Ramiro
José juró por lo bajo y por lo alto, por lo útil y lo inútil, que se detendría
ante la primera casa que encontrara para pasar la noche. También rezó para que
los propietarios de la casa fueran personas de trato afable a las que se les
pudiera hacer entender que era un pobre viajero que necesitaba un lugar donde
pasar la noche.
La
lluvia empezaba a arreciar y las ráfagas de viento parecían a punto de
tumbarle, ya fuera a él o a Marina, cuando a la distancia vislumbró
una débil luz. El corazón le dio un vuelco de alegría, y, habría jurado que
Marina también la percibió y sabía lo que significaba porque la montura alzó el
cuello y produjo un ruido como de agrado.
—¿Ya
la viste eh, preciosa? —dijo Ramiro José—. Ahora acelera el paso para llegar
pronto a cobijo.
Marina, entendida como era, aceleró el paso y ni la tormenta ni los fuertes vientos hicieron que redujera la marcha hasta llegar a la casa de donde provenía la luz. Sin que Ramiro José hiciera movimiento alguno, Marina se detuvo frente a las rejas de una casa de dos plantas, vieja, pero que sin embargo parecía acogedora. El olor a guiso y la parpadeante luz del interior, lo que hacía suponer una fogata en la chimenea, la hacían más atractiva aún.
Ramiro
bajó de Marina, abrió la reja y llegó hasta la puerta de la vivienda. Tuvo que
llamar tres veces para que alguien le atendiera.
—¿Quién?
—preguntó una voz femenina en el interior.
—Un
simple viajante que busca un lugar donde pasar la noche y algo que llevar a su
boca —manifestó Ramiro.
Escuchó
el chirrido de los pasadores al ser retirados, luego; la puerta se abrió
dejando a la vista a la más hermosa mujer que Ramiro José había visto. Era
alta, esbelta, de cabello largo, negro, liso y sedoso, tenía el rostro con
forma de corazón, cuyos labios gruesos y rosados parecían hechos para ser
besados. ¡Por todos los Dioses, les juro que Ramiro sólo deseaba besarlos!
—Sed
bienvenido, buen hombre —saludó la encantadora dama.
—Me
encuentro empapado, hambriento y agotado, sólo quiero sentarme junto a vuestra
chimenea, comer algo y tener un montón de paja donde pasar la noche —solicitó
Ramiro—. También necesito algo para mi compañera —continuó, acariciándole el
cuello a Marina—, os lo pagaré.
—Tenéis
aspecto de ser persona honrada…
—Lo
soy —se adelantó Ramiro.
La
esbelta dama sonrió.
—De
acuerdo. Siendo así tenéis permiso para pasar a mi casa —concedió la bella
dama—. Atrás encontrareis el establo y heno para vuestra yegua.
Ni
qué decir que Ramiro José no esperó a que se lo dijeran dos veces. Alumbrando
el camino con una lámpara proporcionada por su anfitriona condujo a Marina al
establo. Cuando entró a la vieja casa para calentarse junto a la chimenea, su
yegua se encontraba calentita y comiendo una gran bala de heno.
—Bebed
—dijo la anfitriona, ofreciéndole una humeante taza de café. Ramiro la aceptó—.
Dentro de un momento estará la cena.
—Muchas
gracias. —Era el mejor café que Ramiro había probado en su vida. No pudo evitar
que una sonrisa de satisfacción aflorara a su rostro. La dama le respondió con
otra igual de cálida—. Disculpe que no me haya presentado, soy Ramiro José
—dijo tendiéndole la mano libre.
—Es
un placer, Ramiro —saludó la dama estrechándole la mano que le ofrecía. Su
tacto era tan suave y tan cálido que Ramiro deseó no soltarla jamás—. Podéis
llamarme Darinia.
—El
placer es mío Darinia. —Muy a su pesar tuvo que soltarle la mano.
Ramiro
se quedó a solas en el salón mientras la anfitriona retornaba a la cocina para
terminar el guiso que tan delicioso aroma irradiaba. Las tripas de Ramiro
rugían exigiendo alimentación inmediata. El salón, amueblado con mobiliario
antiquísimo era cálido y acogedor. En el centro había dos amplios sillones.
Además de éstos había una mesita, un librero con viejos y gruesos volúmenes, un
par de maceteros, algunos cuadros en los que aparecían mujeres y hombres de
gesto adusto (Ramiro supuso que eran parientes de Darinia, muertos o quizá no)
y algunas sillas de respaldo alto (una de las cuales Ramiro ocupaba y que había
acercado a la chimenea).
—Muy
bonito —dijo para sí, con gesto apreciativo—. En verdad muy bonito.
