El pequeño, que
se llamaba Arty, de sólo cuatro años, encontró la puerta entreabierta. Era la
habitación secreta de papá, eso lo sabía. Lo que no sabía era que estaba
entreabierta por un descuido de su madre, la Sra. Brown, que en esos momentos estaba
afanada en los preparativos de la cena. Ese fue el primer descuido. Sabía que
estaba tajantemente prohibido entrar a ese lugar. Lo que no sabía era el
porqué, así que entró.
El lugar estaba
en penumbras, puesto que la noche estaba cayendo. Pero Arty ya alcanzaba el
apagador de las luces, así que buscó el de esa habitación junto al marco de la
puerta. “Bingo”, habría dicho cuando lo encontró, si conociera la palabra, por
supuesto. De manera que sólo sonrió y lo apachó, así como apachaba las
calcomanías de las galletas para pegarlas por toda la casa.
La luz reveló
unas estanterías con muchos libros y un gran escritorio de madera brillante. No
vio nada raro ni peligroso en el lugar. Pensó que si le tenían prohibido entrar
al lugar era porque tenían miedo que estropeara todo, no porque fuera
peligroso.
Entonces vio el
otro estante, más pequeño, de madera más oscura, encajado en otro estante más
grande. Hasta ese día el pequeño Arty sólo conocía las pistolas por la que le
regalaron en su cumpleaños número cuatro, una que echaba agua cuando uno
apretaba el gatillo. Ni siquiera sabía que las armas de fuego eran peligrosas.
Sin embargo, reconoció en el estante más oscuro varias armas de fuego, y sus
aspectos, oscuros y aterradores, presagiaban peligros como pocos.