sábado, 27 de mayo de 2023

Microcuentos 96-100

 96

Llovió durante siete horas seguidas. El río que atravesaba el poblado se desbordó e inundó las filas de casas que corrían paralelas al caudal. Un grupo de vecinos se organizó y empezó a correr de casa en casa, ofreciendo su ayuda en lo que fuera menester.

En la última casa, la del tío Jonás, al no recibir respuesta derribaron la puerta. El cuerpo hinchado de un niño salió por ella. Pero no era el único, contaron hasta diecisiete cuerpos.

Habían localizado los diecisiete niños desaparecidos durante el último año.

 

97

—Tienes que hacerlo —dijo el hombre a la mujer.

—No me atrevo.

—Sabes que es necesario.

—Pero los niños…

—Es la única manera de salvarlos.

Con lágrimas en los ojos, la mujer disparó. Luego entró a la casa. Los niños, que lo habían visto todo, lloraban silenciosamente. Pese a todo, lo aceptaban. Sabían que, una vez contraída la enfermedad, era la única forma de que el padre no se volviera contra los suyos.

 

98

Después de la sesión de ouija, el perro empezó a ladrar endemoniadamente.

Tuve que asesinarlo. Era el único capaz de detectar que yo había usurpado el cuerpo de su amo.

 

99

A papá lo encerraron en el manicomio. Se volvió loco pues aseguraba que un demonio le susurraba por las noches que iba a arder. Noche tras noche escuchaba los mismos susurros, amenazas de una muerte terrible, hasta que su mente colapsó.

De vez en cuando lo visito. No me reconoce, así que, cuando no hay una enfermera cerca, le susurro: “arderás, pronto arderás”.

¡Qué deleite ver cómo grita aterrado!

 

100

Por la mañana me enteré del asesinato del joven Fuentes. No me avergüenza admitir que me alegré en mi fuero interior. Del asesino testigos solo sabían que usaba una máscara de hockey.

Cuál no fue mi sorpresa cuando al buscar en mi ropero encontré una máscara similar. Pero lo que me preocupó fue el hecho de que, de la noche anterior, después de la sesión de ouija, no recordaba nada.

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