domingo, 7 de mayo de 2023

Microcuentos 91-95

 91

Al principio no entendía por qué no me dejaban salir de casa. No realizaba visitas, ni las recibía. Mi vida era un continuo deambular por la casa y alguno de mis padres siempre estaba pendiente de mí.

Pero un día, mientras ellos dormían la siesta, me escapé y salí a la calle. Estaba decidido a hacer amigos. Pero nadie me vio y, al volver, mis padres me esperaban con lágrimas en los ojos.

Según me contaron, morí un día mientras dormía. Temían que si me enteraba cruzaría el umbral al otro lado. Pero aquí sigo, mucho después de que ellos murieran.  

 

92

Es un imbécil. Mira que meterse con mi esposa. Y se decía mi amigo. Pero lo pagará caro.

Los encontré en medio del acto, en mi propia cama. Fue allí donde dicté sentencia. Ahora mismo vamos camino de un abogado. Me divorcio y ellos se casan.

¡Ese será su castigo!

 

93

Mi hermano contrajo el mortal virus un lunes y murió un miércoles. Dos días después murió mi padre. Le siguió mi segundo hermano, y luego mi hermana. Por último, murió mi madre.

Fui el único sobreviviente. Me llovieron los pésames y, al final, una enhorabuena, por haber librado la muerte.

Lo que nunca supieron fue que, de todos los muertos, mi hermano fue el único que murió a causa del virus.

 

94

Era de madrugada y yo regresaba a casa. De pronto percibí movimiento por el rabillo del ojo. Entonces me volví hacia la fuente de ese movimiento. ¡Oh, horror! De las ramas de un inmenso árbol decenas de cuerpos se mecían a un ritmo cadencioso y horripilante.

Me desmayé. Cuando desperté, empezaba a hacerse de día. Vi de nuevo hacia aquel gigantesco árbol: aparte de las ramas, no había nada. ¡Y cómo iba a haber algo! Las personas que yo vi habían sido ahorcadas en ese árbol hacía un siglo.

 

95

A la hora de escribir, prefiero la soledad de la noche. Ahora, después de lo que ocurrió anoche, quizá opte por escribir de día.

Lo cierto es que, estaba a punto de escribir un relato sobre cierto ente que atormenta a las almas solitarias, cuando de pronto, las luces empezaron a parpadear y el ambiente se tornó gélido; percibí una presencia maligna a mis espaldas y una voz gélida me susurró: “No lo hagas”.

No escribí el relato que tenía en mente, pero hice este. Y me pregunto si no habré contravenido sus deseos.

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