El lugar estaba
en penumbras, puesto que la noche estaba cayendo. Pero Arty ya alcanzaba el
apagador de las luces, así que buscó el de esa habitación junto al marco de la
puerta. “Bingo”, habría dicho cuando lo encontró, si conociera la palabra, por
supuesto. De manera que sólo sonrió y lo apachó, así como apachaba las
calcomanías de las galletas para pegarlas por toda la casa.
La luz reveló
unas estanterías con muchos libros y un gran escritorio de madera brillante. No
vio nada raro ni peligroso en el lugar. Pensó que si le tenían prohibido entrar
al lugar era porque tenían miedo que estropeara todo, no porque fuera
peligroso.
Entonces vio el otro estante, más pequeño, de madera más oscura, encajado en otro estante más grande. Hasta ese día el pequeño Arty sólo conocía las pistolas por la que le regalaron en su cumpleaños número cuatro, una que echaba agua cuando uno apretaba el gatillo. Ni siquiera sabía que las armas de fuego eran peligrosas. Sin embargo, reconoció en el estante más oscuro varias armas de fuego, y sus aspectos, oscuros y aterradores, presagiaban peligros como pocos.
Durante unos
momentos tuvo la horrible visión de que las armas se bajaban del estante y lo
atacaban. Ahora sabía por qué no debía estar allí. Retrocedió espantado y su
hombro chocó contra el escritorio, éste se movió apenas una milésima, pero fue
suficiente para que un objeto redondo cayera a sus pies. Arty saltó espantado.
Abajó su madre empezó a llamarlo, pero Arty no escuchó.
Se había
arrodillado y miraba embelesado el objeto que había caído de la mesa. Tenía
forma de huevo, era algo verdoso y unas líneas formaban cuadrados en su
superficie. En una punta, que era como una boca de una botellita de refresco,
tenía una anilla. «Para abrirla», pensó el pequeño Arty. Aquella cosita pequeña
y rara, lo asustaba mucho. Pero no parecía ser más que algo como un huevo, como
esos en los que venían chocolates y a veces traían muñequitos. Fue por eso que
se atrevió a cogerlo. Además, estaba en el escritorio, no en el estante de las
cosas peligrosas.
El segundo
descuido no fue tanto que el chico tomara la granada (porque de eso se
trataba). No, el segundo descuido también fue cosa de la Sra. Brown, que esa
mañana al limpiar los estantes, olvidó la vieja granada en el escritorio. El
Sr. Brown decía que no funcionaban, que eran reliquias de un siglo atrás. El
caso es que no era así.
El tercer
descuido, o imprudencia, también fue cosa de la Sra. Brown, quien al no recibir
respuesta de su hijo cuando lo llamó, fue a buscarlo. El corazón se le encogió
cuando vio que la puerta del estudio de su esposo estaba abierta y que había
luz en el interior. Entró como una tromba, asustada, gritando “¡ARTY!”. Si ella
no hubiera entrado así, probablemente hubiera podido quitarle la granada al
pequeño sin que nada ocurriera. Pero no lo hizo, y su abrupta entrada asustó a
Arty, que tiró de la anilla en su sobresalto.
Toda la oficina
hizo ¡BOOM!, y la habitación se convirtió en amasijo de restos humanos y libros
rotos y quemados. Curiosamente, fueron las armas las únicas que resultaron
indemnes. La Sra. Brown, que había corrido procurando salvar a su hijo, murió
tanto o más que su pequeño.
¡Ay, qué
descuido!
---FIN---
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