76
Ahí estaba mi esposa delante de la puerta, tan hermosa
como la conocí. Tomaba de la mano a mi hija, una dulce niña de cinco años.
Un coche se detuvo. De él bajó un hombre de traje y
portafolio. “Hola, mi amor, ¿cómo te fue en el trabajo?”, preguntó mi esposa
mientras mi hija se aferraba a la pierna del desconocido al grito de “papi,
papi”.
—Te dije que el venir a verlas era un privilegio de
doble cara —dijo mi luminiscente acompañante.
—Lo sé, lo sé —sollocé—. ¡Y pensar que sería a mí a quien recibirían así de no haber muerto hace cinco años!
77
Después de horas buscando a mi esposa, el último lugar
que quedaba por revisar era el pozo.
Y allí estaba ella, flotando, la piel blanca y blanda.
Creo que grité.
Entonces oí pasos a mis espaldas. ¡Era mi esposa! Sorprendido
volví a mirar al pozo: allí estaba ella, muerta.
—Francisco, ¿qué ocurre? —preguntó, al tiempo que
posaba una de sus manos en mi espalda.
Después vino el empujón. Muy tarde caí en el detalle
de que para mi esposa siempre fui Chico o Paco, nunca Francisco.
78
Los perros fueron comprados ese día para que cuidaran
la casa.
Cuando la pareja empezó a pasearse en el corredor,
empezaron a ladrar y a llorar. Se refugiaron el salón, pero el ruido no cesó.
A la semana se tuvieron que mudar. No era la primera
vez que abandonaban un hogar a causa de los perros.
Por alguna razón, a los canes no les gustan los
fantasmas.
79
Limpiaba el capó de su coche con brío. Y entré más
limpiaba, más sucio se ponía. Pero no era suciedad. Pronto se dio cuenta que lo
que estaba descubriendo era una imagen bajo la capa de pintura.
El morbo y la curiosidad pudieron más, así que
continuó frotando en perjuicio de la pintura del coche.
Lo que descubrió lo impresionó y aterrorizó a partes
iguales: Era él y su coche, accidentado en los acantilados de la Carretera del
Sur.
Carretera que ese día caminaría para encontrarse con
su amante.
80
Nuestro primo vino de visita y de inmediato notamos
algo raro en él. Entró sin llamar y no nos saludó como tenía por costumbre. Se
sentó en el sofá, frente a nosotros, y nos ignoró. Luego se incorporó y
recorrió la casa como buscando algo. Me acerqué para preguntarle por qué nos
ignoraba y le toqué el hombro. Sufrió un escalofrío y se alejó de mi contacto.
—Así que es cierto —dijo—, todavía siguen aquí.
Sí, aquí seguimos. Y seguiremos quién sabe durante
cuánto tiempo. Nadie nos ha dicho cómo cruzar el umbral.
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