El
guisado le supo a exquisitez. Con algo de pena pidió un segundo plato, y al ver
que su bella anfitriona le servía sonriente y le animaba a pedirse más, pidió
un tercero y un cuarto. Al final se encontró con la barriga casi a punto de
reventar.
Algo
que le llamó seriamente la atención era el hecho de que en la casa parecía no
vivir nadie más ¿Es que la hermosa dama vivía sola? La idea dio qué pensar a
Ramiro. En su fuero interior se decía que no le molestaría olvidar su viaje y
quedarse en aquella casa por un largo tiempo, quizá para siempre.
—¿Es
que vivís sola, Darinia? —inquirió cuando ya sin mucho apetito buscaba terminar
su cuarto plato—. Perdona si soy indiscreto, pero es que me ha llamado
poderosamente la atención el no ver a nadie más en la casa —el delicioso café,
la amabilidad y familiaridad de Darinia al servirle la cena había hecho que
empezara a tutearla.
—Sus
razonamientos no son equivocados, Ramiro —concedió Darinia—. Hace tres años que
enviudé, quedándome a vivir sola en esta casa.
No
ahondaré en detalles, me limitaré a decir que esa noche Ramiro José no durmió
sólo ni en un colchón de paja. Desde esa noche se olvidó de su viaje y con el
consentimiento de la viuda pasó a ser el señor de la casa.
Pero
no todo era perfecto. Darinia le había hecho prometer que todos los viernes
tendría que ausentarse de casa, y no volver hasta la mañana del sábado. Un
emocionado Ramiro José lo había prometido en nombre del Dios Omnipotente (que
es un juramento inviolable), siempre y cuando los otros seis días con sus
noches pudiese pasarlos junto a ella. Fue así como Ramiro José se estableció en
aquella población y más concretamente en la casa de Darinia.
Llegó
de esa suerte el primer viernes. Darinia despidió desde muy temprano a Ramiro,
no sin antes hacerle entrega de algún dinerito para que pudiese hospedarse en
algún hostal de la población. Ramiro sentía gran intriga del por qué su amada
le pedía que la dejara sola los viernes, pero como parte del convenio era no
hacer preguntas al respecto, se tuvo que conformar con dejar allí el asunto y
encaminarse con Marina al pueblo que no estaba a más de medio
kilómetro de la casa.
Puesto
que no tenía presencia de ánimos para nada más que extrañar a su amante, se
dirigió a un hostal llamado El Roble Frondoso, pagó una habitación
y se refugió en ella. Al medio día apenas bajó para almorzar e hizo otro tanto
igual por la noche. Muy temprano, con los primeros cantos del gallo, se levantó
de un salto, se vistió a prisa, fue a por Marina y casi galopó
de regreso a casa. Encontró a la hermosa Darinia preparando el desayuno y
silbando una alegre melodía.
—Pasa,
querido —le dijo ésta cuando salió a franquearle la puerta—, te estaba
esperando.
Ramiro
José no notó nada extraño ni en su nueva mujer ni en la casa misma. Todo
parecía normal. Así que dejó de darle vueltas al asunto, besó en la boca a
Darinia y la acompañó a la cocina.
Pasaron
así dos meses, meses que fueron los más dichosos en la vida de Ramiro José.
Pasaba de sábado a jueves junto a su bella Darinia, quien extrañamente cada día
estaba más hermosa y radiante, y los viernes cabalgaba junto a Marina al Roble
Frondoso, y se pasaba todo el día encerrado en su cubil sin apenas salir.
Ramiro
José pudo haber pasado años y años así (siendo como era en aquellos días el más
feliz del mundo) pero su constante presencia en El Roble Frondoso,
casualmente siempre los viernes, empezó a llamar la atención de algunos
lugareños, y más concretamente la del gordo Jerry, el propietario del hostal.
Varios empezaron a preguntarse de dónde venía, qué iba hacer allí y por qué se
pasaba todo el día encerrado en su habitación.
Un
mes más tarde, tres meses desde que Ramiro José se había establecido en casa de
Darinia, muchos ya habían averiguado que salía de casa de Darinia, la mujer del
diablo. Como era de suponer, y más teniendo en cuenta que todos los vecinos del
pueblo eran buenos vecinos, el gordo Jerry el que más, empezaron a preocuparse
por él. Todos temían lo peor para el pobre Ramiro. Todos en el pueblo conocían
la historia de Darinia, y se preocupaban por el pobre desdichado de Ramiro que
había caído en las garras de semejante arpía.
Fue
así cómo conferenciaron para discernir el mejor método de ayudarlo, porque no
dejarían que aquella mujer hiciera lo que quisiera con él, no señor, ellos no
permitirían semejante cosa. Al final decidieron que le contarían toda la verdad
a Ramiro, que él decidiera qué hacer a continuación, ellos cumplirían no
dejándolo en la ignorancia. El gordo Jerry, quien era el que más conocía a Ramiro,
fue el designado.
