66
Hacía tres días que no comían ni un bocado. Por eso,
cuando a la cuarta mañana su madre le sirvió un oloroso trozo de carne, el niño
desconfió de inmediato. Su perrito no aparecía desde la noche anterior.
No probó bocado hasta que vio al animalito jugueteando
entre sus piernas sano y salvo. Incluso le dio un trozo de carne.
No se fijó en que su madre cojeaba ni en la venda que rodeaba su muslo.
67
Soñó con el enclaustramiento. En el sueño estaba en
cuarentena y su esposa y el hijo de esta habían muerto a causa de un virus
mortal.
Pero al despertar le llegó el olor del desayuno que su
mujer preparaba. Se levantó y vuelta a trabajar. No existía cuarentena y la
esposa y su bastardo seguían con vida.
Cómo deseaba que su sueño se hiciera realidad.
68
La devastación fue absoluta. Una década le había
tomado al mortal virus exterminar a la humanidad.
O casi.
Las dos últimas personas, hembra y varón, miraban la
catástrofe desde la seguridad de su búnker. Último reducto de la humanidad.
De pronto, uno de los dos empezó a toser.
69
El hombre miró de reojo a la hermosa mujer. Allí
estaba, radiante: silenciosa y fría como témpano.
«Es hermosa», pensó. Quería acercase. La deseaba.
Se armó de valor. La miró de frente. La mujer, sentada
contra la pared, continuó imperturbable. No lo veía.
Llegó hasta ella. La deseaba. La necesitaba. Sacó una
navaja y empezó a cortar. La mujer había muerto la noche anterior y no había
otra fuente de comida.
70
El terremoto tumbó el orfanato. Nosotras, asustadas,
también esperanzadas, empezamos a buscar al director.
Lo encontramos poco después. Un sentimiento de
tristeza nos invadió, pero, sobre todo, de rabia, odio y frustración.
El hombre estaba vivo y hablaba acerca de la
reconstrucción. Y nosotras, las ultrajadas, muertas.
¿Dónde estaba la justicia?
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