¿Qué querían que hiciera? ¿Quedarme de brazos
cruzados mientras mi esposa me jugaba la vuelta? No, ¿verdad?, por supuesto que
no.
Habíame casado con mi infiel esposa siendo ambos
aún muy jóvenes. En ese entonces ella aún no me había fallado, o al menos eso
creo. Era la esposa perfecta, la amorosa, amable, atenta, oficiosa. Y me
quería, vaya que me quería. Tendrían que pasar varios años para que ella
mostrara sus garras.
Primero fueron los pleitos. No le gustaba que me fuera a tomar con mis amigos; no quería que me reuniera con ellos para jugar al póker. Ahora me pregunto ¿por qué?, y me hace dudar de su culpabilidad, ya que, de haberlo sido, esas noches eran los momentos precisos para reunirse con su amante.





