viernes, 31 de marzo de 2023

Microcuentos 81-85

 81

La lluvia de cadáveres se dio a primeras horas de la mañana. Cayeron cuerpos enteros y restos: cabezas, torsos, brazos y piernas, pero, sobre todo, huesos. Cundió el pánico en el barrio y todos gritaban que era el fin del mundo. No lo era. Yo sabía que existía una explicación científica. La televisión me dio la razón: una tromba marina había alcanzado un cementerio anegado y los cuerpos habían ascendido a las nubes.

La información llegó demasiado tarde: la mitad de mis vecinos se quitó la vida creyendo que en efecto era el fin del mundo.

 

82

—Por favor —suplicó al doctor—. Quítame la camisa.

—No puedo. Eres peligroso para ti mismo. Te matarías.

—Y así me ayudarías. ¿Es que no entiendes que ellos vienen todas las noches y me torturan sin parar? Ya les dije que lo siento, que estoy arrepentido de lo que les hice, pero no me perdonan, no se van. Por favor, te lo suplico, libérame. Suéltame para que pueda acabar con mi vida y así escapar de ellos.

—Eso sería demasiado fácil. —El doctor le sonrió con malicia—. Mi padre era uno de esos pobres infelices que torturaste hasta la muerte.

 

83

El de esta tarde fue el séptimo perro que maté. Pero algo debí hacer mal porque mi padre me encontró. Se puso como loco al darse cuenta de que su hijo es quien ha estado asesinando las mascotas de los vecinos.

Ah, pero cuando le recriminé lo suyo, se hizo el digno. Por lo visto, asesinar personas está bien, y matar animales es un vil crimen.

 

84

Cuentan por allí que existe un demonio que se posesiona de las personas a través de las letras. Que escribe frases hermosas, relatos cautivantes, en los que el lector se sumerge en la historia cual si él fuera el protagonista. Y entonces, cuando emerge, ya no está solo.

—¿Lo conoces?

—No. Solo sigue sumergiéndote en mis textos.

 

85

El esposo llegó de malhumor por enésima vez. La esposa iba a decir algo, pero él la retuvo con un gesto.

—No me hables —ordenó.

Ella simplemente disparó.


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