corrió al apagador de las luces y lo presionó, la habitación se
llenó de luz argéntea. Descorrió las sábanas del cuerpo de Vanessa.
Estaba
muerta.
Su
posición, sus heridas, su gesto de terror, todo era igual a la fotografía que
hacía de fondo de pantalla de su celular.
James
estaba aterrado, paralizado por el horror. ¿Había sido él? ¿Por qué no
recordaba nada? Pero no, no había sido él, pronto obtuvo la respuesta.
La
fotografía de su celular cambió de pronto. Ahora la pantalla la ocupaba una
cabeza amarillenta, rugosa, alargada y de ojillos rojos como la sangre. El
celular voló por los aires cuando la fotografía abrió la boca y empezó a reír,
era una risa grave, escalofriante. Luego, en susurro escalofriante dijo:
—Sorpresa,
James —una sombra salió del teléfono y se transformó en un horrendo ser
infernal. El monstruo se plantó frente al aterrado James y susurró otras
palabras—: Saludos a Brandon.
Y se abalanzó sobre él.
٭٭٭٭٭٭٭
La
muerte de su hijo mayor lo convenció de todo. El Demonio estaba cobrando
venganza. Tenía que hacer algo al respecto. ¿Pero qué podía hacer? Si esa cosa
podía colarse en una fiesta con decenas de chicos, y asesinar a dos jóvenes sin
que nadie pudiera hacer nada, es que estaba metido un grave aprieto. Lo único
que se lo ocurría era mantenerse junto a su familia, reducida a Annie y su hija
Kim. No podía acudir a la policía, lo tomarían por loco, para ellos, solo era
el desafortunado padre que había perdido a dos hijos en una semana.
Esta vez tanto Annie como su hija estuvieron dispuestas a no tomar tan a la ligera sus sospechas, por lo que no pusieron demasiadas pegas cuando les explicó que a partir de ese día no saldrían de casa hasta que él lo decidiera. Aunque si refunfuñaron mucho cuando le dio a una un cuchillo y a la otra un machete envainado para que lo llevaran a donde quiera que fueran, inclusive el baño. Era ridículo que una mujer portase un machete o un cuchillo, incluso en un hombre era ridículo, pero lo hicieron, para complacer al padre. Para él había comprado una espada de una colección antigua. No tuvo la osadía para adquirir un arma de fuego.
٭٭٭٭٭٭٭
Los
Acontecimientos se precipitaron una noche, siete días después de la muerte de
James.
Jared
miraba televisión en la sala junto a Kim, era de lo poco que podían hacer al no
salir de casa, cuando oyeron los aterradores gritos provenientes del baño.
Jared se puso de pie de un salto, tomó la espada que estaba en la cómoda junto
a él y corrió hacia allá.
—No
te muevas de aquí —gritó a su hija mientras corría— y mantente alerta.
A
mitad de camino, unos cinco segundos después, los gritos cesaron de sopetón.
Jared abrió la puerta del baño de un empellón. Su esposa yacía muerta en las
baldosas del baño. Una sombra negra salió por la puerta y se deslizó por el
pasillo.
—¡No!
—gritó Jared, giró y corrió en pos de la sombra—. ¡Kim, cuidado!
La
sombra se materializó en la sala, frente a la inofensiva joven de catorce años,
dispuesto a atacar.
—¡Fui
yo quien mató a tú hijo! —gritó Jared irrumpiendo en la sala.
El
demonio detuvo su ataque y giró el cuello hacia Jared. Sólo giró el cuello, de
manera que el resto del cuerpo quedó frente a la niña, una imagen sobrenatural
y escalofriante.
—Tú
serás el siguiente —susurró el demonio de iris negros y pupilas rojas.
—No
habrá siguiente —sentenció Jared.
Empuñó
la espada con fuerza y se abalanzó sobre el asesino del duque Mason Monroy, de
sus hijos y de su esposa. La espada cortó de tajo la cabeza de la criatura. Por
un instante Jared creyó que lo había logrado, más el sentimiento de triunfo fue
efímero. El cuerpo del Demonio se convirtió en sombra y se posó debajo de la
cabeza antes de que esta cayese al suelo.
El
demonio rio ante el rostro demudado de Jared.
—Espera
tú turno —dijo el monstruo—. Primero tienes que ver morir a tus hijos, así como
yo hice con el mío.
El
demonio se volvió nuevamente hacia la joven, que aterrada esperaba agazapada a
la pared.
Frustrado,
Jared cargó de nuevo. Golpeó una y otra vez al demonio, pero éste apenas se
inmutaba. Allí donde la espada golpeaba una negrura envolvía la herida y le
devolvía su forma original.
—¡No,
mi hija no! —rogó, vencido—. ¡Te lo suplico!
El
demonio hizo caso omiso. Se cernió sobre la joven y los gritos empezaron.
Jared
se tiró al piso, sollozando, no había nada que pudiera hacer.
Entonces
recordó con que había asesinado al hijo del demonio: una daga de plata, con
empuñadora de marfil incrustada de piedras preciosas. Sí, eso debía ser, aquel
ser moriría usando un arma especial. Así lo quiso la fortuna, pero precisamente
guardaba aquella valiosa arma en una gaveta del mueble en que descansaba el
televisor.
Corrió
presuroso a coger el arma, mientras los gritos destemplados de su adorada hija
resonaban en toda la casa.
Daga
en mano se abalanzó sobre el demonio. Incrustó la daga en el cuello y se lo
rasgó con toda su fuerza. La sangre brotó a borbollones, manchándole el pecho y
parte del cuerpo. Con la cabeza pendiendo en un hilo, el demonio deambuló por
toda la sala hasta caer muerto un minuto después.
Pero era demasiado tarde. Su hija estaba muerta.
---FIN---

No hay comentarios:
Publicar un comentario