viernes, 31 de marzo de 2023

Microcuentos 81-85

 81

La lluvia de cadáveres se dio a primeras horas de la mañana. Cayeron cuerpos enteros y restos: cabezas, torsos, brazos y piernas, pero, sobre todo, huesos. Cundió el pánico en el barrio y todos gritaban que era el fin del mundo. No lo era. Yo sabía que existía una explicación científica. La televisión me dio la razón: una tromba marina había alcanzado un cementerio anegado y los cuerpos habían ascendido a las nubes.

La información llegó demasiado tarde: la mitad de mis vecinos se quitó la vida creyendo que en efecto era el fin del mundo.

domingo, 26 de marzo de 2023

Descuido

 El pequeño, que se llamaba Arty, de sólo cuatro años, encontró la puerta entreabierta. Era la habitación secreta de papá, eso lo sabía. Lo que no sabía era que estaba entreabierta por un descuido de su madre, la Sra. Brown, que en esos momentos estaba afanada en los preparativos de la cena. Ese fue el primer descuido. Sabía que estaba tajantemente prohibido entrar a ese lugar. Lo que no sabía era el porqué, así que entró.

El lugar estaba en penumbras, puesto que la noche estaba cayendo. Pero Arty ya alcanzaba el apagador de las luces, así que buscó el de esa habitación junto al marco de la puerta. “Bingo”, habría dicho cuando lo encontró, si conociera la palabra, por supuesto. De manera que sólo sonrió y lo apachó, así como apachaba las calcomanías de las galletas para pegarlas por toda la casa.

La luz reveló unas estanterías con muchos libros y un gran escritorio de madera brillante. No vio nada raro ni peligroso en el lugar. Pensó que si le tenían prohibido entrar al lugar era porque tenían miedo que estropeara todo, no porque fuera peligroso.

Entonces vio el otro estante, más pequeño, de madera más oscura, encajado en otro estante más grande. Hasta ese día el pequeño Arty sólo conocía las pistolas por la que le regalaron en su cumpleaños número cuatro, una que echaba agua cuando uno apretaba el gatillo. Ni siquiera sabía que las armas de fuego eran peligrosas. Sin embargo, reconoció en el estante más oscuro varias armas de fuego, y sus aspectos, oscuros y aterradores, presagiaban peligros como pocos.

miércoles, 22 de marzo de 2023

Tarde de carnaval

Valentina lucía esa tarde un precioso disfraz de enfermera ¡Y qué disfraz! Su juvenil cuerpo, de tan sólo trece años, era tocado por un ajustado y provocativo vestido blanco, muy por encima de la rodilla y bastante escotado, dejando a la vista el inicio de sus pequeños y lechosos pechos. La cofia en forma de boina, con una cruz roja al frente, y un estetoscopio falso, completaban el disfraz.

Estaban allí la mitad de los habitantes del pueblo. El desfile de disfraces, celebrando el día del carnaval, era un acontecimiento que sacaba de sus casas a medio mundo. Muchos se acercaban para ver qué novedades habría ese día: que tan originales serían los atuendos; quién se volaría la barda y sacaría un ingenioso disfraz; o quiénes llevarían más de lo mismo. Muchos otros, hombres y jóvenes lambiscones, se asomaban con la intención de deleitar su lascivia con muchachitas disfrazadas como ella. Y había muchas como ella. Jovencitas con atuendos de policía, muy provocativos por cierto, vaqueras, ejecutivas, atletas, de esas que usan minifaldas, gitanas y árabes… en fin, había mucho donde posar los ojos.

Por supuesto, las muchachitas sin recato eran minoría. Los héroes de televisión, monstruos de terror, payasos, emparedados, frutas y verduras era lo más común. Un chico disfrazado de hamburguesa pasó a su lado ¡Qué horror! Ella se habría muerto de vergüenza si usara algo como eso. Bueno, otros también pensaban lo mismo del suyo, pero era por envidia.

sábado, 11 de marzo de 2023

Microcuentos 76-80

 76

Ahí estaba mi esposa delante de la puerta, tan hermosa como la conocí. Tomaba de la mano a mi hija, una dulce niña de cinco años.

Un coche se detuvo. De él bajó un hombre de traje y portafolio. “Hola, mi amor, ¿cómo te fue en el trabajo?”, preguntó mi esposa mientras mi hija se aferraba a la pierna del desconocido al grito de “papi, papi”.

—Te dije que el venir a verlas era un privilegio de doble cara —dijo mi luminiscente acompañante.

—Lo sé, lo sé —sollocé—. ¡Y pensar que sería a mí a quien recibirían así de no haber muerto hace cinco años!

martes, 7 de marzo de 2023

La corriente

 La tormenta durante la noche y buena parte del día había sido torrencial. Nunca antes se había visto algo así en mi pueblo. Hasta ese día era algo impensable. El río, que discurría plácidamente a un costado del pueblo, estaba convertido en un aluvión de agua chocolatada, que arrastraba árboles, tierra y todo lo que se interpusiera a su paso. Las casas más cercanas al río se habían salvado por un pelito.

Por lo demás, el asunto no había pasado a mayores, a excepción de algunas casas que habían perdido un par de láminas, o de la ropa en las cuerdas que había salido volando. La gente tenía miedo que la lluvia continuara esa noche; de hacerlo, el riesgo de inundación era muy alto.

Me había alejado un poco del pueblo, hacia el sur, siguiendo de cerca el curso del río, para ver un poco de los estragos que la naturaleza había provocado por allí. Me encontré con árboles caídos; otros habían sido arrancados a medias y otros tenían las ramas desgajadas. Pero por allí no vivía nadie, así que pensé que no era nada importante.

Entonces escuché el grito. Era una voz, una voz femenina pidiendo ayuda. Comprendí enseguida que alguien había caído al río. Me guie por los gritos para llegar hasta su procedencia, sin dejar de gritar que ya iba.