Tras mucho rato
animándose a sí mismo, Osmand decidió probar suerte. Se acercó y la saludó con
buenas maneras, a lo que la dama replicó con idéntica educación. Se llamaba
Helen, según le dijo, y él se ofreció a pagar su siguiente trago. Pensó que lo
despediría como había hecho con los anteriores caballeros, excusándose que estaba
esperando a alguien más; por el contrario, le sonrió y aceptó encantada.
A ese trago le
siguió un segundo, y a este un tercero. Charlaron sobre cosas vanas al
principio, dejando caer un gesto, una mirada, un roce de manos de vez en cuando
para que constara que eso no moriría en una simple charla y unos tragos. Cuando
circuló el séptimo trago, sabían que habría algo más.
―Tengo que regresar a casa, pero mi cochero se ha retrasado ―dijo Helen.
Osmand percibió
su sonrisa incitadora, y supo que no existía tal cochero. Pero la promesa que
la sonrisa velaba, esa, vaya que sí era real.
―Mi honor me
obliga a no dejarla marchar sola. Tendré que acompañarla.
―Será un honor,
aunque no quisiera causar molestias.
Despidió a su
cochero, y condujo él mismo. En las partes donde había poca luz, las manos se
escabullían bajo las ropas y sus bocas se encontraban, para mantener gestos
solemnes cuando pasaban bajo una farola.
La casa de
Helen estaba muy lejos, en una hacienda poco conocida. Tardaron una hora en
llegar, pero fue un tiempo bien empleado. La bella dama encendió una lámpara en
la vetusta sala y después escanció dos copas de vino.
―Es un vino
especial ―susurró con una promesa implícita―, para encender la pasión.
Osmand no
necesitaba de ningún brebaje para excitarse, pero bebió.
Subieron las
escaleras entre besos y arrumacos, las prendas adornando los escalones a medida
que subían. No sabía si era por el vino, pero sentía una pasión arrebatadora.
Incluso se sentía un poco desorientado, aunque claro, no necesitaba mucha
orientación para encontrar las carnes de Helen.
Entraron a una
habitación donde la luz tenue de una lámpara iluminaba de forma opaca. En una
cómoda, en la pared de un extremo de la cama, vio unos bultos que se le
asemejaron cabezas de hombre. En esos instantes no estaba para tales
preocupaciones.
Las últimas
prendas cayeron al suelo y se lanzaron a la cama. Cuando la penetró, estaba tan
mareado que miraba a la mujer de forma borrosa, pero supuso que era efecto de
la borrachera. Incluso sentía los músculos adormilados y sin fuerza. Helen
debió darse cuenta porque lo tumbó en la cama y se subió a horcajadas sobre su
cadera. Se podría decir que ella hizo todo.
En medio del
acto, Osmand se fijó en las cabezas sobre la cómoda. ¡Eran seis cabezas
humanas! Y las seis lo miraban. Las pupilas de sus ojos se movían, siguiendo
los movimientos de la mujer que le hacía el amor. Aterrado pensó en quitársela
de encima, pero sus manos apenas temblaron como respuesta. Probó con el resto
de su cuerpo, pero ninguno de los músculos le respondió. Ni siquiera pudo abrir
la boca cuando intentó gritar.
La mujer le
sonrió con deleite ante su desconcierto. Cuando le vino el orgasmo, gritó
extasiada.
―Duerme,
querido ―dijo, y Osmand durmió.
Cuando
despertó, tardó un minuto en descubrir que sólo podía mover los ojos. Con
horror se dio cuenta que era la séptima cabeza sobre la cómoda. Y ninguno podía
hacer más que ver; ver cómo la mujer le hacía el amor a otro hombre en la cama.
Con humor negro
pensó que habría que agregar una nueva cómoda para colocar la nueva cabeza.
---FIN---
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