martes, 30 de mayo de 2023

El atajo

 Ricardo había conducido mil veces por la misma carretera. Conocía cada curva, cada señalización vial, cada bache, incluso se atrevía a asegurar que conocía cada árbol apostado en los márgenes de la carretera. Conducía todos los días por allí. A las siete de la mañana para llegar al pueblo donde se desempeñaba laboralmente y a las siete de la noche cuando regresaba a casa.

A veces se preguntaba por qué demonios prefería conducir ochenta kilómetros de ida y vuelta en lugar de alquilar una casa en el pueblo y asentarse definitivamente allí. Muchas veces había considerado seriamente esa posibilidad, pero por una u otra razón siempre terminaba descartándola. Los treinta años de su vida los había pasado en su aldea natal, sentía tanto aprecio por ella que se negaba a abandonarla. Ésta le había dado tantas cosas buenas…

Sin embargo, un día tendría que abandonarla, si quería superarse profesionalmente tendría que salir definitivamente de ella. Pero es que…

Los faros de su automóvil iluminaron un pequeño rótulo. Éste indicaba la presencia de un viejo caminito, empedrado y vetusto. Antaño había sido la ruta que comunicaba al pueblo con su aldea, pero tras la inauguración de la autopista, éste había caído en desuso hasta ser relegado casi al olvido. Hacía al menos un lustro que Ricardo no pasaba por allí.

Sin siquiera saber por qué, Ricardo maniobró el volante y llevó su auto al camino. Quiso convencerse que lo hacía porque esa noche había prometido a su esposa que llegaría a tiempo para ir a cenar con sus padres y que ese camino le ahorraría tiempo, pero no lo logró, tiempo tenía de sobra.

sábado, 27 de mayo de 2023

Microcuentos 96-100

 96

Llovió durante siete horas seguidas. El río que atravesaba el poblado se desbordó e inundó las filas de casas que corrían paralelas al caudal. Un grupo de vecinos se organizó y empezó a correr de casa en casa, ofreciendo su ayuda en lo que fuera menester.

En la última casa, la del tío Jonás, al no recibir respuesta derribaron la puerta. El cuerpo hinchado de un niño salió por ella. Pero no era el único, contaron hasta diecisiete cuerpos.

Habían localizado los diecisiete niños desaparecidos durante el último año.

jueves, 18 de mayo de 2023

Sobre la cómoda

 La mujer era endiabladamente atractiva. Cruzaba las piernas con elegancia y fumaba un pitillo cuyo humo se elevaba en una diminuta voluta. El caballero, que se llamaba Osmand, llevaba largo rato observándola desde su lugar en la barra. A la bella dama la habían abordado varios clientes, hombres distinguidos a juzgar por sus modales y vestiduras, pero la mujer los había despedido con elegancia.

Tras mucho rato animándose a sí mismo, Osmand decidió probar suerte. Se acercó y la saludó con buenas maneras, a lo que la dama replicó con idéntica educación. Se llamaba Helen, según le dijo, y él se ofreció a pagar su siguiente trago. Pensó que lo despediría como había hecho con los anteriores caballeros, excusándose que estaba esperando a alguien más; por el contrario, le sonrió y aceptó encantada.

A ese trago le siguió un segundo, y a este un tercero. Charlaron sobre cosas vanas al principio, dejando caer un gesto, una mirada, un roce de manos de vez en cuando para que constara que eso no moriría en una simple charla y unos tragos. Cuando circuló el séptimo trago, sabían que habría algo más.

―Tengo que regresar a casa, pero mi cochero se ha retrasado ―dijo Helen.

sábado, 13 de mayo de 2023

La mujer del diablo

 Ramiro José llegó al pueblo una noche de invierno. Una ligera llovizna caía desde la mañana. Estaba completamente empapado y el frío le calaba hasta los huesos. Marina, su yegua colorada no parecía encontrarse mejor que él. Las crines empapadas le caían enredadas sobre el largo cuello. Su andar cadencioso y cansado eran resultado del ánimo del animal y del clima.

Ramiro José juró por lo bajo y por lo alto, por lo útil y lo inútil, que se detendría ante la primera casa que encontrara para pasar la noche. También rezó para que los propietarios de la casa fueran personas de trato afable a las que se les pudiera hacer entender que era un pobre viajero que necesitaba un lugar donde pasar la noche.

