A
veces se preguntaba por qué demonios prefería conducir ochenta kilómetros de
ida y vuelta en lugar de alquilar una casa en el pueblo y asentarse
definitivamente allí. Muchas veces había considerado seriamente esa
posibilidad, pero por una u otra razón siempre terminaba descartándola. Los
treinta años de su vida los había pasado en su aldea natal, sentía tanto
aprecio por ella que se negaba a abandonarla. Ésta le había dado tantas cosas
buenas…
Sin
embargo, un día tendría que abandonarla, si quería superarse profesionalmente
tendría que salir definitivamente de ella. Pero es que…
Los
faros de su automóvil iluminaron un pequeño rótulo. Éste indicaba la presencia
de un viejo caminito, empedrado y vetusto. Antaño había sido la ruta que
comunicaba al pueblo con su aldea, pero tras la inauguración de la autopista,
éste había caído en desuso hasta ser relegado casi al olvido. Hacía al menos un
lustro que Ricardo no pasaba por allí.
Sin siquiera saber por qué, Ricardo maniobró el volante y llevó su auto al camino. Quiso convencerse que lo hacía porque esa noche había prometido a su esposa que llegaría a tiempo para ir a cenar con sus padres y que ese camino le ahorraría tiempo, pero no lo logró, tiempo tenía de sobra.



