71
Detesté al perro desde que lo vi la primera vez
husmeando en mi jardín. Ese perro tenía mucho de siniestro. No se marchó hasta
que lo eché con la manguera de agua a presión.
Volvió otras veces y otras tantas lo eché.
Pero no fue hasta la séptima vez que vino de noche.
Lo que me despertó fueron sus ladridos y el ruido de sus garras escarbando la tierra. Y allí, a la luz de los focos de los vecinos que se asomaban sobre la valla, estaba el cuerpo putrefacto del que una vez fue su amo.
72
El bebé tomó el dedo de mi esposa, jugó con él y se lo
llevó a la boca. Mi mujer lloraba de felicidad.
—¡Oh, gracias! —dijo entre sollozos.
—¡Feliz día de las madres! —le respondí.
Y pensar que, de no haber asesinado a los antiguos
padres del niño, el pequeño no estaría allí, llenado el vacío de madre que mi
esposa sufría desde que los médicos la diagnosticaron estéril.
Mi hijo sacó a pasear al perro. Desde el principio sospeché
de sus verdaderas intenciones. Pero no le creí capaz.
Cuando volvió, constaté con temor que había tenido
razón.
—¿Por qué lo hiciste? —le grité.
—¡Era mi perro! Tenía derecho a disponer de él.
—Pero no tenías que soltarlo. ¿Ahora qué vamos a
comer?
74
El vecino se volvió de pronto loco. Atacó a su esposa
a dentelladas y casi la mata. A ella se la llevaron al hospital y a él al
manicomio.
Fue algo que nos impactó, más no nos sorprendió. Esto
del encierro forzado nos está volviendo locos a todos.
Lo verdaderamente impactante fue la noticia de esta
mañana: la esposa herida escapó del hospital a dentelladas, y los heridos
empiezan a mostrarse igual de agresivos.
75
Estaba agazapado tras la ventana tapiada con madera.
La escopeta tenía puestos los dos cartuchos.
Afuera, por una rendija, veía al monstruo (de piel
grisácea, cabello quebradizo, rostro macilento y mirada salvaje) embestir con
furia la puerta. Los goznes chirriaban en señal de que no iban a resistir
demasiado.
Apunté por el resquicio, decidido a disparar. Era el
monstruo o yo.
Monstruo, porque esa cosa de allá afuera ya no era mi
esposa.
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