81
La lluvia de cadáveres se dio a primeras horas de la
mañana. Cayeron cuerpos enteros y restos: cabezas, torsos, brazos y piernas,
pero, sobre todo, huesos. Cundió el pánico en el barrio y todos gritaban que
era el fin del mundo. No lo era. Yo sabía que existía una explicación
científica. La televisión me dio la razón: una tromba marina había alcanzado un
cementerio anegado y los cuerpos habían ascendido a las nubes.
La información llegó demasiado tarde: la mitad de mis vecinos se quitó la vida creyendo que en efecto era el fin del mundo.
82
—Por favor —suplicó al doctor—. Quítame la camisa.
—No puedo. Eres peligroso para ti mismo. Te matarías.
—Y así me ayudarías. ¿Es que no entiendes que ellos
vienen todas las noches y me torturan sin parar? Ya les dije que lo siento, que
estoy arrepentido de lo que les hice, pero no me perdonan, no se van. Por
favor, te lo suplico, libérame. Suéltame para que pueda acabar con mi vida y
así escapar de ellos.
—Eso sería demasiado fácil. —El doctor le sonrió con
malicia—. Mi padre era uno de esos pobres infelices que torturaste hasta la
muerte.
83
El de esta tarde fue el séptimo perro que maté. Pero
algo debí hacer mal porque mi padre me encontró. Se puso como loco al darse
cuenta de que su hijo es quien ha estado asesinando las mascotas de los
vecinos.
Ah, pero cuando le recriminé lo suyo, se hizo el
digno. Por lo visto, asesinar personas está bien, y matar animales es un vil
crimen.
84
Cuentan por allí que existe un demonio que se
posesiona de las personas a través de las letras. Que escribe frases hermosas, relatos
cautivantes, en los que el lector se sumerge en la historia cual si él fuera el
protagonista. Y entonces, cuando emerge, ya no está solo.
—¿Lo conoces?
—No. Solo sigue sumergiéndote en mis textos.
85
El esposo llegó de malhumor por enésima vez. La esposa
iba a decir algo, pero él la retuvo con un gesto.
—No me hables —ordenó.
Ella simplemente disparó.
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