—Amigo,
venid, sentaos junto a mí —lo llamó la noche de un viernes—. Bebeos una copa
conmigo.
—Será
un placer —aceptó Ramiro, que se jactaba de nunca haber rechazado un trago.
—¿Es
usted novio de la señora Darinia? —preguntó Jerry cuando Ramiro habíase
sentado.
—En
efecto —respondió Ramiro, algo sorprendido en un principio—. Pero… aunque no
estemos casados me considero su esposo, y no es señora, sino señorita —aclaró.
El
gordo Jerry asintió.
—Sé
que no es de mi incumbencia, y usted ya está bastante grandecito para saber lo
que hace —dijo Jerry, empezando a contar lo que de verdad le atañía—, pero hay
algo sobre la señorita Darinia que considero usted debería saber.
—Adelante
—invitó Ramiro, presintiendo que algo malo venía.
—Antes
prométame que me escuchará hasta el final y que no se molestará por lo que pueda
decir de ella —solicitó. Jerry no era tonto y sabía que muchos lo molerían a
golpes al escuchar tan sólo la mitad de lo que él tenía que decir, si era sobre
la mujer amada.
—No
se preocupe, prometo escucharle y mantenerme impasible.
—Bien.
La señorita Darinia es una embustera y una embaucadora —por supuesto que Ramiro
José sintió el impulso de darle un puñetazo en su bocaza de cerdo, pero había
hecho una promesa, así que se aguantó—. Aquí en el pueblo todos la conocemos.
Acostumbra enamorar hombres y despojarlos de sus riquezas para luego
compartirlas con un amante misterioso que la viene a ver todos los viernes. No
son pocos los que han caído en sus garras. Aquí ya atrapó a dos terratenientes,
a los cuales dejó sin nada, y que, para colmo, jamás se les volvió a ver en el
pueblo. Pero no fueron los únicos. El resto han sido todos foráneos. De manera
que, si usted aún no ha caído en el error de cederle todos sus bienes, aún está
a tiempo de alejarse de ella y regresar a su casa.
Ramiro
José estuvo a punto de estallar en carcajadas. «Todos sus bienes», pero si
él no tenía más que a su querida Marina.
—Entiendo
—dijo, solemne—. ¿Lo que usted trata de decirme es que en estos momentos Darinia
se encuentra con su amante?
—Me
temo que sí. Lo que yo le sugiero es que pase la noche aquí, mañana monte su
yegua y se aleje de ella para siempre. ¿Sabe cómo lo llaman en el pueblo?
—No,
ni me interesa —Ramiro apuró su copa y se levantó para ir a por Marina y
regresar a su nueva casa. La duda ya se había apoderado de él.
—La
llaman La mujer del diablo —dijo Jerry, como si no hubiese
escuchado su respuesta—. Muchos dicen que su amante es el diablo en persona y
que…
Ramiro
ya no escuchó más. Salió a grandes zancadas y fue a por su montura. Cinco
minutos después cabalgaba en busca de Darinia.
Cuando
descabalgó frente a la casa lo primero que vio fueron las luces en los amplios
ventanales del segundo piso; luces en la habitación principal.
Ramiro
llegó hasta la puerta y milagrosamente ésta se abrió cuando giró la manija.
Corrió más que caminar hasta el segundo piso y entró hecho una tromba en la
habitación. Efectivamente Darinia compartía el lecho con otro hombre.
—¿Qué
has hecho? —chilló la mujer al verlo de pie en el umbral—. ¿Es que no era
suficiente tenerme seis días a la semana? Él sólo viene a mí los viernes, y no
le molesta que esté con otro los restantes días, pero parte del trato es que
nadie nos moleste ese único día.
—Jamás
te volverá a visitar —dijo Ramiro, que no entendía del todo la perorata de la
mujer, sólo sabía que tenía que matar a aquel imbécil y puede que también a
ella— porque yo lo mato.
—¿Por
qué todos sois igual de estúpidos? —pero no le hablaba a él, sino que se lo decía
a sí misma mientras con las manos se cubría los sollozos.
El
hombre que compartía el lecho de Darinia se levantó. Pero no era un hombre, era
el diablo en el cuerpo de un hombre, sólo los ojos, rojos como brazas ardientes
lo señalaban como tal.
El
diablo rugió, rugió tan fuerte que su rugido debió oírse al otro lado del
mundo.
El
valor y la furia de Ramiro José cedieron paso al miedo. Cuando el diablo avanzó
hacia él, un líquido cálido empezó a empaparle los pantalones.
Abajo,
una yegua relinchó y huyó al galope.
---FIN---
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