91
Al principio no entendía por qué no me dejaban salir
de casa. No realizaba visitas, ni las recibía. Mi vida era un continuo
deambular por la casa y alguno de mis padres siempre estaba pendiente de mí.
Pero un día, mientras ellos dormían la siesta, me
escapé y salí a la calle. Estaba decidido a hacer amigos. Pero nadie me vio y,
al volver, mis padres me esperaban con lágrimas en los ojos.
Según me contaron, morí un día mientras dormía. Temían que si me enteraba cruzaría el umbral al otro lado. Pero aquí sigo, mucho después de que ellos murieran.
92
Es un imbécil. Mira que meterse con mi esposa. Y se
decía mi amigo. Pero lo pagará caro.
Los encontré en medio del acto, en mi propia cama. Fue
allí donde dicté sentencia. Ahora mismo vamos camino de un abogado. Me divorcio
y ellos se casan.
¡Ese será su castigo!
93
Mi hermano contrajo el mortal virus un lunes y murió
un miércoles. Dos días después murió mi padre. Le siguió mi segundo hermano, y
luego mi hermana. Por último, murió mi madre.
Fui el único sobreviviente. Me llovieron los pésames
y, al final, una enhorabuena, por haber librado la muerte.
Lo que nunca supieron fue que, de todos los muertos,
mi hermano fue el único que murió a causa del virus.
94
Era de madrugada y yo regresaba a casa. De pronto
percibí movimiento por el rabillo del ojo. Entonces me volví hacia la fuente de
ese movimiento. ¡Oh, horror! De las ramas de un inmenso árbol decenas de
cuerpos se mecían a un ritmo cadencioso y horripilante.
Me desmayé. Cuando desperté, empezaba a hacerse de
día. Vi de nuevo hacia aquel gigantesco árbol: aparte de las ramas, no había
nada. ¡Y cómo iba a haber algo! Las personas que yo vi habían sido ahorcadas en
ese árbol hacía un siglo.
95
A la hora de escribir, prefiero la soledad de la
noche. Ahora, después de lo que ocurrió anoche, quizá opte por escribir de día.
Lo cierto es que, estaba a punto de escribir un relato
sobre cierto ente que atormenta a las almas solitarias, cuando de pronto, las
luces empezaron a parpadear y el ambiente se tornó gélido; percibí una
presencia maligna a mis espaldas y una voz gélida me susurró: “No lo hagas”.
No escribí el relato que tenía en mente, pero hice
este. Y me pregunto si no habré contravenido sus deseos.
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