Por lo demás,
el asunto no había pasado a mayores, a excepción de algunas casas que habían perdido
un par de láminas, o de la ropa en las cuerdas que había salido volando. La
gente tenía miedo que la lluvia continuara esa noche; de hacerlo, el riesgo de
inundación era muy alto.
Me había
alejado un poco del pueblo, hacia el sur, siguiendo de cerca el curso del río,
para ver un poco de los estragos que la naturaleza había provocado por allí. Me
encontré con árboles caídos; otros habían sido arrancados a medias y otros
tenían las ramas desgajadas. Pero por allí no vivía nadie, así que pensé que no
era nada importante.
Entonces escuché el grito. Era una voz, una voz femenina pidiendo ayuda. Comprendí enseguida que alguien había caído al río. Me guie por los gritos para llegar hasta su procedencia, sin dejar de gritar que ya iba.
Un enorme cedro
había caído desde el bosque, pero era tal su tamaño que la mitad cayó en las
turbulentas aguas del río; casi toda la copa y parte del tallo. El árbol se
mantenía firme pese a la fuerza de la corriente, sus ramas se agitaban como
palillos, y con ellas, la chica que gritaba y se sujetaba como un gato a una de
las ramas.
―¡Tranquila, ya
voy! ―grité. Ella siguió gritando. Sólo que esta vez gritaba que me diera
prisa.
Sabía lo
peligroso que era jugar al superhéroe, una caída podía ser mi final. Pero mi
deber como buen vecino era ayudar a la joven que moriría si no la auxiliaba.
Así que me encaramé sobre el grueso tronco y caminé sobre él para llegar a la
copa. Él árbol no se movía, pero podía sentir en mis pies la vibración de la
furiosa corriente.
Alcancé la copa
y me desvié por la rama que me llevaría hasta la joven. Caminé sobre una rama y
me sujeté de otra que pasaba sobre mi cabeza. La de mis pies se agitaba con
violencia, cada vez más a medida que se hacía más delgada. Hasta que llegué a
donde la joven. Me detuve a dos metros de la parte que rodeaba con sus brazos.
¡La conocía!
―¡Ayúdame!
¡Date prisa! ¡Sácame de aquí, ya!
Ni en peligro
de muerte se desligaba de la prepotencia. Era hija del hombre más rico de la
ciudad, y como tal actuaba. Tenía su club de admiradores, como era de esperar,
pero los demás la odiábamos. Una vez había humillado tanto a mi novia que la
pobre pasó una hora llorando. Y juré que un día me las iba a pagar. Era esa mi
oportunidad.
―¡Ayúdame!
―repitió, su voz más suplicante. Noté que me reconoció―. Te daré lo que
quieras, pero sácame de aquí.
―¿Lo que
quiera?
―Sí ―lo que
quieras―. Dinero, mi auto, otra cosa, tú pide.
―¿Cómo
terminaste aquí?
―Me tiraron del
puente. ¡Unos malditos me tiraron para que muriera!
«Y cuando
salgas los harás pagar, esa me la sé.» Pero no podía dejarla morir, por muy
mala persona que fuera.
―Has sido mala
persona ―dije.
Ella debió
pensar que la estaba amenazando o que la dejaría morir porque empezó a suplicar
con más ahínco.
―No, por favor.
Ayúdame. Te daré lo que quieras, lo prometo. Te… te pagaré con mi cuerpo.
―Has sido mala
persona ―repetí―. Pero creo que todos merecemos una segunda oportunidad.
Sonrió. Me
acerqué y le tendí mi pie. Soltó un brazo para cogerse, fue cuando la golpeé en
el pecho. No terminó de gritar porque el agua le llenó la boca. Pronto
desapareció en la tumultuosa corriente. «No debiste intentar comprarme con tu
cuerpo», pensé.
―Todos
merecemos una segunda oportunidad ―dije a la nada―. Pero tú ya habías tenido
demasiadas.
En
fin, no se podría decir que la crecida del río no se cobró alguna víctima.
---FIN---

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