La lluvia empezaba a arreciar y las ráfagas de viento parecían a punto de tumbarle, ya fuera a él o a Marina, cuando a la distancia vislumbró una débil luz. El corazón le dio un vuelco de alegría, y, habría jurado que Marina también la percibió y sabía lo que significaba porque la montura alzó el cuello y produjo un ruido como de agrado.

—¿Ya la viste eh, preciosa? —dijo Ramiro José—. Ahora acelera el paso para llegar pronto a cobijo.

Marina, entendida como era, aceleró el paso y ni la tormenta ni los fuertes vientos hicieron que redujera la marcha hasta llegar a la casa de donde provenía la luz. Sin que Ramiro José hiciera movimiento alguno, Marina se detuvo frente a las rejas de una casa de dos plantas, vieja, pero que sin embargo parecía acogedora. El olor a guiso y la parpadeante luz del interior, lo que hacía suponer una fogata en la chimenea, la hacían más atractiva aún.

domingo, 7 de mayo de 2023

Microcuentos 91-95

 91

Al principio no entendía por qué no me dejaban salir de casa. No realizaba visitas, ni las recibía. Mi vida era un continuo deambular por la casa y alguno de mis padres siempre estaba pendiente de mí.

Pero un día, mientras ellos dormían la siesta, me escapé y salí a la calle. Estaba decidido a hacer amigos. Pero nadie me vio y, al volver, mis padres me esperaban con lágrimas en los ojos.

Según me contaron, morí un día mientras dormía. Temían que si me enteraba cruzaría el umbral al otro lado. Pero aquí sigo, mucho después de que ellos murieran.  

viernes, 5 de mayo de 2023

Desconcierto

Para llegar a la puerta de la casa, había que subir dos escalones de tosco cemento. En el primero, la mancha roja no era más grande que su pequeño puño; en el segundo, la mancha roja alcanzaba las dimensiones del balón con el que jugaba su hermanito menor. Hasta ese momento aún estaba medio dormida, pero la sangre la despertó con súbito terror. El Sr. Tuff (su osito de peluche) tembló en su mano, se lo llevó al pecho y lo abrazó con fuerza, para que alejara los terrores de la noche, como hacía cada que tenía miedo.

Pero esta vez, el miedo continuó allí. Tenía miedo de la sangre en los escalones, tenía miedo de la gran luna que alumbraba todo con brillo argénteo, tenía miedo por su papito y su hermanito en su habitación, dentro de la casa. Tenía miedo por ella, porque no sabía qué hacía allí, cómo había llegado, ni por qué. Tenía un miedo sobrecogedor. Tenía la horrible certeza de que cuando entrara en la casa se iba a topar con algo desagradable. Muy desagradable.

El frío afuera mordía como cuchillo. Había una fina capa de nieve por todo el patio, y si uno aguzaba la vista, podía ver que, siguiendo una línea de pequeñas marcas (¿eran pies?), parte de la nieve se había puesto rosa al fundirse con goterones de sangre. Y ella sólo llevaba puesto un pequeño camisón blanco, el frío la atería con dientes de hielo.

lunes, 1 de mayo de 2023

El monstruo del lago

 John siempre se había sentido atraído por el lago. Le gustaba sentarse a la sombra de los olmos, alisos, amates y abedules que lo circundaban. Le gustaba sentir la suave brisa sobre su rostro mientras admiraba la singular belleza del lago. Le gustaba ver las ondas concéntricas que provocaban los peces al asomarse a la superficie, el chapoteo de las gaviotas cuando intentaban atrapar su comida, y sobre todo, le gustaba aquella sensación de calma que le producía todo el conjunto.

Pero por supuesto, no todos eran de su misma opinión, ni mucho menos.

El lago tenía una muy mala reputación frente al resto del pueblo. Muchos no se asomaban a un kilómetro de él, ni con compañía, mucho menos solos. En todos los rincones del pueblo se contaban historias terroríficas acerca del lago, cada cual más descabellada que la anterior. La opinión general era que estaba embrujado y que un monstruo habitaba sus profundidades. John ya estaba suficientemente crecidito para considerar tales tonterías. Además, siempre había visitado el lago, nunca había visto nada fuera de lo normal.

Las versiones de la historia del monstruo del lago eran tan numerosas como personas creían en ello. Un monstruo de diez tentáculos era lo que había visto Marlon, el hijo del carnicero; el padre desmintió la historia del hijo, sólo para contar su versión: en ella el monstruo tenía cincuenta y siete tentáculos.